Arequipa

FOTOS | Covid-19 cambia hábitos en la población

24 de marzo de 2020
Los pasajeros van sentados. La Policía no deja circular vehículos con viajeros parados.

La emergencia decretada por el Gobierno cambió el comportamiento de la población. No hay pasajeros parados, ni aglomeraciones en los mercados. La mayoría utiliza mascarillas para protegerse del virus.

Luego de una semana de aislamiento casi total en las calles de Arequipa se pudo observar a muchas más personas caminando y movilizándose en vehículos que en días pasados.

Al parecer, los ciudadanos buscaban cumplir con algunos trámites, como solicitar permisos para movilizarse en vehículos particulares o cobrar los 380 soles prometidos por el Gobierno para las personas de menos recursos económicos.

Un grueso grupo de la población aprovechó el primer día de la semana para hacer sus compras de alimentos, seguramente en la creencia que mucha gente lo había hecho durante el fin de semana, para evitar la aglomeración en los mercados.

En los distritos, desde muy temprano se observaba el paso de las amas de casa para acudir a la tienda y proveerse de pan para el desayuno. Las vías mostraban cada cierto tiempo el paso de alguno que otro vehículo, como calle de pueblo.

Con recogedor y escoba en mano, las trabajadoras de limpieza amontonaban cada cierto espacio la escasa basura que encontraban, para luego recogerla en sus contenedores móviles. No hay mucho jovenzuelo de mala educación que devore sus salchipapas compradas en la esquina y que luego arroje su plato al lado de los postes o en los jardines de las viviendas que dan a las avenidas.

Trabajadoras de limpieza encargadas de mantener limpia la ciudad.

Los cambios con estos días de emergencia por el coronavirus se han hecho notorios en el comportamiento de la mayoría de la población, cambios que se hacen evidentes, por ejemplo, en el uso del transporte público.

En los buses, casi la totalidad de pasajeros tenía puesto un tapaboca o una mascarilla. Lo raro ahora es que alguien suba a un carro sin llevar la protección. Una joven mujer policía se acerca a la puerta para verificar que todos los pasajeros estuvieran sentados, aunque algunos hacían trampa, y tomaban asiento en las gradas de la puerta trasera.

En otras unidades los conductores permitían subir a las personas con la condición que fueran sentadas en el suelo, y así lo hacían ante la necesidad de movilizarse. Cuando eran detectados por miembros de la Policía o el Ejército, los obligaban a descender.

“Ya no hay asientos señora”, le dijo el conductor que a la vez hacía de cobrador a una señora que pretendía subir a la unidad con sus bolsas de mercado. “No importa parada”, argumentó, a lo que los demás pasajeros de inmediato protestaron: “No se puede”, dejando a la dama en espera de mejor suerte y de otro bus.

“Abran las ventanas”, recomienda la uniformada y todos, como por inercia, abrían las pocas que aún permanecían cerradas. Ya nadie protestaba porque el viento la despeinara o por estar resfriado, cuando se “adueñaban” de la ventana que estaba a su lado. Otros verificaban que realmente la que estaba a un costado estuviera efectivamente abierta.

Los buses han tenido modificaciones de rutas y ya no ingresan a calles céntricas, hecho que no ha merecido la protesta de nadie y sin problema caminan varias cuadras más de lo que usualmente lo hacían. Cambios notorios que ojalá se mantengan por la salud de la población.

Como ya se ha hecho costumbre, en las esquinas de las avenidas se puede observar a grupos de policías y militares que controlan el paso de los vehículos, verificando si estos tenían el permiso correspondiente para poder movilizarse en sus unidades particulares.

Hay algo que difícilmente se podrá controlar y es la desesperación de las personas adultas mayores cuando les anuncian que van a depositar su sueldo, o que van a recibir un bono por parte del Gobierno. De inmediato, casi de madrugada, se vuelcan a los bancos, aunque muchos de ellos lo hacen en vano.

Otros siguen aprovechando para ir de compras.

“Te dije papá que por gusto íbamos a venir, todavía no te toca”, le recriminaba la nieta a su abuelo. “Pero teníamos que venir a averiguar”, justificaba el anciano. En las agencias del Banco de la Nación, especialmente de Mariscal Castilla, se formaron grandes colas, sin respetar la distancia entre personas que se ha recomendado para evitar un posible contagio del virus.

Los efectivos policiales poco lograban en su intento por tratar de hacerles entender el peligro al que se estaban exponiendo. De rato en rato pasaba un vendedor ambulante con sus mascarillas en mano, ofreciéndolas a la venta, de esas sencillas pero que ni siquiera en las farmacias existen.

En los hospitales continúa el trabajo diario, aunque con algo de calma, los pasillos no están abarrotados de gente; pero se observa cierta tensión entre los pacientes y familiares que llegan por emergencia y el personal que allí atiende.

Los bancos están casi vacíos, no se han habilitado todas las ventanillas que usualmente se tenía. Esperan que salga una determinada cantidad de personas, para que vuelvan a entrar otras a hacer sus trámites.

La Plaza Mayor luce limpia y amplia, no hay jaladores, ni cargosos limosneros que atosigan a turistas con el cuento del “apoyo para los niños pobres”. Las pocas palomas que aún quedan merodean en búsqueda de alguna migaja que pueda satisfacer su hambre. Un día más de “aislamiento social”, que se puede ampliar, porque muchos irresponsables se niegan a acatar las disposiciones de Gobierno.

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