Arequipa

Gradúan a 53 paracaidistas

27 de febrero de 2015
Gradúan a 53 paracaidistas
Por: Lino Mamani A.
 
El ruido de las turbinas alertaba el inicio. Las compuertas del avión se cerraron. A bordo una tropa de 53 cadetes y voluntarios de la Fuerza Aérea del Perú (FAP), esperaban con ansias el ascenso. Se habían preparado un mes para aquel momento. Y mientras los segundos pasaban, sus rostros de preocupación delataban el nerviosismo de algunos. Vencer al miedo de sobrevolar da temor.
Desde temprano la angustia la puso el tiempo. En el grupo aéreo FAP N°2 de Vítor, amaneció nublado. Se esperó un momento prudente para que el avión C -130 Hércules, de guerra y de instrucción, se eleve. Por hora de vuelo de esta nave de fabricación americana, el Estado invierte 20 mil soles. Eso lo saben bien los cadetes, quienes no están dispuestos a que esa oportunidad se les esfume.
Los instructores daban las últimas indicaciones. Arnés bien enganchado, cascos sujetos y reserva en pecho, por si el paracaídas fallaba. “Acá están bien preparados y lo que nos diferencia de los demás es que tomamos todas las medidas de seguridad”, resalta orgulloso, el jefe de Operaciones de la Escuela de Comandos (Esco) de la FAP, Mayor FAP Ángel Bravo Bonifaz, un oficial que estuvo en el Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem) buscando la pacificación y quien afirma saltó desde 30 mil pies (9 mil 144 metros) de altura. Casi el doble de alto del volcán Misti (5 mil 822 metros).
El grupo de aspirantes a oficiales esta vez iba a saltar lo equivalente a 457 metros. Los pasajeros se daban vivas, para mantener su moral bien alto hacia las estrellas. Sabían que el altímetro había alcanzado la distancia, al oír por tercera vez la alarma. Las compuertas laterales se abrieron. Un halo de viento frío movía sus cabellos. Ya era hora de volar.
UN ERROR SE PAGA
Los cadetes sentados en los laterales del suelo de la nave se pararon. Eran los primeros en desafiar al viento, las nubes y al miedo. Nerviosos, pisaban fuertemente la madera del piso. Mientras que el supervisor, Ricardo Carrión Pautré, revisaba una a una las cintas de seguridad (arnés), para que los muchachos no sujeten mal sus implementos. El error sería fatal.
Ricardo Carrión es un experimentado maestro de ocho cadetes que esta vez también se graduarían de dobladores. Su encargo es preparar las mochilas de paracaídas. Del buen doblaje de cada implemento depende el éxito del descenso de los muchachos y de su graduación.
POR USTEDES, MUJERES
Aunque en tierra firme dijo no sentir miedo, en el aire su rostro delataba otra situación. Lucero Rodas Pinedo, proviene de una familia de oficiales de la Fuerza Aérea, quien de niña la llevaban a ver los desfiles militares. Se admiraba cuando veía los aviones volar a cientos de metros arriba de su cabeza.
Ahora a sus 22 años estaba sobre uno de guerra, seguramente señalada desde la tierra firme por algún niño. Ella sería una de las últimas en lanzarse. “He visto que las mujeres son valientes, con decirte que cuando hicimos nado de sobrevivencia en mar, ninguna pidió lancha, algunos de sus compañeros sí”, destacó Bravo Bonifaz, refiriéndose a las damas. De los 53 alumnos, siete son mujeres.
YO MISMO SOY
Uno de los primeros en lanzarse del Hércules fue Miguel Castillejos Pain, quien entró a la FAP con la intención de ser el mejor piloto. Lleva 13 horas de vuelo, 60 minutos de ellos lo hizo solo. Tras emitir un fuerte grito el joven que jugaba con aviones de pequeño descendió de la nave hacia un terreno árido del grupo N°4 de La Joya.
“Se siente como si volaras, no te preocupas, es algo inimaginable, estás tú cayendo, viéndote descendiendo, te sientes como un ave”, contará luego. A esa altura se tarda entre 20 a 30 minutos en descender. Desde los 5 mil pies de alto el descenso dura cinco minutos y de 30 mil pies 25 minutos recorriendo –dependiendo del viento- hasta 15 kilómetros. A más altura la situación cambia. El oxígeno desciende y se vuelve más complicado.
CAÍDA LIBRE
Para que los cadetes, que seguramente ya estaban en tierra, no se sientan solos, siete instructores decidieron lanzarse desde cinco mil metros de altura. Los expertos bajaron por la rampa posterior de la nave. En caída libre.
Quisieron intentar tirarse nuevamente, esta vez desde 12 mil pies de altura, pero el caprichoso cielo cerró con nubosidad las condiciones favorables. Era momento de apagar motores. De descender. No se puede retar a la naturaleza. No por ahora.
DÍGAME AVIADOR
Desde un descampado se veía a los camaradas de tercer y cuarto años de instrucción, abrir sus paracaídas y tenuemente caer del cielo. Eran “pájaros” humanos. Algunos bajaron bien, otros de trasero o arrastrados por el viento.
En sus rostros se notaba su alegría, se abrasaban, se tomaban fotografías, gritaban. No era para menos, habían cumplido con sus tres descensos desde un avión. Tres vuelos por los aires que los graduaron como nuevos aviadores, aquellos que vencieron sus temores.
El director del Coes, coronel FAP, Julio Tizón Basurto, aplaudió a sus alumnos, seguramente recordando cuando él también pasó por estas pruebas. Una bebida fue el premio a este esfuerzo. Líquido que los jóvenes, quienes a finales de año serán oficiales, consumieron en menos del tiempo que les demoró volar. En el aire cada segundo vale el doble: vencer el miedo y avanzar.
Compartir

Leer comentarios