Cultura

Homenajearán a Víctor Andrés Belaúnde, caballero humanista de la palabra en el Perú

7 de diciembre de 2019
Político e intelectual respetado a nivel nacional.

En la ciudad del Misti casi a diario muchos de sus habitantes transitan por la avenida que lleva su nombre o pasan por la casa que lo vio nacer, soñar y aprender a querer a su tierra y a su patria, pero también, donde recibió la formación humana y religiosa, forjado en el seno familiar – ámbito natural de enseñanza de valores morales y éticos- pero pocos, hoy en día, conocen a uno de los arequipeños más sobresalientes y de fama mundial que ha engendrado nuestra Ciudad Caudillo y, que hoy, a ciento treinta y seis años de su natalicio y cincuenta y tres años de su muerte, queremos rendir un merecido homenaje a quien elevó el nombre de Arequipa y del Perú a nivel mundial, en variados campos del saber, destacado en las letras, justicia, diplomacia; reconocido humanista, internacionalista y laico católico.

Pero, ¿quién fue este arequipeño sobresaliente, cuyo pensamiento trasciende el tiempo y la realidad peruana?

Por: Roberto Lazo Zapata

Se trata de don Víctor Andrés Belaunde Diez Canseco, quien nació en nuestra Blanca Ciudad, en la casa familiar ubicada en la calle Moral del Barrio de Santa Catalina, el 15 de diciembre de 1883. Sus padres fueron don Mariano Belaúnde de la Torre y doña Mercedes Diez Canseco Vargas. Estudió en el colegio San Vicente de Paul, bajo la dirección del padre Hipólito Duhamel y en el colegio San José de la Compañía de Jesús.

TRADICIÓN FAMILIAR
A la corta edad de diez años, en 1892, ingresó a la Hermandad del Santo Sepulcro del Templo de Sto. Domingo, presentado por su padre don Mariano Andrés Belaúnde de la Torre, quien ejercía la presidencia de esta distinguida institución. Al respecto, Belaúnde reseña en su laureado libro «Arequipa de mi infancia» (1960) sus memorias, ingreso y recuerdos en esta hermandad: «El Viernes Santo marca el retorno a la tristeza (…) el día culminaba con la procesión de Cristo Yacente, organizada en la Iglesia de Santo Domingo. Estaba a cargo de la Hermandad de los Caballeros del Santo Sepulcro, a la que pertenecía por tradición todos los viejos hidalgos de Arequipa; tenían que vestir de frac y llevaban una medalla con cinta verde, alternándose en cargar el sarcófago del Señor (…) ya en el colegio fui uno de los devotos alumbrantes que aguardaba con ilusión la hora en que vestido de frac y con mi cinta verde me tocara el honor de llevar en mis hombros el féretro de Jesús Yacente». Él, como niño Postulante de la Hermandad, se ocupó del reparto de las velas verdes para los fieles en la tradicional procesión de Viernes Santo y de acompañar y de portar el anda de las «Reliquias» de la Pasión del Señor. Cumplida la mayoría de edad y con la ilusión de recibirse como hermano, llevó en sus hombros la urna del Santo Sepulcro, como siempre fue su ilusión y anhelo, emulando a sus antepasados. En 1940 integrará la comisión de representación de señores hermanos en el II Congreso Eucarístico Nacional, celebrado en nuestra ciudad, tomando la palabra y dirigiendo un elocuente discurso, en homenaje al Santísimo Sacramento, el 24 de octubre de aquel año. Siempre colaboró e hizo sus mejores esfuerzos por participar durante la Semana Santa, en especial los días de jueves y viernes santo, junto con su familia.
Estando radicado en Lima, en el año de 1941 fue elegido Mayordomo de la Archicofradía del Rosario de Españoles establecida en el convento de Santo Domingo de la ciudad capital. Además fomentó la colaboración y ayuda a las misiones que realizaba la Congregación Pasionista en la selva peruana e impulsó la fundación de la procesión del Santo Sepulcro de Viernes Santo en la Parroquia del Pilar del distrito de San Isidro de Lima, para la nueva feligresía y aquellos arequipeños que se trasladaron a radicar en la capital, así como también, muchas otras obras en apoyo a la labor de la misión de la Iglesia católica en el país.


ESTUDIANTE, MAESTRO IMPETUOSO Y PRIMEROS AMORES

Tras ingresar a la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa donde estudió los primeros años de Humanidades y Letras, en 1901 pasó a Lima para estudiar en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde ejerció además la docencia universitaria (Historia de la Filosofía Moderna e Historia Moderna). Obtuvo los grados de doctor en Jurisprudencia (1908), Ciencias Políticas (1910) y Letras (1911).

Nuestro homenajeado no fue ajeno a la influencia anticristiana y anticlerical de su época. Durante estos años de docencia en la Universidad San Marcos se alejó de la fe, pero retornará a ella en 1923, de la mano de la filosofía y de la liturgia de la Iglesia, como bien, él mismo, nos lo comenta en su libro titulado «Trayectoria y Destino. Memorias» (1967): «Se vuelve siempre a los primeros amores», dice un adagio francés. En la quieta y hogareña vida provinciana de los Estados Unidos o en el París sin tentaciones de inútil mundanismo reanudé, por gravitación natural de mi espíritu, mis viejos soliloquios metafísicos. De la divinidad de Cristo, a la que me llevaron misteriosamente combinadas las lecturas de Pascal y de Renán, pasé a la gozosa contemplación y a la plena vivencia de la Fe en la Iglesia católica. Mi conversión debía determinar una nueva orientación en mis lecturas y meditaciones en el tiempo libre que me dejaban los cursos y conferencias. Se imponía reanudar las remotas preocupaciones de mi infancia sobre los fundamentos de mi fe… Andando de los tiempos uní la liturgia a la nostalgia que lleva siempre una ansia de Dios. Era la liturgia para mí hallar entre huellas terrestres y símbolos de la vida, el aliento del Espíritu…No puedo concluir esta etapa de mi vida sin expresar mi gratitud a la Francia eterna. De labios de un misionero francés recibí lecciones y ejemplos inolvidables de amor a Dios. Mi conversión fue favorecida y alentada por el ambiente católico renaciente en Francia. Al volver al Perú encontraría mi hogar intelectual en el claustro animado por el fervor de caridad y de saber de otro misionero francés: el padre Jorge Dinthilhac».
Siempre vinculado a las actividades académicas, fue decano de la Facultad de Letras, Ciencias Políticas y Económicas, así como vicerrector y rector interino de la Pontificia Universidad Católica del Perú (1946-1947), gestor de la creación del Instituto Riva-Agüero en 1947. En 1965 fue nombrado rector emérito de la PUCP, por la cual trabajó junto a su amigo el padre Jorge Dinthilhac, para verla crecer y prosperar, fiel al legado de su máximo benefactor José de la Riva-Agüero, como cuna de la enseñanza cristiana – católica del país; emblemática casa de estudios que, lamentablemente, en la actualidad está desdibujada de su cometido fundacional y que esperamos retorne a los principios católicos que inspiraron su creación y su sostenimiento hasta la actualidad.

POLÍTICO Y DIPLOMÁTICO
En 1903 fue nombrado secretario del Archivo de Límites del Ministerio de Relaciones Exteriores y, posteriormente, de 1905 a 1906, secretario de la misión acreditada en Argentina para realizar la defensa del Perú en el litigio de límites con Bolivia. En 1918 fundó el tercer «Mercurio Peruano», revista de la que fue director hasta 1932. Radicó en Estados Unidos, donde dictó cátedra en las universidades de Columbia, Middelburg, Virginia y Miami. Fue también funcionario del Instituto de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones.

En 1930, al caer el gobierno de Leguía, regresó al Perú y fue elegido diputado al Congreso Constituyente de 1931, por el Partido Descentralista en representación de Arequipa.

El presidente del Perú, Óscar R. Benavides, lo reincorporó al servicio diplomático como ministro plenipotenciario en Colombia (1934-1935) y luego en Suiza (1936-1939). Fue también embajador especial en las Naciones Unidas (1936) y la Conferencia Internacional del Trabajo (1936).

En 1945 presidió la delegación peruana en las Naciones Unidas, y posteriormente, entre 1959 y 1960, llegó a presidir la Asamblea General de la ONU.

Durante el segundo gobierno de Manuel Prado fue ministro de Relaciones Exteriores del Perú.

INTELECTUAL AMANTE DE LA JUSTICIA Y PERUANIDAD

Sin duda alguna don Víctor Andrés Belaúnde destacó como una de las voces más importantes en la reflexión de la sociedad peruana y un gran pensador católico y humanista de talla internacional, que lo llevó a tener una profunda vocación al estudio y difusión del Perú. De su pensamiento se deriva la amplísima obra que llevó durante toda su vida: El escribir sobre el Perú, siendo autor de invalorables libros como: La filosofía del Derecho y el método positivo (1904), El Perú antiguo y los modernos sociólogos (1908), Ensayos de psicología nacional (1912), La crisis presente (1914), Meditaciones peruanas (1917), La realidad nacional (1931), El Cristo de la Fe y los Cristos literarios (1936), su gran obra, «Peruanidad» (1942), La síntesis viviente (1950), Inquietud, serenidad, plenitud (1951), Arequipa de mi infancia (1960), El planteamiento del problema nacional (1962), Veinte años de Naciones Unidas (1966), Memorias (1967), entre otros.


MERECIDO HOMENAJE
Por todo esto, y recordando la personalidad de este destacado pensador peruano y arequipeño, la Venerable Hermandad de Caballeros del Santo Sepulcro de Sto. Domingo y la Universidad Nacional «Gran Padre San Agustín» de Arequipa, con motivo del Sesquicentenario de fundación de la hermandad más antigua del Sur del Perú y del 53° Aniversario de la muerte de uno de los hijos más connotados de nuestra ciudad y del país, ocurrido el 14 de diciembre de 1966, el lunes 9 a las 11:00 horas, en la casona donde nació nuestro hermano hace 136 años un 15 de diciembre de 1883, rendiremos un merecido homenaje a su ínclita memoria. Por ello, esperamos la participación de las principales autoridades de la región y de la comunidad arequipeña. En este acto, se develará una placa conmemorativa en el patio principal de la mencionada casona y el elocuente discurso de orden, bajo el título «El mensaje de Belaúnde para el Perú y la Iglesia de nuestro tiempo», estará a cargo de nuestro hermano el doctor César Félix Sánchez Martínez.

Sin duda alguna, este arequipeño ilustre ha ennoblecido con su palabra y pluma a nuestro país, y en la actualidad, en medio de la coyuntura social y política por la que atraviesa el Perú, es imperioso rescatar y seguir su ejemplo de político destacado, quien interpuso, ante todo, el bienestar moral y ético de la nación.

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