Columna

Hora del recurseo peruano

22 de abril de 2020

Por Manuel Gagó

Las economías caen en el mundo. Los economistas serios admiten errores en sus vaticinios. No obstante, es mejor plantear escenarios apocalípticos, de hecatombe, para cubrir todos los flancos y prevenir, antes que lamentar.

En el camino se aprende que los criterios populares prevalecen frente a los supuestos de los “científicos sociales” que habitan las esferas del Gobierno. Así como muchos volvieron con sus padres para resistir la cuarentena, así también pobladores de Lima, provenientes de las provincias, vuelven al interior del país escapando de la Lima contaminada y hoy sin oportunidades laborales. El inexistente escenario extremo de los científicos sociales no previó el éxodo espontáneo de los pobres. ¿Cómo resuelve el presidente de la República, Martín Vizcarra, el retorno de los pobladores sin dramatismo ni confusión, evitando enfrentar a los peruanos por temor al contagio? ¿O los deja por su cuenta?

En las dificultades se conoce de qué madera están hechas las personas. Otra vez, el 75% de la población económicamente activa (PEA) muestra temple y perseverancia sin vergüenzas. Los ambulantes no le temen a las declaraciones de emergencia con policías y soldados en las calles. Frente a la adversidad se reinventan y adaptan a las circunstancias. Hoy venden tapabocas, alcohol y guantes. Si por ellos fuera, desaparecerían al Estado para que sus actividades económicas sean más dinámicas y florecientes.

Los ambulantes, el eslabón clave de la ilegalidad económica, están por cuenta y riesgo propio desde hace tiempo. No califican para los créditos del sistema financiero formal. Organizan “juntas” para capitalizar sus negocios. Confianza judía a la peruana. Un apretón de manos es suficiente para honrar la palabra. Sus hijos tampoco califican para las becas educativas porque sus pobrezas no cumplen los “estándares” de los “estudiosos de la realidad social” ni de las municipalidades encargadas de decidir quién recibe qué del Estado. La informalidad ninguneada frente a las gollerías del sector público –burocracia lerda y mañosa– que hace la vida imposible a todos los peruanos.

Por la pandemia del coronavirus, los eslabones de la denominada cadena de pagos han quedado desconectados. Las actividades económicas tienen dificultades para cumplir con sus obligaciones y los comunistas señalan alegremente que los ricos se encarguen de las consecuencias del coronavirus, como si las inversiones fueran responsables de la pandemia. Sin embargo, es una grandiosa oportunidad para que las fortunas se reencuentren con la sociedad y el mercado, parte de la cadena de sus riquezas.

“La suspensión perfecta de labores” de tres meses podría ser el preludio de nuevas oportunidades para los trabajadores. Frente a la ley todos somos iguales. Por nuestros talentos, habilidades, dones, capacidades y visión de vida somos distintos. Además, las circunstancias pueden transformar a las personas. “No hay mal que por bien no venga”. Los efectos del coronavirus ofrecen a los trabajadores la ocasión de desarrollar sus destrezas escondidas y postergadas. Es el momento de –literalmente– sobrevivir frente al fracaso del Estado y sus intentos de “ayudar” a la población. La gente se contagia en las aglomeraciones para recibir dinero y bolsas con alimentos. La multa para los desobedientes de la cuarentena será desobedecida por la misma autoridad más adelante.

Los peruanos medianamente enterados saben que los efectos del coronavirus son de largo alcance. Hasta el 2022 señalan, no sabemos si los optimistas o pesimistas. Hasta entonces, a valerse por uno mismo explorando las habilidades personales en el fuego de la realidad. Tiempo del recurseo tan peruano. Inventarse una ocupación económica para resistir los “efectos devastadores del coronavirus”.

Editorial: Lo que no se puede permitir

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