Arequipa

Hundir el Titanic

1 de marzo de 2020

En muchos casos los amigos y familiares suelen ser muy ásperos cuando descubren que alguien pasa por una profunda depresión. Los resultados pueden ser nefastos.

Por Orlando Mazeyra Guillén
«Trato, hermano, la verdad que lo intento; pero no me acostumbro», le dijo Elías mientras se quitaba los lentes obscuros. Enseguida destapó mecánicamente la cerveza helada con el culo del encendedor y se sirvió un vaso lleno.
—¿Y entonces? —le pregunta Víctor desalentado, tomándose la barbilla—. ¿Qué vas a hacer ahora?
—Todavía no lo he decidido, se me pasan muchas huevadas por la cabeza. Lo único que sé es que no estoy hecho para esto. No quiero estar solo, me siento un fracasado, Víctor: sin mi mujer, sin hijos, sin nada…
—Nancy te quiere, Elías. Eso se nota, pero ya se aburrió. Y creo que tú también, sólo que te va a costar hacerte a la idea. ¿Ahora que volviste a la casa de tus papás cómo te sientes?
—¿Que cómo me siento? Pues hasta el culo, Víctor. A mi viejo le tienen que poner un puente en el corazón la próxima semana. Mi mamá está cada vez peor de los nervios, le duele la cabeza a cada rato… y mi hermano Lucho se la pasa todo el día botando la plata en el casino de la Plaza de Armas.
Nancy se había cansado de Elías, eso estaba clarísimo (ella no era una mujer común y corriente, por decirlo de alguna manera). El matrimonio de apenas cuatro años cumplió su ciclo (y tal vez duró más de la cuenta). Todavía no iniciaron los trámites del divorcio, sin embargo ella ya estaba saliendo con un gerente de una fábrica de cemento. Elías, por su parte, tomaba casi a diario y luego, cuando caía la noche, iba a «rescatar» a su hermano Lucho.
—Y lo peor, Víctor —agrega lamentándose—, lo más jodido es que ese tipo ya la ha inflado. ¿Puedes creerlo?
—El gerente, ¿te refieres al tío con el que está gileando?
—Sí, a él. Ya la embarazó el muy hijo de perra. ¿Cómo es la vida, no? Yo cuatro años intentándolo a diario y este viejo a la primera le dejó la semilla. ¿No es como para pegarse un tiro? ¡Me quiero cortar los testículos!
—No exageres, ¡carajo! Un hijo no iba a solucionar todos tus problemas, Elías. Ponte a pensar en que no hay mal que por bien no venga.
—Estoy cansado de vivir, Víctor.
—No eres el único.
—Hermano, la depresión para mí es un dolor insoportable, una enfermedad sin remedio. Sin la Nancy mi vida ya no tiene sentido. Si viviéramos en una sociedad decente yo podría ir a una clínica a que me duerman hoy mismo.
—Una cura de sueño… eso sí es posible, mira yo…
—No —lo interrumpe—. Quiero dormirme para siempre. Ya acabó mi travesía, cholo. Quiero que me corten la luz.
—Elías, te voy a contar un secreto.
«No hay nada después de la muerte», le dijo. Víctor le explicó que la vida era un regalo que todos debíamos atesorar. Llenó la cantina de lugares comunes —vivir cada día como si fuera el último— y frases hechas antes de ir a lo más importante y revelador:
—Yo te puedo conseguir pepas. Unas cien si quieres. Te las tomas con una botella de trago y se acabó. Vas a hundir el Titanic contigo a bordo —le dijo a lo bestia—. Te quedarás jato para siempre.
—¿Me estás hablando en serio, Víctor?
—Claro que sí, marica. Quiero que en mi cara te tomes las pepas por culpa de esa puta.
—No te voy a permitir…
—¿Qué no me vas a permitir? Si antes de casarse contigo todos se la han cepillado. Quitarte la vida por una ramera, no me friegues.
Elías se quedó callado y tomó el encendedor. Empezó a darle con él golpecitos a la mesa. Víctor miró la botella de cerveza e imaginó que ésta empezaba a calentarse: se pondría fea.
—¿Y tú nunca te enamoraste de una puta? Mírame a la cara y dime que nunca te pasó.
—Sí —le dijo Víctor—, pero casarse es otra cosa. Ese viejo billetón te ha hecho un favor y mira que hasta dudo de que el hijo sea suyo, puede ser de cualquiera.
—Tienes razón —se le ocurrió—: tal vez es mío.
—Claro —le dijo siguiéndole la corriente—. Ese cachorro es tuyo y vas a ver que saldrá igualito a ti como una papa partida.
—Voy a empezar a decirle a todos que es mi hijo, ya se fregó la Nancy. Ahora sí me va a conocer.
Bebieron hasta emborracharse. Elías tardó en regresar del baño. Volvió con el rostro mojado y los ojos rojos.
—¿Qué pasó, Elías?
—Quiero hundir el Titanic. ¿Cómo voy a decir que su hijo es mío? Yo no soy así, yo soy gente. ¿O acaso no me conoces, Víctor?
—Te conozco y bien.
—Entonces acompáñame a la plaza de armas.
—¿Para qué?
—Tengo que sacar a mi hermano Lucho del casino, ojalá que todavía no se haya cruzado, cuando tiene una mala tarde se quiere mechar con las máquinas. La semana pasada terminó en la comisaría, tuve que pagarle a los tombos para que no pasara nada.
Tomaron un taxi. Nancy —Víctor la conocía desde la secundaria— fue siempre una mujer de cascos sueltos. No valía la pena. No obstante, Elías estaba enchuchado y a bordo del trepidante Titanic. ¿Qué hacer? «Quizá dejárselo todo a la ruleta rusa del casino», pensó mientras su amigo le escribía un mensaje de texto a aquella mujer por la que él era capaz de cortarse los testículos. Y también el cuello. Cortarse la vida misma (la vida que el padre de Elías perdería una semana después durante la operación). Todos —borrachines, ludópatas, putas, malos amigos, viejos ricos, etcétera— somos el Titanic, al fin y al cabo. No hundiremos. La pregunta es: ¿cuándo, en qué momento?

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