Columna

Iré a tu fiesta, así muera en el intento (II)

29 de octubre de 2020
Foto: Bojack Horseman

Por: Adrián Manrique Rojas

Los días pasaron volando y el viernes previsto para la fiesta llegó. Gabriel se mantuvo distante de su familia y procuró pasar desapercibido, como buscando quitarse el peso de la culpa por ser un irresponsable; pero sin arrepentirse por decidir asistir a la fiesta de Pablo.

El plan parecía ser infalible. Aquella noche, como de costumbre, se despediría de su familia después de cenar y se encerraría en su cuarto, pondría algo de música a bajo volumen, se alistaría para salir por la ventana; descendería por la pared del vecino hasta la calle y se dirigiría a la fiesta corriendo; no sin antes dejar algunas almohadas cubiertas entre sus sabanas, simulando la forma de su cuerpo. Luego simplemente era cuestión de disfrutar de las “nuevas amistades” y del descontrol que aquella noche debía primar. El regreso sería mero trámite.

Ya en su habitación, en espera de que sus padres se durmiesen, Gabriel empezó a cambiarse y mirándose al espejo tuvo una ligera sensación de temor y pensó:

-¿Y si me contagio?

No tuvo respuesta para su interrogante y dejó que por unos segundos su cerebro ensayara un escenario hipotético ante una situación semejante, después retomó su actitud y dándose valor con actitud negacionista se dijo:

-Esa vaina no existe, nos mienten en grande. No pasa nada.

El reloj marcaba las once y media, la última luz de su casa se apagó. Gabriel aguardó algunos instantes y cuando estuvo seguro empezó con la huida. Fue relativamente fácil. Corriendo por las calles oscuras y vacías, Gabriel imaginaba nuevas caras, grandes senos y la sensación de estar bajo los efectos de alguna droga. Se sentía hipnotizado, perdido y desesperado por llegar a la fiesta de una vez, la ansiedad lo carcomía.

Al entrar a casa de Pablo, fue recibido con un vaso lleno de ron, el cual bebió sin titubeos. Habían cerca de doce personas, todos jóvenes y la música, si bien no era muy fuerte para no llamar la atención de los vecinos, creaba una atmósfera prohibida que inhibía a los participantes, los cuales no usaban mascarillas ni respetaban el distanciamiento social. Mientras avanzaba el tiempo, la noche se tornaba lasciva. Las drogas iban y venían, el alcohol se respiraba en el aire, y algunos furtivos amantes se perdían entre besos y toqueteos por las tenues luces de fiesta que iluminaban itinerantemente el salón.

Cindy era delgada, como de unos dieciocho. Después de una larga conversación con Gabriel, bailaron en el rincón más alejado de la sala, para entregarse después al calor de los cuerpos y la peligrosa necesidad de experimentar sensaciones al límite -incluso de lo permitido- que no han podido ser contenidas ni siquiera por una emergencia sanitaria tan grande como la producida por la pandemia.

Casi cuando los primeros claros del día comenzaron a romper la oscuridad, los “fiesteros” salieron apresurados por ocultarse del ojo público, siempre juicioso y castigador. Gabriel bastante borracho, apresuró el pasó hasta llegar a casa. Trepó la pared del vecino y se metió en su cuarto. Guardó su ropa en una bolsa de plástico y dejó entreabierta la ventana para ventilar el ambiente, saturado de un hedor a censura.

Nadie se dio cuenta de lo ocurrido, Gabriel se despertó tarde, con una sensación gratificante al no saberse descubierto.

Los días pasaron, y poco a poco la fiesta pasaba a ser un recuerdo, hasta que llegó un nuevo mensaje de Pablo que perturbó hasta la más oscura parte del alma de Gabriel.

-Cindy tiene COVID mano, sus viejos están mal, quizá nos contagió a todos. Ten cuidado.

Su piel se escarapeló y sintió una desesperación tan fuerte que lo llevó a dar vueltas incesantemente por su habitación, pensado en los besos que se habían dado, en sus lenguas retorciéndose entre sí, en los microscópicos bichos que entraban silenciosamente en su cuerpo y en los tantos ruegos de Raúl, su padre.

En aquel momento un golpe en su puerta rompió el silencio. Era Raúl.

-Hijito, vamos a almorzar, tu mamá preparó ceviche, tu plato favorito. Ven rápido.

Y al sentir aquella voz tierna pero débil, Gabriel rompió en llanto, odiándose por ser tan insensato. Maldijo la hora en que fue a la fiesta, el momento cuando recibió la invitación de Pablo, los besos con Cindy y su estupidez.

Esta vez no fue necesario que él muera en el intento, pero quizá paradójicamente mataría a alguien por ir a una fiesta.

Iré a tu fiesta, así muera en el intento (I)

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