Cultura

José Valdez Pallete, dejó las tablas para hacer teatro desde el cielo

16 de julio de 2020

Don Pepe, se fue en silencio, sin mayor aspaviento, como le gustaba llevar su vida.

Qué cosas tan extrañas suceden en tiempos de pandemia. Antes ingresabas al Facebook para saber de la vida de amigos o familia. Ahora tienes temor de ingresar a las redes sociales por no querer conocer del fallecimiento de alguna persona conocida o de un familiar.

José Valdez Pallete, “Don Pepe”, tenía muchos proyectos en mente, a pesar de todo lo logrado. Editar el libro con todos los  juguetes y pequeñas obras que había escrito, terminar el libro sobre la historia del teatro en Arequipa, hacer un archivo fotográfico de todo el trabajo realizado, presentar una última obra, sentarse a tomar un café de varias horas con sus amigos…

Hace tres años, el grupo de Teatro Talía que fundó, había cumplido los 50 años, todavía se reunía con algunos jóvenes del Peruano Norteamericano que querían hacer alguna obra; aunque desde hace varios años arrastraba una enfermedad a la vista, pero pese a eso seguía dirigiendo. El fino oído no le fallaba. Sus jóvenes actores no se daban cuenta de su padecimiento, tampoco permitía que siquiera lo sospecharan. En Junio del 2017, fue su última presentación pública.

Los últimos años se guiaba a  través de las sombras para caminar en la calle y prefería hacerlo, como casi todo, en horas de la tarde y la noche. Leí, escribía, ensayaba, dirigía siempre a partir que se ocultaba el sol. “Yo no terminé Derecho porque las clases eran a las 7 de la madrugada, una o dos horas antes recién me había acostado”, contaba Don Pepe.

Uno de sus apasionamientos era la conversación y luego del dictado de clases en la universidad, se iba hacia el centro de la ciudad, casi siempre caminando desde la Católica de Santa María con un grupo de estudiantes, que eran sus amigos, a disfrutar de un café que se extendía por varias horas.

“Me gusta escuchar sus historias, ver como el mundo ha cambiado a través de sus relatos”, decía mientras prestaba atención pacientemente a las conservaciones. De vez en cuando hacía preguntas cuando no entendía el tema. Cuando le tocaba hablar a él, no había quién lo detenga, tampoco nadie quería hacerlo. Es que no había nada más delicioso que escuchar sobre diversos temas de la historia, contados  por un culto actor de teatro y periodista.

Vivía en los últimos años por la calle San Camilo y a pesar de la advertencia de sus hijos, se las ingeniaba para salir a la calle y encontrarse con algún amigo o irse al Cultural. Sabía cuántos pasos tenía que caminar para llegar a cada una de las esquinas y cruzar la calle, se aprendió hasta los huecos de las veredas. Nunca se le podría ocurrir a alguien sugerirle usar bastón. “Eso es para los viejos”, decía.

“Generalmente voy por las esquinas donde hay semáforos y me pongo al lado de las gordas, ellas nunca corren, espero que avancen y yo también lo hago, aunque ahora los conductores no respetan a nadie”, contaba de sus peripecias.

Era un hombre muy respetuoso, con todas sus amigas y amigas y los que no lo eran. “Felizmente tengo una buena memoria, solo cuando me hablan de personas que se portaron mal o que no me caen, me hago el que no me acuerdo. Por lo menos tengo una justificación”, comentaba riendo.

“He estado escribiendo todo este tiempo, he hecho algunos libretos. Algo tengo que hacer con mi tiempo”, contaba el  fundador de Talía y su único director. El y unos amigos hacían teatro en la UNSA, pero fueron expectorados de la Escuela de Artes cuando Patria Roja asumió el poder y ahí decidieron fundar un grupo propio.

“Yo trabajé en diario El Pueblo, tenía a mi cargo la página editorial, de cultura y de deportes, así que aprovechaba para promocionar la obra. El día del estreno la mitad del Teatro Municipal estaba lleno de alemanes refugiados que habían llegado de los departamentos cercanos. Fue un éxito y allí recibimos la invitación para ir a un festival de Chiclayo, donde obtuvimos el primer puesto. Luego ya vinieron obras de artistas peruanos”, contó.

Fue profesor de varios colegios en Arequipa, había que mantener a seis hijos. También fue periodista en algunos medios de comunicación como El Deber y El Pueblo y colaborador de El Comercio o La República en Lima, entre otros. Fue docente de la Universidad Católica de Santa María. Aclara y así lo deja por sentado, que el teatro que hizo fue cultural, no comercial para ganar dinero, aunque le sobraron propuestas para dirigirlo.

Estuvo casado con la también fundadora del teatro y poetisa, Gaby Arce, con quien tuvo seis  hijos. Llevó una buena vida junto a su compañera. Tuvieron algunos desencuentros generados por terceros y decidieron separarse, manteniendo una buena relación aunque a la distancia.

Como para la separación no hubo problemas insalvables, luego de varios años,  decidieron restablecer su relación, la que dijo fue muy buena y estaba feliz, pero al poco tiempo ella falleció, dejándolo en una profunda tristeza.

Como buen actor sabía disimular sus pesares. Un día llegó a los ensayos del grupo en la Católica y estaba raro. Sin expresión alguna, le rodaba una lágrima en el rostro. ¿Don Pepe está mal del ojo?, le preguntaron. “Seguramente algo me entró”, contestó. En el café, con sus amigos de confianza, confesó que su hijo estaba grave en el hospital. ¿Y por qué fue al ensayo, debió estar con él?, le cuestionaron. “No soy médico, yo no voy a poder hacer nada”, señaló. Su hijo, por quien lloraba en silencio, se salvó de una grave enfermedad.

DATO

Don Pepe, se fue en silencio, sin mayor aspaviento, como le gustaba llevar su vida, junto a su familia y con la profunda tristeza de los  amigos por su partida.                           

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