Arequipa

La biblioteca de Babel

1 de diciembre de 2019

La biblioteca es el universo de los libros, representa el universo mental de varias épocas, es el símbolo de la cultura escrita, y el gran potencial libro digital.

Por Mario Rommel Arce Espinoza

En “La biblioteca de Babel” el escritor argentino Jorge Luis Borges cuenta la historia de una biblioteca ideal, repleta de libros, con ejemplares únicos, irremplazables, en cuyos estantes reposan a la espera de un lector ávido de conocimiento, ansioso por aprender nuevos contenidos a través de los libros.

La biblioteca de Babel representa el universo de los libros, escritos en diversos idiomas, procedentes de distintas épocas, con distintas características de impresión, especializados en diferentes temas. Pero, qué tienen en común. Son fuente de conocimiento, el resultado de un largo proceso de aprendizaje y de producción intelectual, fruto de la reflexión y del análisis.

Hay dos aspectos que me gustaría destacar en la historia cultural del libro. En la época de la ilustración, contrariamente a lo que podríamos imaginar, muchos libros estigmatizados de religiosos o místicos fueron quemados públicamente. Durante los días de la Revolución francesa, muchas personas se calentaron las manos con la pira de libros ardiendo. En el orden de las ideas, los libros han representado una amenaza contra el orden social establecido en base a las ideas filosóficas y políticas. La afirmación de que la lectura no deja intacto al lector es muy cierta, sobre todo a la luz de obras capitales o libros de cabecera que cuestionan nuestras propias ideas. Hablo de aquellas ideas que escuchamos a nuestros padres repetir desde niños, o también las consabidas lecciones de la escuela que se trasmiten de generación en generación; el capital cultural de que habló el sociólogo francés Pierre Bourdieu, para referirse a los conocimientos aprendidos en el aula sobre la base del libro de texto.

Por otro lado, la creación de la biblioteca pública en los siglos XVII y XVIII no precisamente tuvo el impacto esperado. La gente no iba masivamente a la biblioteca en Francia. Hasta entonces el modelo de biblioteca en Europa era básicamente de repositorio y préstamo de libros. Fue recién en el siglo XIX que, de acuerdo al modelo norteamericano, la biblioteca replantea su esquema de trabajo como promotor de la lectura, cumpliendo así una doble finalidad: servir a la comunidad con el préstamo de libro para sala, pero también encaminando sus esfuerzos a fortalecer el hábito de la lectura con diverso tipo de estrategias.

La biblioteca es un repositorio de la memoria, no solo porque almacena libros, sino también porque cada uno de esos libros representa el universo mental prevaleciente en un periodo de tiempo determinado. De ahí la importancia de la biblioteca patrimonial, que atesora libros de gran valor histórico.

Bajo el influjo de las ideas de la ilustración en Arequipa se organiza la primera biblioteca pública en 1821. De acuerdo al testimonio del viajero francés Paul Marcoy, en su libro “Viaje a través de la América del Sur”, menciona que fue el doctor Evaristo Gómez Sánchez, “amigo de las luces”, quien donó su biblioteca personal para servir de base a la primera biblioteca pública de la ciudad. Es probable que se trate de la donación de libros que hizo a la Academia Lauretana de Ciencias y Artes de Arequipa, de la cual fue fundador. Lo cierto es que ya para entonces se advierte una preocupación por abrir espacios de lectura que promuevan el conocimiento. Al igual que otras latitudes, la biblioteca conventual fue por mucho tiempo el repositorio principal de libros, de acceso restringido.

La biblioteca es aquel lugar placentero donde comienza la aventura del conocimiento. Lo que digo no es una expresión lírica, obedece a una realidad de quien ha vivido la experiencia de la lectura y conoce el poder de la palabra escrita. En algunos casos, el libro subleva la consciencia de las personas, en otros nos transporta a universos paralelos, que solo las buenas historias son capaces de producir en los lectores, despertando sus emociones, reavivando sus sentimientos, al punto de identificarse con los personajes de la obra, si se tratara de un texto literario. Es lo que se conoce también como el “pacto ficcional”, por el cual, el lector asume que es real la historia contada en una novela. Sabe que es ficción, pero lo vive como si fuera real. Es la respuesta del lector ante el poder de la palabra escrita. Sin embargo, muchos de esos libros permanecen ocultos a nuestro conocimiento. Cuántas historias no leídas, cuántos textos dejados de leer por soberbia, creyendo ingenuamente que lo sabemos todo, porque hemos ido a la universidad.

Desde sus orígenes, el libro simboliza lo más apreciado de la humanidad, es la máxima expresión de la cultura escrita. Una revelación del mundo occidental, que llega a nosotros a través del trasvase cultural operado en los periodos de conquista y colonia.

El rollo, el códice y el libro digital forman parte de un proceso que también ha condicionado las prácticas de la lectura, por dos razones: 1) el soporte; y, 2) el acceso a la fuente. En ese sentido, cuando tuvo predominio el libro manuscrito, estuvo vigente la práctica de la lectura en voz alta. Con la invención de la imprenta en el siglo XV, no solo se produce una revolución en la difusión del libro, sino que además comienza la práctica de la lectura silenciosa.

El libro como objeto de lujo y luego como instrumento, con la creación de las primeras universidades en la época medieval, hicieron posible una mayor demanda del libro manuscrito, por parte de estudiantes y profesores, que adoptaron el libro como fuente de debate. Fue un paso significativo en el proceso del conocimiento, en una época tradicionalmente considerada como de oscurantismo.

Ya en la ciudad de Roma se contaron hasta 29 bibliotecas públicas. Incluso en las termas romanas existió este servicio. Esto habría hecho decir al emperador Adriano, en palabras de la escritora Marguerite Yourcenar, que abrir bibliotecas era como guardar la semilla en los graneros para las épocas de invierno. Es decir que para contrarrestar los tiempos difíciles de la humanidad era menester contar con bibliotecas.

En la época moderna, la biblioteca pública tuvo su origen en la biblioteca privada de los príncipes y aristócratas, cuyas colecciones de libros fueron la base de las bibliotecas públicas en los siglos XVII y XVIII.

Si antes el acceso a la información estuvo limitado a las bibliotecas conventuales y bibliotecas privadas, con la creación de la biblioteca pública se buscó acabar con el acceso restringido al conocimiento. Se abrió la posibilidad de que el pueblo recurra a la biblioteca para saciarse de información.

Fue en el Congreso Nacional de 1875 que se puso en debate la creación de las bibliotecas públicas en el país. En aquella oportunidad, el diputado Jorge Rodríguez sostuvo que la biblioteca pública serviría para democratizar el conocimiento. Fue así como se produjo la creación de la Biblioteca Pública de Arequipa, por iniciativa del concejal Francisco Ibáñez Delgado. Pero fue el coronel y doctor Trinidad Pacheco Andía quien propuso llevar a cabo el acuerdo municipal, para lo cual se formó una comisión presidida por él mismo, que al final entregó el local donde funcionaría la biblioteca. Se inauguró el 28 de julio de 1878, en el mismo lugar que ocupaba el Colegio de la Independencia Americana, en la calle san Agustín. Al principio dependió del Concejo Departamental de Arequipa, y luego de los lamentables sucesos de octubre de 1883, en que se produjo el saqueo de la biblioteca en medio del desconcierto popular, producido como consecuencia del abandono de la ciudad, por parte de las tropas del contralmirante Montero. A raíz de ello se propuso que la biblioteca pasara al Municipio Provincial. A partir de entonces, se llamó Biblioteca Pública Municipal, pasando a formar parte del proceso cultural de Arequipa, que se remonta a la Academia Lauretana, creada en 1821. Desde entonces se instaló en la ciudad la república de las letras.

La república de las letras estuvo integrada por un colectivo de personas unidas entre sí por intereses comunes. En el caso de Arequipa, fue la literatura, la historia, las ciencias, las artes y el derecho, los ámbitos en los cuales hubo producción intelectual en el siglo XIX.

En este contexto se produjo la creación de la Biblioteca Pública Municipal. No es casual que uno de sus primeros directores haya sido el intelectual arequipeño Jorge Polar Vargas, autor del libro “Arequipa”, publicado en 1892, en la Imprenta Mercantil. Allí acuñó la célebre frase: “No en vano se nace al pie de un volcán”.

De su primer local en el Colegio de la Independencia se trasladó al Portal de la Municipalidad, y a su actual local en el Ateneo Municipal, desde 1940.
Cuántas miles de personas, en varias generaciones, se han servido de la biblioteca. Muchos de nosotros somos tributarios de este recinto cultural, al cual debemos mucho, no solo por la oportunidad de leer sino por estar rodeados de un ambiente agradable, propicio para el estudio.

El poeta arequipeño Oswaldo Chanove recordó los momentos inolvidables que pasó en la biblioteca municipal. Juan Guillermo Carpio Muñoz contó que su padre lo trajo por primera vez a la biblioteca municipal. Una experiencia que nunca olvidó, y que posiblemente marcó su futura vocación de sociólogo e historiador. También visitó este recinto el reconocido historiador Alberto Flores Galindo. Se cuenta de él que tenía largas conversaciones con el entonces director de la biblioteca, Manuel Calienes Rodríguez, un erudito que conocía a detalle los libros del fondo bibliográfico.

Un gran lector y amigo de la biblioteca, Abel Tapia Fernández, ex rector de la Universidad Católica de Santa María, la recuerda siempre como la “vieja y querida biblioteca”. Sin duda, ha marcado la existencia de muchos de nosotros.

Si me preguntan cuál es el aporte de la Biblioteca Municipal a la Historia del Perú y su bicentenario, a propósito del III Diálogo de Gestión Cultural, organizado con el Centro de Estudios Peruanos de la Universidad Católica San Pablo, diría que representa un pilar importante en la cultura del país, por ser un repositorio de memoria, por ser una biblioteca patrimonial, por haber contribuido a la formación de lectores, por haber formado a muchas generaciones de arequipeños, por ser fuente de consulta para realizar muchas investigaciones de profesionales nacionales y extranjeros, porque la biblioteca debe ser inmortal.

Compartir

Leer comentarios