Arequipa

La biblioteca inmortal

2 de junio de 2019

La biblioteca debe ser inmortal, no debe estar sujeta a las vicisitudes de la política. Hay que apostar por la biblioteca pública. Es la mejor demostración del interés por la educación y la cultura de un pueblo, que además está próximo a celebrar su bicentenario nacional.

Por Mario Rommel Arce Espinoza

Se cuenta que los emperadores romanos construyeron muchas bibliotecas públicas. En su mayor apogeo Roma contó con 29. Se afirma que varias de ellas se ubicaron en las termas romanas, adonde acudían los ciudadanos a bañarse con mucha frecuencia, de modo que tenían a su alcance muchos rollos de pergamino sobre historia, literatura y ciencias.

En las “Memorias de Adriano” (Editorial Planeta 2003), el emperador, en palabras de Marguerite Yourcenar, llegó a decir que “fundar bibliotecas equivalía a construir graneros públicos, amasar reservas para un invierno del espíritu que, a juzgar por ciertas señales y a pesar mío, veo venir”. La autora del libro reproduce el nivel de efervescencia cultural que vivió Roma en aquellos años.

El significado de lo dicho por el emperador Adriano nos lleva a reflexionar sobre la importancia de contar con bibliotecas públicas. El hecho de equiparar la fundación de bibliotecas con la construcción de graneros públicos no solo es una estupenda analogía, sino que también refuerza la idea de la biblioteca como el espacio ideal para el acceso al conocimiento, que ha permitido la democratización de la cultura. Sobre todo, por el hecho de que la biblioteca satisface la necesidad de conocimientos, a través de los libros, como un insumo que requiere la humanidad para abandonar la ignorancia, y así poder vislumbrar el horizonte de una vasta cultura, que no es solo libresca, sino que tiene sentido práctico, porque contribuye a la formación de las personas, y también a liberarlas del prejuicio. También a crecer como personas. Como dijo el filósofo alemán Emmanuel Kant (1724-1804), en el siglo XVIII, el hombre estaba sometido a permanente tutela, para ser libres requerimos del conocimiento, sino siempre seremos esclavos de nuestra propia ignorancia.

Decía Adriano, fundar bibliotecas es como “amasar reservas” contra el “invierno del espíritu”. Otra analogía que alude a los tiempos difíciles de la humanidad, donde solo será posible encontrar respuestas en la inmortal biblioteca, como lugar de memoria. Pero también se puede entender que fundar bibliotecas es invertir en el futuro de la humanidad, apostando por el conocimiento, como único medio para sobrevivir como civilización.

El escritor italiano Nuccio Ordine en su libro “Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal” (Acantilado, 2017) sostiene que “saquear una biblioteca o dejarla morir es un signo evidente del invierno de los tiempos que estamos viviendo”.

Esta afirmación guarda relación con la realidad bibliotecaria que vive nuestro país. Hay pocas bibliotecas públicas. Y lo más lamentable es que están sujetas a la voluntad de la autoridad política. Se abren y cierran bibliotecas, y no pasa nada. Nadie reclama abrir o reabrir la biblioteca pública. Existe enorme indiferencia por esta problemática. Se cree equivocadamente que los libros electrónicos han sobrepasado a la biblioteca pública. Siempre por esnobismo se habla de la biblioteca virtual cuando ni siquiera hay biblioteca física. Se habla de alfabetización digital cuando ni siquiera hay hábito de lectura. Se pondera la importancia de la lectura en los más pequeños; sin embargo, hay pocas bibliotecas con salas de lectura infantil. Se confía únicamente en la escuela, y se olvida que la biblioteca pública es un complemento de la escuela. Se cree en la escuela, pero tampoco hay bibliotecas escolares. Y así se exige a los estudiantes que lean. Ni siquiera los profesores o muchos de ellos son capaces de producir un cambio en sus alumnos. Lamentablemente, están burocratizados, no todos, por supuesto. Su única preocupación es cumplir con los contenidos del curso, para, por medio de los indicadores, medir el rendimiento de los estudiantes.

La labor del maestro de escuela es portentosa, de enorme importancia para una sociedad, si tiene como finalidad producir en los estudiantes cambios de actitud hacia la vida. Aquí hay una historia que vale la pena contar. Está referida por el profesor Ordine en su libro ya citado. Se trató del escritor francés Albert Camus (1913-1960). Luego que ganó el Premio Nobel de Literatura, lo primero que hizo en abril de 1959 fue escribir una carta a su madre y otra a su profesor de escuela, Louis Germain. Allí reconoció a su maestro como el impulsor de su futura vocación literaria. Lo dijo en los siguientes términos: “Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto”. Y agregó: “(…) su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido. Lo abrazo con todas mis fuerzas”. He aquí la gratitud de un alumno hacia su maestro de escuela.

Como dije entonces, la biblioteca es un complemento de la escuela. Dejar morir una biblioteca pública es condenar a la comunidad a la ignorancia, negarles un derecho fundamental a los ciudadanos, impedirles que mejoren su calidad de vida, no ser inclusivo, establecer una diferencia entre los que pueden o no acceder a la información. Todo lo contrario ocurre si se abre una biblioteca pública. Con ello se apuesta por el conocimiento y hace realidad el derecho a la cultura.

Se aprecia un enorme desconocimiento de las autoridades políticas sobre la importancia de la biblioteca pública. Casi siempre repiten lugares comunes. Están sumergidos en lo cotidiano, en los problemas domésticos, no se elevan por encima del utilitarismo para vislumbrar un horizonte mayor. No asumen un liderazgo de lo verdaderamente trascendente. Cuando se habla de desarrollo sostenible, en mi opinión, se debe invertir en educación y cultura. Todo lo demás es subsidiario. Si el hombre es el hacedor de la civilización, debemos formar personas capaces para tener una mejor sociedad. Si somos los artífices de la sociedad, y no estamos preparados para cumplir ese reto, con las herramientas que ofrece el conocimiento, será poco provechoso lo que podamos hacer.

El profesor Ordine sostiene que la escuela y la universidad son determinantes para la formación de buenos ciudadanos, pero no en un sentido utilitarista. Con esa idea, algunas personas llegan a la conclusión de que si hay pocos usuarios en una biblioteca, es mejor cerrarla. Otros llegan a decir que no vale la pena tener bibliotecas porque el Internet del celular ha superado a los espacios tradicionales de lectura. ¿Para qué ir a las bibliotecas si se pueden descargar los libros por la Internet? Es una pregunta que merece reflexionar a la luz de los tiempos que vivimos.

Sostengo la importancia del conocimiento cualquiera sea la fuente de información. Se puede tratar de un libro impreso o de un libro electrónico. Pero independientemente de eso, las bibliotecas de hoy son de naturaleza híbrida, porque combinan la tradición con la modernidad. La primera representada por el libro de soporte impreso y la segunda por el libro de soporte digital. Además, las bibliotecas de hoy son espacios vivos que funcionan como centros culturales, donde se muestran las expresiones culturales de cada comunidad.

Leer un libro por la pantalla del ordenador es una experiencia interesante, ventajosa, desde que, a semejanza del libro portátil, es posible trasladarlo de un lugar a otro. Pero allí no acaba la experiencia de la lectura. No es solo el sentido utilitarista lo que debe prevalecer en nuestro accionar. Se requiere un sentido humanista en nuestra formación. Ir a la biblioteca pública, desplazarse hacia allá requiere un compromiso real con el estudio y el conocimiento. Esto no se improvisa, como un discurso altisonante, cargado de adjetivos. Se exige compromiso, disciplina y responsabilidad. Es consecuencia de un largo proceso de aprendizaje. Como dice el profesor Ordine, “el saber (…) no es un don, sino una laboriosa conquista”. Y agregó: “Con dinero puede comprarse todo, pero no el conocimiento”. Se requiere reflexionar, para asimilar lo aprendido, si se aspira a ser algo más que técnicos en una profesión u oficio, para lograrlo es importante el factor tiempo. Cabe aquí hacer, como el profesor Ordine, un elogio de la lentitud, en tiempos de acelerado movimiento. Se cree que adquirir el conocimiento es un asunto de lectura rápida. Se cree ingenuamente que se deben leer muchos libros en un solo mes. No se trata de ser veloces, a riesgo de ser superficiales en los análisis y conclusiones. El filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900), citado por Ordine, decía en su obra “Aurora”, publicada en 1881, y reimpresa en 1886, que el prólogo “llega tarde, aunque no demasiado; ¿qué son, a fin de cuentas, cinco o seis años? Un libro como éste, un problema como éste, no tiene ninguna prisa; además, tanto yo como mi libro somos amigos del lento”.

La biblioteca debe ser inmortal, no debe sucumbir al tiempo ni tampoco a las vicisitudes de la política. Por lo tanto, es necesario implementar políticas públicas que garanticen la continuidad de las bibliotecas como espacios democráticos, de acceso al conocimiento.

Una señal inequívoca de poco interés por la educación y la cultura es tener un bajo desarrollo bibliotecario. Llegar en esas condiciones al bicentenario nacional será una prueba de lo poco democráticos que todavía somos.

 

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