Arequipa

La distinción hace clase

9 de febrero de 2020

La diferencia está en todos lados, en lo decente y lo indecente, en lo permitido y lo prohibido, en el buen gusto y el mal gusto, en los hábitos de consumo.

Por: Mario Rommel Arce Espinoza

La igualdad fue una aspiración de los revolucionarios franceses, expresado en el lema: “Libertad, Igualdad y Fraternidad”. Por oposición, en el Antiguo Régimen predominó la igualdad geométrica, de que habló el sociólogo polaco Ferdinand Zweig (1896 – 1988) para referirse a la relación entre privilegios y la pertenencia a un grupo social determinado; a diferencia de la igualdad aritmética, establecida para premiar el mérito y no el rango social.
En el sistema monárquico la riqueza, el poder y el rango condicionaron el acceso a los cargos públicos. Un estudio del historiador inglés Peter Burke señala que las élites gobernantes en Venecia y Amsterdam, para el siglo XVII, reunían indistintamente los tres criterios de riqueza, poder y rango. Como era un privilegio asumir ciertos cargos, la persona favorecida con una embajada, por ejemplo, era quien costeaba sus gastos, por lo que se requería de recursos económicos.
En la antigüedad clásica los patricios fueron los descendientes de los fundadores de la ciudad de Roma. Esta condición marcó la diferencia entre los originarios y los advenedizos, aquellos que no tenían antecedentes familiares en una localidad. Los patricios integraron el Senado y los plebeyos inicialmente fueron excluidos de los cargos públicos. Llegaron a tener riqueza, pero no tenían poder político; de ahí que amenazaron con formar una nueva comunidad si no accedían a reconocerles algunas prerrogativas. La promulgación de las XII Tablas fue una garantía contra el derecho no escrito, que dejaba a la discrecionalidad del magistrado la aplicación del derecho. Esta división entre patricios y plebeyos evidenció la existencia de clases.
Fue a fines del siglo XVII que apareció el término clase con la concepción de pertenencia a un grupo social. Hasta entonces la palabra clase se empleó para grupos religiosos y luego para referirse a clases de alumnos. En el siglo XVIII, con la revolución industrial, las clases se acentúan con la división del trabajo. En el siglo XIX, las ideas comunistas y socialistas acuñaron la expresión consciencia de clase para referirse a la pertenencia a un grupo social determinado. Esta concepción guardó relación con la aparición del concepto de capital.
El marxismo planteó la tesis de la lucha de clases, donde el proletariado estaba llamado a conquistar el poder. Esta propuesta, sin embargo, fue objeto de serios cuestionamientos para negar la existencia de los explotados y los explotadores, con la intención de relativizar la concepción dual de la sociedad. Pero tampoco se puede ocultar que existan diferencias entre las personas, por el hecho de pertenecer a grupos sociales diversos.
La “distinción” es un concepto del reconocido sociólogo francés Pierre Bourdieu (1930 – 2002). El científico social en su libro “Capital cultural, escuela y espacio social” (Siglo Veintiuno Editores, 2012) remarcó que el significado de la palabra distinción respondía a una realidad verificable en distintos espacios sociales. El estilo de vida es una de las señales de distinción entre las personas. Así, por ejemplo, pertenecer a un club social, los hábitos de consumo, la atención de los servicios de salud, los centros de enseñanza públicos y privados, la defensa legal privada y la indefensión, aunque haya defensa legal cautiva, son algunas de las diferencias sociales que guardan relación con la capacidad económica de las personas.
El propósito de construir una identidad única, intentado negar las diferencias sociales, alegando la existencia de una extendida mesocracia, por ejemplo, en el caso de Arequipa, creo que es una conclusión muy simple, pues no toma en cuenta otras variables, como la diferencia que proporciona el poder adquisitivo de las personas, sobre todo hoy en plena sociedad de consumo.
Quienes aseguran que no existen las clases sociales, que fue un invento de la izquierda marxista que alentaba un discurso disociador en su doctrina, postulando la lucha de clases, contrariamente, el concepto de “distinción” de Pierre Bourdieu proclamó la diferencia en las sociedades democráticas. “Todo mi trabajo (dijo) muestra que en un país en el que se dice también que se ha homogeneizado, que se ha democratizado, la diferencia está por todos lados”.
En el campo del derecho existe la diferencia entre los profesionales y los profanos. La profesionalización refuerza la idea de competencia. Solo los abogados tienen competencia para interpretar el derecho. Esa competencia, a su vez, se especializa más cuando el letrado perfecciona su conocimiento a través de los cursos intensivos de capacitación, lo que lo aleja de los profanos. A lo profesional se opone lo empírico cuando se navega sin método por áreas del conocimiento consideradas disciplinas científicas.
Al respecto, el historiador francés Roger Chartier en su libro “La historia o la lectura del tiempo” (Editorial Gedisa, 2007) comenta la existencia de la “institución histórica”, a la cual no pertenecen los profanos o empíricos en el estudio de la Historia. Es otra forma sofisticada de separar, dividir, establecer jerarquías en el manejo de la información.
El docto es otra persona entendida o versada en determinados conocimientos, que, a su vez, lo convierten en una autoridad sobre un tema o conjunto de temas. El docto está lejos de la persona común, adocenada, que tiene una formación básica. Esto ya es una diferencia que se define por el “habitus”, es decir, por las condiciones en que esa persona se educó.
De acuerdo a Bourdieu, el “habitus” es el entorno en que el agente social se desarrolla para alcanzar un nivel de competencia profesional. Para el reconocido sociólogo francés, el nivel formativo marca la diferencia de oportunidades entre las personas que tienen la posibilidad de acceder a una educación de calidad y aquellas otras que no cuentan con una buena preparación. Está en juego, igualmente, el capital cultural de las personas. Según Bourdieu, es el conjunto de experiencias acumuladas a lo largo de los años, incluso por generaciones, que permiten a una persona tener ventaja sobre otra en cuanto a formación, relaciones sociales, estilos de vida, etc.
El capital cultural en una comunidad está representado por sus tradiciones, su historia, reproducida oralmente por generaciones o en contenidos elaborados para el libro de texto. Este conocimiento es impartido en la escuela. Aquí se reproduce ese conocimiento por parte de los alumnos. El contenido es producido por los autores en base a fuentes y en tratándose del libro de texto, de acuerdo a los lineamientos del Ministerio de Educación. De modo que aquellos contenidos considerados inadecuados, peligrosos a la formación de los escolares son dejados de lado. Es el caso de la llamada “ideología de género”, que no es ideología ni enfoque sino de derechos humanos fundamentales. Aquí el Estado asume un rol de control, otros llamarían de salvaguarda del interés superior del niño y del adolescente, sobre los contenidos aprendidos por los estudiantes en las aulas. Esto contribuye a la reproducción de conocimientos adquiridos en la escuela, como réplica de lo convencionalmente aceptado por la sociedad, además de validadas por el Estado, por medio de sus órganos competentes en materia educativa.
Esta normalización del conocimiento no contribuye a motivar el sentido crítico del estudiante. Por el contrario, se le anula, y más bien se le convierte en un reproductor de contenidos sin capacidad de análisis: ¿por qué? y ¿para qué?
El Homo academicus es un nuevo protagonista social. Se fundamenta en la trayectoria académica y profesional de la persona. Esta jerarquía, como dice Chartier, está regulada por la obtención de títulos académicos. A esto Bourdieu llamó la nobleza de Estado. A diferencia del antiguo régimen en que para acceder a los cargos públicos se requería reunir los criterios de rango, riqueza y poder, en el nuevo orden republicano la nobleza del Estado está representada por el mérito: los grados académicos, los títulos universitarios son una forma de clasificación de las personas en profesionales y no profesionales. Esta nueva nobleza tiene la arrogancia del conocimiento. Se ha dicho, además, que el conocimiento es poder. Esta elite intelectual se agrupa en sociedades académicas, una suerte de cenáculos adonde solo acceden los doctos: personas calificadas en su campo de conocimiento.
En opinión del filósofo, sociólogo y politólogo francés Raymond Aron (1905 – 1983), en pocos siglos los intelectuales han evolucionado hacia una actitud laicista, de permanente oposición. A diferencia de otras categorías sociales, los intelectuales casi siempre han reaccionado en contra de cualquier tipo de imposición. Frente a las viejas generaciones han mantenido una actitud contestataria. Recordemos la participación de Michel Foucault (1926 – 1984), Jean Paul Sartre (1905 – 1980), Gilles Deleuze (1925 – 1995), entre otros, en el mayo francés de 1968.
Las ideas de cambio presagian un nuevo porvenir. Hay que decir, coincidiendo con Aron, en su libro “El opio de los intelectuales” (Ediciones Siglo Veinte, 1967), que no todos los que rechazaron la tradición y la legalidad para renovar sus países, son tiranos. Varias experiencias históricas así lo demuestran. Solo hace falta tener ideales de renovación y de cambio.
El cambio como progreso requiere implementar una plataforma legislativa que garantice la innovación de nuestras instituciones jurídicas y, a su vez, un replanteamiento del modelo político y económico que acabe con la idea del “destino inexorable”. Y, al contrario, promueva un porvenir acorde con los tiempos que vivimos.

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