Arequipa

La estupidez peruana

28 de julio de 2019


Para ciertas gentes la vida de un peruano de a pie no vale nada

Por Orlando Mazeyra Guillén

Emisiones», piensa con los ojos cerrados. Desde hace varios días, a través del twitter, le llega mucha información sobre el volcán Ubinas. Y ahora también le informan sobre el Misti. Los amantes de las catástrofes dicen que es posible una especie de cadena de erupciones que podría tener consecuencias cataclísmicas.

No puede sacarse de la cabeza las terribles escenas de «El monte Fuji en rojo», aquel cortometraje de los sueños —en este caso, pesadilla— de Akira Kurosawa que hablaba de la inconmensurable estupidez humana.
Emisiones desconcertantes, ríos de lava. Todo se reduce a una mañana en el distrito limeño de Barranco: «Lo admiras mucho, ¿no?», preguntó Sebastián.

—Sí, es el mejor novelista del Perú. No como el pelotudo de Bryce que plagia hasta cuando duerme la huasca…

—Y, dime, ¿qué opinas del “Diario de Irak”?

—No pasa nada. Pero yo te estoy hablando del novelista…

—Ah, ya. Tú separas las cosas… yo no puedo, manito.
Él se volvió a acomodar el cuello de la camisa y le señaló la puerta del edificio: «vamos, Sebastián». El portero los miró con desconfianza: «¿Qué desean?».

—Vamos a visitar su biblioteca. Tenemos una cita.

—Un momento —y apretó un intercomunicador—. ¿Sus nombres?

Se los dieron de inmediato: él era el reportero y Sebastián el fotógrafo.

—Ya pueden pasar —les informó señalando el ascensor.

Mientras escribe recuerda que hay represión policial en el valle de Tambo —les cortaron la luz, informan en la radio—, los ciudadanos protestan noche y día en contra del proyecto minero Tía María. Aquella vez, la de la exaltada mañana barranquina, el problema era en Cajamarca: la noticia del momento era la violencia contra los manifestantes que rechazaban las minas en Conga. Allí los ciudadanos se resistían a entregar su agua a cambio de la falaz prosperidad minera. El señor Humala, durante la campaña electoral, les había dicho a aquellos incautos: «Chugur, Bambamarca y Hualgayoc son una cicatriz en el rostro de Cajamarca, la cicatriz de los pasivos medioambientales. He visto un conjunto de lagunas y me dicen que ustedes las quieren vender. ¿Ustedes quieren vender su agua?».

—¡No! —explotaban los pobladores a grito pelado.

—Porque, ¿qué es más importante? ¿El agua o el oro?

—El agua —respondían al unísono. Al asumir el poder, el camaleón había tenido buenas migas con las transnacionales mineras. «¡Vendepatria!», lo llamaban y así llaman ahora en el Valle de Tambo al presidente Vizcarra: la misma chola con diferente pollera. Un poblador de Conga le había preguntado a un iracundo policía: «¿Por qué nos golpean? ¿Acaso somos sus enemigos? ¿Por qué se abusan de nosotros?».

—¡Porque son perros! —había respondido el hombre con su vara en la mano.

Fueron recibidos por la secretaria del novelista, una señora muy educada:

—¿Cuál es tu plan?

—Sólo queremos investigar, conocer la biblioteca, sus libros favoritos, y de paso tomar algunas fotografías.

El archivo personal de Barranco era inmenso. Tomó al azar uno de los portafolios y examinó la primera página. Databa de noviembre de 1964. Un artículo del escritor cubano Ambrosio Fornet, publicado en la revista la Casa de las Américas de La Habana, que hacía especial énfasis en un instante de la novela, una pregunta cruda, definitiva: «¿Usted es un perro o un ser humano?». Tanto en la novela como en la vida, eso no importaba. El dilema no existía: muerto el perro se acababa la rabia y a otra cosa, mariposa. Todos eran traicionados por un farsante que oficiaba de presidente en un país que se caía a pedazos. Pero esa biblioteca, atestada de anaqueles con libros forrados en cuero, parecía otro país, el descansillo de los ensueños. El sobrio escritorio del novelista tenía una vista espléndida de los acantilados que asedian las costas de Lima.

Mientras pasaba revista a la lista de autores, perdió de vista a Sebastián, el fotógrafo, y éste se colgó de la ventana con su enorme cámara fotográfica a cuestas e intentó hacer una toma panorámica para contrastar el paraíso libresco con el océano Pacífico. Fue muy temerario, pues estaban nada menos que en el sexto piso del edificio:

—¡Por Dios Santo! —exclamó espantada la secretaria—. ¿Qué haces ahí? ¡Te puedes matar!

Corrieron a sujetarlo. La señora lo amonestó de una manera incontestable:

—Tu vida vale más que toda esta biblioteca, hijo —reflexionó y, luego de insistir con la comprensible reprimenda, gentilmente los invitó a retirarse para no pasar más sobresaltos. Sebastián lanzaba, imperturbable, otra ráfaga de flashes.

Él se quedó pensando en aquella frase cuando regresaban a la redacción en la unidad móvil:

—Sebastián…

—¿Qué hay, manito?

—¿Crees que tu vida valga más que toda esa biblioteca? —indagó.
El fotógrafo no abrió la boca.

—¿No me vas a responder? —insistió y aguardó en silencio.

Cuando llegaron a la redacción, Sebastián por fin habló: «¿Quieres uno?». Él aceptó y fumaron antes de subir las gradas. Al mediodía llegó el director:

—¿Qué novedades, characato? ¿Cómo te fue en la casa de tu paisano?

—Creo que bien.

—Vamos a comer, ¡yo te invito!

Lo acompañó y disfrutaron de un rico chifa en Jesús María. Le contó mil y un anécdotas de lo que pasó en la biblioteca, había libros autografiados por Octavio Paz, García Márquez y Julio Cortázar. Aprovechó para decirle que Sebastián casi se mata por conseguir una foto digna del bronce: «La secretaria nos dijo que la vida del fotógrafo valía más que toda la biblioteca». Al director tal aseveración le supo a algo peor que una patada en los huevos. Se quitó la cuchara de la boca, lo miró con desdén y aires de suficiencia:

—¿Sabes una cosa, Mazeyra?

—Dígame, señor Cano.

—La vida de Sebastián no vale nada. La tuya tampoco. En este país no valemos ni mierda.

¿Había oído bien? ¿Eso podía decir el director de una revista? Sí. Estupidez. No la estupidez humana del cortometraje de Kurosawa. En este caso se trataba de la estupidez peruana. Peruanísima. La pregunta ya cumplió cincuenta años: ¿En qué momento se jodió el Perú, Zavalita? Y responde el mismo autor: «¿Todavía lo preguntas imbécil? El Perú es el país que se jode cada día».

—Manito, si Cano no te paga a fin de mes te llevas una laptop de la redacción y la vendes, yo conozco a un gil en Wilson que paga bien —le había dicho Sebastián desde el primer día. Sin embargo Cano sí le pagó. Cumplió. Lo que no le permitió fue publicar las crónicas donde él mostraba lo horrible —atroz— que le parecía vivir en Lima. Esos textos aparecerían en otro semanario donde uno podía escribir lo que le salía de los forros: el de Hildebrandt. Y esa es otra historia. Más larga e intensa.

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