Arequipa

“La Lechera”, una tradición que va desapareciendo

8 de octubre de 2019

El legendario príncipe Louis D’Orleans y Bragance vino a Arequipa en 1910, e hizo una célebre descripción de la mujer arequipeña, diciendo: “Es menester, sobre todo, ver a las arequipeñas a la hora de los crepúsculos anaranjados, y de la música militar, cuando van a exhibir, bajo los arcos de la plaza, sus vestidos de seda multicolores y sus mantillas de encaje.

En su mayoría, lindas, quienes dejan ver, por debajo de sus faldas, coquetamente levantadas, sus finos tobillos y sus encantadores piececitos. Su andar es ondulante, su color dorado, la curiosidad traviesa de sus ojos, revelan su origen, así se diría andaluzas bronceadas al sol de los trópicos”.

Precisamente pues estos encantos femeninos estaban presentes en la mujer arequipeña del campo, que deslumbraba trabajando a veces como “peona” en la chacra o, como “cocinera” en la picantería. Sin embargo, había una tercera faceta en la que se le podía ver, y con más garbo, derrochando, por supuesto, lindura y coquetería: Estamos hablando de “La Lechera”.

Así lo explica Arturo García, un alfeñique apasionado por Arequipa e hijo del poeta loncco, Félix García Salas. Sostiene que la lechera, no era la que pasteaba las vacas y las ordeñaban por las mañanas, muy temprano con el canto del gallo. ¡No! La lechera era generalmente la “ccarosa”, la “buena moza” con mejores atributos físicos para vender la leche. Tenía que ser picarona y coqueta, para poder ofrecer su delicioso y nutritivo producto.

Generalmente, esta mujer arequipeña iba temprano a comprar la leche donde el “loncco” que criaba vacas, y en sugestivos porongos o cantarillas que amarraba en los cerones de su jumento taponeados a veces con alfalfa, cuando no había tapa, iba montada, muchas veces cantando o silbando su yaraví, rumbo a la ciudad a vender la leche. Tenía que estar bien vestida, con su mandilito, sus dos hermosas trenzas y el mejor de los sombreros, para ofrecer la leche en la ciudad y poder venderla toda, porque ese era su negocio: “Atraer la mirada de los ccalas y competir con otras lecheras para poder dejar la maternal bebida al mejor postor”.

“Y por ello, no era raro ver a las lecheras montadas sobre las ancas de los burros mostrando al ojo picarón las piernas desnudas hasta las corvas. Ni bien amanecía, ya se les podía oír por doquier pregonando los más cotidianos y ambiguos voceos: ¡La leeeeeeche…!, ¡Señoriiiiiiita!, ¡burra!… ¡agarremeusté la lecheeee! Es por ello que los lonccos y ccalas andaban enamorados de la lechera. Ellas arrancaban suspiros en los varones, pero en las damas un gesto de disgusto. Y es que a su paso siempre derrochaban belleza y coquetería”, señala.

EN DISTRITOS
En Arequipa, había varios lugares de donde provenían estas lecheras buenas mozas montadas en burro vendiendo leche. Unas venían de Huaranguillo y Pampa de Camarones; otras de Cayma; algunas de Characato y Paucarpata, y otras de Socabaya, como la Susana, la Fabiana, la Gumercinda que venían de Socabaya, de Paucarpata y de “La Apacheta”.

“Y, cómo no, recordar e incluir a mi bisabuela Manuela Valdivia Alpaca, que según cuenta mi madre, salía, muy temprano, montada en su burra blanca y con sus porongos, a vender la leche. Dicen que llegaba hasta la Anquilla donde se encontraba con otras que venían de Huaranguillo, como mis tías Victoria y Francisca García”, afirma García.

Recalca que esta es, verdaderamente una de las mejores estampas de la Arequipa tradicional, aquélla que ya no queremos recordar, y que lamentablemente se va perdiendo con el paso de los años.

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