Arequipa

La lectura de la palabra

15 de diciembre de 2019

La lectura de la palabra en clave de político ha ido cambiando progresivamente, asumiendo nuevos significados para responder a las necesidades de cada tiempo.

Por Mario Rommel Arce Espinoza

El arqueólogo e historiador francés Paul Veyne sostiene que el estudio de la historia es una construcción de conceptos. Con ello quiso decir que los conceptos evolucionan en el tiempo. No tuvieron el mismo significado, cambiaron en atención a las circunstancias en que fueron aplicados.

Este planteamiento tiene que ver con las nociones de conceptualización y realidad. Según el historiador alemán Reinhart Koselleck (1923 – 2006), concepto y realidad caminan a velocidades distintas. A veces la conceptualización de la realidad va por delante de esta, o también ocurre que la realidad va por delante de la conceptualización. Así, por ejemplo, dice Koselleck que la palabra progreso tuvo un significado en el siglo XVIII, equivalía a progreso material, y estaba relacionada a la palabra civilización. Una sociedad civilizada era aquella que apostaba por el progreso material. En el caso peruano, la idea de progreso, en el siglo XIX, estuvo asociada a la construcción de ferrocarriles. Pero también el progreso era sinónimo de modernización del Estado.

El “Club Progresista” fue el primer movimiento político que participó en el proceso electoral de 1850 – 1851. Su programa político no creía que la modernización del Estado pasaba por adoptar ideas liberales. A diferencia de los conservadores, para los liberales el progreso iba acompañado de la secularización del Estado. Sin embargo, la Iglesia Católica se apropió del concepto al sostener el obispo Juan Ambrosio Huerta que el verdadero progreso solo podía ser engendro del catolicismo.

En el siglo XX, la idea de progreso trae aparejada la de decadencia. La noción positivista de progreso adquiere un sentido negativo, representa una situación de crisis moral.

Si el estudio de la historia es una construcción de conceptos, hay que reconocer el significado de esos conceptos, dependiendo de la época. Por ejemplo, el llamado gobierno representativo ha cobrado mayor significado en la medida que el sistema republicano se ha ido reconfigurando en el tiempo.

El historiador francés Pierre Rosanvallon menciona que en los diccionarios republicanos del siglo XIX, en el artículo “gobierno representativo”, se lee que éste aún no existe verdaderamente. Aplicado al Perú del siglo XIX, predominaba el voto censitario. Solo podían elegir y ser elegidas las personas que sabían leer y escribir, o pagaban un impuesto al Estado. Se puede decir que todavía era una democracia restrictiva, no era participativa en el sentido más amplio del término.

Por otro lado, existían corrientes de opinión favorables al voto capacitario, es decir, lo que postulaba el clérigo Bartolomé Herrera sobre la soberanía de la inteligencia. A su turno, el filósofo y economista inglés John Stuart Mill (1806 – 1873) en su obra “Consideraciones sobre el gobierno representativo”, publicado en 1861, sostuvo el voto plural en la línea del elitismo democrático. Es decir, el voto debía ser jerarquizado en función de las obvias desigualdades de inteligencia, sentido moral y conocimientos de las personas.

En esa línea de pensamiento, la Ley Electoral de 1897 prohibió el voto de los analfabetos hasta la Constitución de 1979 que consagró el voto universal.
En el “Diccionario para el pueblo” de Juan Espinosa, publicado en Lima, en 1855, se lee que “en la verdadera democracia no cabe distinciones de rango, tratamiento ni superioridad personal”. En el antiguo régimen predominó la igualdad geométrica, que distribuye bienes y recompensas de acuerdo con el rango. Con el advenimiento del sistema republicano de gobierno, la aplicación de la igualdad aritmética sería de justicia. Sin embargo, con la sociedad republicana se produce otra diferencia entre ciudadanos y no ciudadanos, por la vigencia del voto censitario.

El concepto de democracia que se manejaba en el siglo XIX era básicamente de representación. El historiador francés Pierre Rosanvallon sostiene que fue una democracia delegada, una democracia de autorización, por la cual, periódicamente se elegían autoridades políticas para gobernar.

Este tipo de democracia tuvo sus limitaciones, por cuanto la participación ciudadana en la vida política nacional se reducía a los procesos electorales. Sin embargo, yo he postulado la idea de que las guerras civiles en el siglo XIX fueron una expresión de descontento popular y de movilización social contra el mal gobierno, de ahí las banderas de lucha que enarbolaron las revoluciones del siglo XIX, las cuales representaron una propuesta política distinta. El nacionalismo como arma política, para desacreditar a los militares extranjeros que pretendían gobernar el Perú; la restauración del nacionalismo en 1839, para recuperar la integridad territorial, como consecuencia de la Confederación Perú – boliviana; la revolución constitucionalista de 1843, para restablecer el orden legal, después de diez años de “guerra maldita”, como dijo el gran mariscal Domingo Nieto; la revolución moralizadora de 1854, para acabar con la corrupción de la consolidación de la deuda interna; la revolución regeneradora de 1856, para combatir las propuestas secularizadoras de la Convención Nacional de ese año, y también regeneradora del país que no había castigado con severidad a los políticos acusados de corrupción de la época del presidente Echenique; la revolución regeneradora de 1865, para reivindicar el honor nacional, tras la firma del tratado Vivanco – Pareja, lesivo a los intereses del país.

De la democracia representativa se propone pasar a la democracia narrativa. ¿En qué consiste? Según Pierre Rosanvallon, significa la atención a todos, en una dimensión activa y multiforme. El pueblo ya no es percibido como un todo homogéneo. El pueblo, hoy, está integrado por historias singulares, cada una de las cuales merece un reconocimiento y tratamiento especiales. Asimismo, Rosanvallon propone alcanzar una democracia de confianza.

Me gustaría reflexionar al respecto, diciendo que en los días que vivimos, hay una pérdida de confianza ciudadana con relación a la clase dirigente nacional, porque la mayoría de ella está involucrada en actos de corrupción. Pero también hay un deterioro del propio sistema, que hace necesario actualizar el pacto social.

Coincido con Pierre Rosanvallon cuando afirma que cada generación tiene derecho a replantear el pacto social. No existe el “destino inexorable”. Creer que el fin de la historia ha supuesto el triunfo del modelo neoliberal, es fruto de una construcción ideológica para justificar la vigencia del libre mercado, el cual está generando mayores desigualdades en la sociedad, de ahí la decepción por el sistema democrático. Hay un divorcio entre la realidad diaria y la promesa de la vida peruana.

Es injusto condenar a la sociedad a gobernarse con una Constitución que correspondió a otra época, y fue promulgada bajo otras circunstancias. Es recurrente mencionar que el Perú ha tenido doce constituciones, y que tal situación sería consecuencia de la inestabilidad política del país. Pienso lo contrario, en primer lugar, porque pertenecemos a otra tradición jurídica, diferente a la norteamericana. En segundo lugar, porque en nuestra tradición constitucional el debate de una nueva constitución ha sido la oportunidad de adoptar cambios que al mismo tiempo han renovado el pacto social.

De acuerdo al análisis político de Pierre Rosanvallon, actual profesor del Colegio de Francia, el modelo llamado neoliberal ha provocado una mayor desigualdad económica. Esta situación ha generado un desengaño popular en la vigencia del sistema político. En mi opinión, es imperativo dar una nueva Constitución que actualice sus contenidos en base a las reformas políticas propuestas por la Comisión Tuesta. Para el 2021 se debería convocar a una Asamblea Constituyente para repensar sobre el modelo político y económico, a tono con las necesidades de hoy.

El concepto de democracia ha evolucionado en el tiempo. Hoy, la falta de democracia significa no ser escuchados. Así como también la falta de confianza en las autoridades políticas. Para recuperar la confianza hace falta atender las necesidades de todos. Y así pasar a una democracia de apropiación, en la que todos los ciudadanos se sientan representados por el gobierno.

¿Qué otros conceptos han evolucionado? El término partido ha cambiado en su concepción. El filósofo inglés Francis Bacon (1561 – 1626) en sus “Ensayos de moral y de política” (edición traducida al castellano por Arcadio Roda Rivas, Madrid, 1870), afirmaba lo siguiente: “Los movimientos de los partidos en una monarquía deben regularse por los del soberano, que ha de ser el principal móvil de todo el sistema político”. Así como cada planeta gira alrededor de su propio eje, los partidos políticos deben hacer lo propio alrededor del sol, representado por el rey. Este debe ser el que arrastre el movimiento general de los partidos. Sería lo óptimo, para no generar conflictos políticos. Esta analogía del sistema solar con el sistema político fue una propuesta interpretativa de Bacon sobre el orden político.
El partido encarnó una propuesta en el orden político, económico y social, tanto en el Antiguo Régimen como en el nuevo modelo republicano. Fue recién en 1871 cuando se funda el Partido Civil, el primero en el Perú. Su origen fue una reacción a la hegemonía militar en el poder.

El concepto, como categoría instrumental, permite interpretar periodos de la historia en función del significado de las palabras, para un contexto determinado.

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