Arequipa

LA TESIS DE ABIMAEL GUZMÁN

2 de febrero de 2020

Un cronista llega a la ciudad para indagar sobre el líder de Sendero Luminoso.

Por Orlando Mazeyra Guillén

La Biblioteca de Sociales era un vetusto edificio que, en realidad, parecía minúsculo y hasta se insinuaba ridículo al lado de esa inmensa mole de cemento sin pintar que era el estadio de la Universidad Nacional de San Agustín. Nada aquí era como en la grisácea Lima que yo había abandonado la noche anterior.
Estadio Monumental Arequipa, porque, si es que no lo sabe, ése es su verdadero nombre, así lo bautizaron en los años noventa —me había aclarado un despabilado mercachifle que estaba apostado en las afueras de la universidad.
— ¿Cómo llego a la Biblioteca de Sociales? — Indagué antes de echar la primera bocanada de humo del día.
— Está al ladito del estadio — Me dijo señalando con el índice derecho. Le entregué la moneda por un par de chicles y, vacilante, me despedí de él con un gesto cortés. En la entrada de la biblioteca, me detuve, y un amago de indecisión me recorrió la espalda. Tuve que hacer acopio de valor para volver a andar.
— ¿Qué papeleos debo hacer para sacar la tesis de Guzmán? — Encaré al bibliotecario luego de veinte minutos de tensión amasada con escarceos.
— ¿De qué me está hablando? — Preguntó tomándose la barba. Era un tipo alto, sin edad, de cejas pobladas y facciones delicadas.
— He llegado de Lima para leer la tesis de Guzmán.
— ¿Qué Guzmán? — Solicitó algo amoscado y sin mirarme a los ojos.
— La tesis sobre Kant — Le informé deprisa. — La tesis de Abimael Guzmán Reynoso.
Afiló la mirada y quiso decirme algo — acaso una llamada de atención o un insulto, cualquier cosa — pero se contuvo a tiempo. Luego removió unos papeles de un portafolio viejo y volvió a mirarme con acuciante minuciosidad. Cualquiera diría que yo había cometido un sacrilegio: ¿Qué había de malo en pedir la tesis del máximo líder del movimiento terrorista Sendero Luminoso que, según la Comisión de la Verdad y Reconciliación, había sido el culpable de millares de muertes de peruanos inocentes, producto del enfrentamiento entre el Estado Peruano y los terroristas?
— ¿Viene usted de parte de Teobaldo?
— Sí — Asentí maquinalmente y estirándole la mano, pero no sabía quién rayos era el tal Teobaldo. Me dio un apretón casi improvisado.
— ¿Qué has leído de Marx? — Preguntó con una mezcla de recelo y crispación.
— Todo, todo… — Respondí, después de vacilar un segundo, pues me sorprendió mucho su interrogante.
— ¿Sabes que hoy nos reunimos, verdad?
— Desde luego — Anoté sin que se me moviera un pelo y, como si fuera poco, tuve tiempo para matizar mi respuesta, esperando no quedarme sin piso —. Pero no sé cómo llegar, no conozco la ciudad.
— ¡Descuida! — Exclamó con simpatía. — Acá yo te explico para que no te pierdas.
Agarró un papel y, con la ayuda de un lápiz, lo llenó de calles y direcciones: poco a poco un desastroso mapa se iba elaborando ante mis ojos. Con una X remarcada me señaló el punto de encuentro:
— Aquí mismo: Calle Nueva, la puerta sin pintar, hay un Tico plomo estacionado todo el día — me dijo, escribiendo la dirección.— A las diez en punto de la noche.
— ¿Quiénes estarán presentes? — Pregunté sin ser consciente de mi temeridad.
—No faltará nadie — afirmó con orgullo. — El mismo Perochena estará a la cabeza.
— ¿Perochena? — pregunté anonadado. — ¿El Ministro?
— Quién más si no: Perochena pues, mi estimado: con él en el poder estamos casi listos para dar el gran golpe: ¡el definitivo, carajo!
— Pensé que él no vendría — argumenté sintiéndome un idiota—: pues tengo entendido que para muy ocupado en el ministerio.
Mi comentario le resultó tan deleznable que no acotó una sola palabra. Me entregó el papel con las direcciones antes de reiniciar el diálogo:
— Ya es mejor que te vayas — me ordenó con un gesto atrabiliario—. Acá hay mucho sapo, yo sólo soy el nexo, lo sabes: no me has visto, no me conoces, no existo. ¿Has entendido?
— Desde luego —dije y supe que, en realidad, no entendía ni jota.
— Sólo déjame agregar una cosa más: ahora será doblemente difícil. ¿Me entiendes?
— Sí, eso lo sabemos todos.
— No te olvides del santo y seña. La vez pasada vinieron desde Huancavelica dos buenos para nada que se olvidaron el santo y seña y qué crees que les pasó.
— Ni idea —afirmé mirando a todos lados.
— Los enterraron detrás del Misti: yo vi cómo les sacaron las retinas…, todavía estaban vivos…
Un vértigo brutal me persiguió durante el tránsito entre la biblioteca y la avenida Venezuela. Cuando, por fin, gané la calle me volví a encontrar con el mercachifle:
— ¡Ese bibliotecario está medio loco! —exclamé, frotándome las manos nerviosamente.
— Sí —corroboró—. Eso dicen los estudiantes. Ni se imaginan que es la mano derecha de Perochena: su emisario clandestino en esta ciudad.
— ¿Qué hablas?
— Yo también estaré ahí —me confesó entregándome una tarjetita debajo de un chocolate Sublime: «Santo: Politeama. Seña: Jayari». Lo miré aterrado. Por un momento, me sentí parte de una broma maquiavélica, pero desestimé la posibilidad porque era algo imposible. ¿Qué había detrás de todo esto? ¿Alguna broma de mal gusto o un monstruoso psicosocial?
Tomé el primer taxi que pasó y le dije que me llevara al aeropuerto. Allí rogué para que me dieran un pasaje a la capital. El único vuelo que pude conseguir fue el de la noche. Pero, sin dudarlo, decidí no moverme del aeropuerto. Tuve que esperar como ocho horas, antes de entrar a la sala de embarque: cada vez que alguien se me acercaba sentía un sobresalto que era la invitación al pánico. La paranoia es peor que la mala suerte. Estaba tan agobiado que me parecía ver al bibliotecario conversando con ese mercachifle.
Al subir al avión supe que de alguna manera había renunciado para siempre a un nuevo proyecto (no iba a poder escribir mi perfil sobre el mayor criminal de la historia del Perú… y su tesis seguiría durmiendo el sueño de los justos… o de los perversos).
Para no sentirme tan mal, pensé que lo mejor sería emprender cuanto antes un nuevo proyecto: viajar a Piura… Tal vez sería una magnífica idea buscar las reminiscencias de la verdadera Casa Verde.
Estaba a punto de conciliar el sueño cuando, de pronto, un sujeto pasó corriendo hacia atrás, insultó a la aeromoza antes de arrojarla al suelo, y se colocó un pasamontañas. Temí lo peor. Me persigné (no lo había hecho en años, desde que terminé la secundaria). Después, vino otro tipo a encañonarme con una metralleta bastante vieja:
— Tú eres, hijo de puta, no lo niegues porque te ablando el estómago, ¡traidor vendepatria!
Sí, a pesar de ser presa del terror, llegué a reconocer la voz. No había duda: era el mismo al que, hacía menos de doce horas, le había comprado los cigarrillos en las afueras de la universidad.
—Yo, ¿qué? —repuse haciendo acopio de valor.
—Tú eres el felón de mierda, el soplón del capitalismo, el informante de asesinos, plutócratas que manejan este país corral de chanchos.
—No, no soy yo —respondí y levanté las manos instintivamente—. Está usted equivocado.
No me disparó. Recibí un par de culatazos que me hicieron perder el sentido.
Ahora estoy aquí, en medio de ningún lado. Cagando sobre mis hediondos calzoncillos mientras escucho la nítida señal de una radio amazónica. Antes de viajar a Arequipa, mi vida había consistido en indagar, cuestionar, buscar respuestas, aguijoneando y, a veces, provocando desmesuradamente al entrevistado. Presiento que la torta se ha volteado para siempre, pero no sólo eso: también se ha chamuscado.
Cada tarde soy objeto de preguntas sin sentido, de bofetadas que ya no arden como al principio. Descargas eléctricas con las que me he ido familiarizando. Todavía hay un país por construir, pienso, y me duele constatar que muchos inocentes tengan que pagar los platos rotos.
—¿Qué hago para acabar con tanto sufrimiento? —le pregunté al falso vendedor de cigarros, antes de recibir otra ola de vejámenes—. ¡Dígame qué hago para detener esta pesadilla, por el amor de Dios!
—Es muy sencillo —le dijo hablándome al oído—. Despierte.
Y, como en la ficción de Borges, desperté: abrí los ojos y decidí olvidarme para siempre del perfil de Guzmán. Quizá algún día escriba un cuento, pensé mientras me echaba agua fría al rostro.

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