Columna

Las lecciones de Bolivia

29 de febrero de 2020
Foto: Jorge Bedregal La Vera

La Paz, ciudad entrañable y querida para mí, es una ciudad que en alguno de mis tantos viajes, califiqué de monumento a la terquedad humana. Su orografía pareciera ser el resultado de una guerra entre dioses traviesos y alucinados que hicieron de su paisaje un enredo de subidas agotadoras y cuestas de vértigo.

Desplazarse por esta capital es un viaje de aventura y coraje. Cuando Evo Morales anuncio el inicio en 2014 de un mega proyecto de construcción de un sistema de transporte urbano eficaz, limpio, rápido, seguro, barato y que dignifique a los pasajeros, fueron muchos los que dudaron de esa posibilidad, acostumbrados a la imposición de transportistas privados que habían hecho de las calles y avenidas paceñas, un verdadero infierno de contaminación, peligro y suciedad. Un viaje del centro de la ciudad a El Alto, esa impresionante urbe que se encuentra aún más alta que la capital, podía tomar mucho tiempo y solía ser sumamente riesgoso.

Incluso los más entusiastas seguidores de Morales temían que este proyecto pasara a engrosar las páginas de la infamia latinoamericana de proyectos fallidos. Sin embargo se realizó y ahora las coloridas y brillantes cabinas del teleférico surcan los aires en muchas direcciones portando pasajeros que observan el paisaje impresionante de la capital más alta del planeta en el sistema más grande y extenso de teleféricos del mundo.

Pero no todo se redujo a construir un sistema de tecnología sofisticada y que reducía el tiempo de viaje a minutos y con un costo bajísimo. Implicó también la construcción de una cultura ciudadana extraordinaria. Desde el ingreso a las estaciones, limpias ordenadas y bonitas, además de perfectamente señalizadas, donde amables trabajadores correctamente uniformados, orientan a los pasajeros para que trepen a las cabinas en movimiento saludando con cortesía y afabilidad; hasta el trato que se da al interior de cada vehículo donde los pasajeros se saludan y despiden cumpliendo una norma elemental de ciudadanía.

Gracias a este sistema, un viaje que en taxi puede costar entre 7 y 15 dólares, se puede atravesar la ciudad por menos de 1. Y si se desea hacer una conexión entre las líneas, el pasaje se va reduciendo. En la retina de los habitantes paceños y los miles de visitantes fuereños ya se ha instalado la tierna presencia de estas cabinas en el aire y no son pocos los que se dedican a hacer turismo trepando al teleférico solo para observar la bullente capital que vive, trabaja y construye debajo de sus pies.

El sistema, ambicioso y gigantesco, incluye además una red de buses impresionante que cubre las rutas donde no hay estaciones de teleférico. Los Pumakatari y los Chikititi cumplen un itinerario amplio y con puntualidad extraordinaria y he visto cómo los vecinos saludan con bandas y jolgorio la llegada de las rutas a sus parcialidades. En estos buses también se ha gestado una cultura ciudadana impresionante. Los pasajeros esperan en las paradas de los buses haciendo una ordenada fila y al subir pagan su importe y no encuentran una masa apretujada y sudorosa que lucha por un espacio vital mínimo: los buses solo transportan un número determinado de personas sentadas y paradas. Si no hay espacio, simplemente esperan al próximo bus que llegará pocos minutos después. Como en el teleférico (y en general, en cualquier medio de transporte) se reitera el ritual de cortesía ciudadana del saludo y el agradecimiento.

Pareciera idílico e irreal. Una capital sudamericana, atravesada por graves problemas de presupuesto y desigualdad, ha sido capaz de establecer un sistema de transporte eficiente y digno. Los opositores de Morales se dedicaron a tratar de minimizar el impacto descomunal de este sistema estatal. En las mentes estrechas y miopes de los neoliberales (frecuentemente disfrazados de liberales) no podía caber la idea de una empresa gigantesca fuera posible sin la participación del sector privado que más bien, en el caso del transporte urbano, había demostrado largamente ineficiencia y una política de ganancias rápidas sin tomar en cuenta a las personas. Cuando Morales se ve obligado a renunciar, por razones en las que no me voy a detener por no ser el objetivo de esta columna, inmediatamente empezaron a circular en los medios parametrados por el gobierno a Áñez, que el teleférico es inviable económicamente y que será prácticamente imposible mantener el sistema, mucho menos ampliarlo. Igualmente sucedió con el sistema de buses que fueron atacados directamente en el fragor de las movilizaciones sangrientas que paralizaron el país: decenas de unidades fueron quemadas en una pira infernal.

De Bolivia tenemos mucho, muchísimo que aprender. Primero, que es posible darle un tono humano a un transporte urbano que, en la mayoría de ciudades latinoamericanas, las personas son solo fuente de ingresos y objeto de irrespeto e indiferencia. Que el Estado puede y debe ser actor fundamental en un proyecto de estas dimensiones. Que cuando el poder queda en manos de un gobierno írrito e irregular, donde lo privado siempre será estimulado y defendido, cualquier proyecto puede venirse abajo para beneficiar, precisamente, a esos privados.

Ojalá que Bolivia recupere pronto cauces democráticos y humanos para seguir dando lecciones a sus vecinos y al mundo entero.

Jorge Bedregal La Vera
Compartir

Noticias Relacionadas

Leer comentarios