Arequipa

Las tradiciones peruanas de Ricardo Palma

20 de octubre de 2019

Este año se conmemora el centenario de la muerte del escritor peruano más universal del siglo XIX, Ricardo Palma. Su obra “Tradiciones peruanas” es un retrato del Perú, desde otra mirada.

Por: Mario Rommel Arce Espinoza

Una obra tan emblemática, para todos los peruanos, como es “Tradiciones peruanas” de Ricardo Palma (1833 – 1919) requiere de un tratamiento especial para su abordaje. El utillaje que disponemos para ello nos llevará a plantear el contexto textual del libro. Asimismo, será necesario destacar la transición entre la República de las Letras en Lima, con la bohemia de Ricardo Palma, y la República universal de las Letras, cuando la obra trasciende el espacio geográfico donde fue publicada inicialmente, para alcanzar la “validación cultural” en el país y el extranjero.

De acuerdo con el historiador inglés Peter Burke (“Cultura popular en la Europa moderna”. Alianza Ensayo, 2014), en la Europa moderna se puede reconocer la existencia de una cultura popular de la ciudad y otra del campo. La ciudad como escenario de hechos históricos y también testigo de la vida cotidiana de sus habitantes, con sus costumbres y tradiciones, con sus personajes populares, y todo aquello que hace de una ciudad un espacio vivo, donde se nace, se crece y se muere. Es un espacio en el que también se aprecian cambios. Como las personas, su imagen se va reconfigurando, no es la misma de hoy, pero fue el escenario de historias que la tradición oral recoge para perpetuar la memoria de los pueblos.

El doctor en Literatura Latinoamericana, Marcel Velásquez Castro, en su libro “La mirada de los gallinazos” (Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2013), sostiene que en la obra “Tradiciones peruanas” de Ricardo Palma el tiempo permanece inmóvil, no hay ruptura entre el pasado colonial y el nuevo régimen republicano. Hay una continuidad en el tiempo. En la obra del tradicionista limeño no se aprecian los cambios políticos y sociales operados en el nuevo sistema.

Al respecto, Benedict Anderson en su libro “Comunidades imaginadas” (México: FCE, 1993) plantea como ruptura en el imaginario social el paso del antiguo al nuevo régimen. En el caso peruano, cita como ejemplo el tratamiento de indio, correspondiente a la época colonial, y la nueva denominación de peruano, que otorga el gobierno de José de San Martín, a partir de 1821, proclamando la igualdad ante la ley de todos los peruanos.

El paso de vasallo a la condición de ciudadano representa en el imaginario social un cambio en el estatuto de la persona. He aquí una diferencia sustancial con el Antiguo Régimen, donde el vasallo carece de derechos, salvo los que le reconoce su posición social en una sociedad jerarquizada. Con el advenimiento del nuevo orden republicano nace el ciudadano, y con él los derechos individuales de la persona.

Otro hecho importante de señalar fue que el año 1820 fue considerado como el primero de la república, contado desde el desembarco de San Martín en la costa peruana. Según Anderson, el “Año Uno”, para el caso de Francia, después de la revolución, marca una ruptura con el mundo anterior. Yo agregaría, para el caso peruano, un cambio en términos legales, sobre todo en la estructura del poder. Sin embargo, las mentalidades no serán fácilmente superadas ni cambiarán de la noche a la mañana. Existe un lento proceso de asimilación del nuevo orden republicano. Y también el universo mental de la época colonial continúa vigente. A esto el historiador francés Fernand Braudel (1902 – 1985) llamó un largo siglo XVIII en pleno siglo XIX. Con ello quiso decir que los valores procedentes de otra época seguían formando parte de la estructura mental de una sociedad en proceso de cambio.

Según el historiador y filósofo francés Michel Foucault, las instituciones, normas, clases sociales y pensamiento vigente delimitaron el tiempo histórico. Sería el discurso el que acota el tiempo. A través del pensamiento se pueden reconocer los universos mentales prevalecientes en las épocas monárquica y republicana. Por eso, lo cronológico no necesariamente guarda relación con el inicio o fin de una época. Es una referencia que delimita un período determinado, a partir de un referente que sería el acontecimiento. Como bien dijo Michel de Certeau, el acontecimiento divide y el hecho histórico completa para hacer inteligible la lectura de la historia.

Marcel Velásquez no halló un punto de ruptura en la obra de Ricardo Palma, ni tampoco percibió otro tipo de universo mental. En otras palabras, es una historia plana, contada desde el presente del autor. Es cierto que uno de sus méritos fue recuperar para su presente el uso de peruanismos, pero en la obra no se advierte un antes y un después. Tampoco era la intención del autor establecer un antes y un después, aquello que se conoce como el Antiguo Régimen, como categoría instrumental, para precisar un antes y un después.

A este respecto me gustaría mencionar que las repúblicas en Hispanoamérica nacieron contraponiéndose a lo antiguo. Su legitimación se basó en la contraposición simbólica con el antiguo régimen, considerado un período ignominioso. En cambio, el nuevo régimen asume nuevos valores, como la virtud cívica, que busca el interés común por encima del interés particular. Habría que agregar, además, de acuerdo con lo dicho por el escritor mexicano Octavio Paz, que, a diferencia de la democracia norteamericana, en Hispanoamérica el modelo republicano fue adoptado y, al mismo tiempo, se produjo un proceso de adaptación a los nuevos usos republicanos. Aquí el sistema político no fue un “producto histórico”. Al contrario, fueron pocos los escenarios políticos donde se debatió la forma de gobierno más aplicable al Perú. Como sabemos, el debate se dividió entre los monárquicos y los republicanos. En la Sociedad Patriótica de Lima y en el primer Congreso Constituyente finalmente se optó por el sistema republicano de gobierno.

Pero esos debates tuvieron lugar en un escenario eminentemente político, a los cuales Palma solo conoció de referencia. Su preocupación como escritor de tradiciones fue anotar todo aquello que la historia oficial no registra.
En ese sentido, su relato histórico sería un reflejo de la continuidad en el cambio que vivieron los países en Hispanoamérica luego de la independencia.

Todos los estudiosos de la literatura peruana del presente y del pasado han valorado la obra del tradicionista limeño, destacando su originalidad y el estilo particular de sus relatos contados con humor y una buena dosis de picardía criolla.

En las Tradiciones desfilan tres siglos de historia y muchos personajes. Como se apunta en la nota editorial de la edición de Espasa – Calpe, publicada en seis tomos, en 1952, sobresale la mujer de Lima, “fina y graciosa, inteligente y audaz, enamorada y creyente, así fuera linajuda criolla descendiente de conquistador, o modesta mulatilla con sangre extraviada de marqueses en las venas”.

Son estos personajes los que formaron parte del imaginario social de las épocas colonial y republicana. En su libro “Hombres y mujeres de la Edad Media” (México: FCE, 2013), el reconocido historiador francés Jacques Le Goff (1924 – 2014) recrea la historia de personajes imaginarios, pero decisivos en la historia de la cristiandad, por ejemplo. Igualmente, anota que personajes de la antigüedad fueron convocados al medioevo para escribir historias acerca de ellos, destacando su valor.

Las Tradiciones representan a un colectivo de personas, procedentes de distintos lugares y pertenecientes a diferentes sectores sociales. Sin proponérselo el autor, en la obra gravita un imaginario social de enorme alcance, para procurar entender a la sociedad de la época colonial y republicana.

Cada personaje de su obra representa un perfil determinado de una sociedad, que hoy se reconoce como pluricultural y multiétnica, pero que, en aquella época, apenas si se asumía como culturalmente mestiza. De modo que la obra de Ricardo Palma, en mi opinión, es un retrato del Perú, con un elenco de personajes de arriba y de abajo. Más allá del apego por la historia propiamente dicha, el tradicionista exhibe estampas de un país que vive en continuo movimiento, sin importar los cambios políticos, porque en la calle todo sigue igual o casi igual: la gente camina, compra, vende, ríe, llora, vive y muere.

Como las Tradiciones no es un libro de historia, por lo tanto, no repara en identificar períodos, le interesa más bien el bullicio de la calle, el personaje pintoresco, y eso que, hoy, llamaríamos la historia de lo cotidiano. Uno de sus mayores exponentes fue el historiador francés Michel de Certeau (1925 – 1986). “La invención de lo cotidiano” (México: Universidad Iberoamericana, 1999) es un estudio sobre las maneras de habitar la ciudad, y también de las prácticas culturales de los usuarios de la ciudad en el espacio de su barrio. Este modelo historiográfico permite entender los alcances de lo cotidiano en la obra de Ricardo Palma. Por ejemplo, en la Tradición “Con días y ollas venceremos”, el otro personaje central es un vendedor de ollas. En su pregón por las calles limeñas, anunciaba: “¡Ollas y platos! ¡Baratos! ¡Baratos!. Por supuesto, el vendedor era cómplice de la causa patriota. En la “olla revolucionaria” llevaba encubierta correspondencia del general San Martín dirigida al clérigo arequipeño Francisco Javier de Luna Pizarro. Un episodio político de mucha importancia para el éxito de la ocupación de Lima por San Martín, tiene como protagonista a un hombre del pueblo, un vendedor de ollas, que en la pluma de Ricardo Palma cobra protagonismo y hasta empatía con los lectores.

En el imaginario social de los niños y jóvenes «Las Tradiciones peruanas» han jugado y juegan un papel muy importante. En vez de provocar divisiones, por razones ideológicas, partidarias o de élite, concilian etapas de la historia nacional, y tienen como efecto reconocerse como parte de una historia continuada.

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