Arequipa

Libros prohibidos

4 de agosto de 2019

El libro fue combatido a lo largo de la historia por el pensamiento predominante en cada época. En ningún caso se garantizó la intangibilidad del libro.

Por Mario Rommel Arce Espinoza

En la historia del libro hubo una época en que la lectura estuvo prohibida por la Inquisición, debido a la naturaleza de su contenido. En el “Index librorum prohibitorum” del siglo XVI, fueron incluidos los libros prohibidos por la censura.

En el “Índice General de los libros prohibidos (…) hasta 1842”, publicado en Madrid, en 1844, figura un extenso catálogo de libros que puesto a conocimiento del público tenía como finalidad prevenir a los lectores de obras consideradas perniciosas al entendimiento humano.

Entre las advertencias para el mejor uso del índice, se decía que el catálogo de libros censurados y expurgados por el inquisidor, serviría para evitar la lectura de aquellos libros considerados como obras del demonio. Esos textos, para la Iglesia, solo enseñaban ideas equivocadas, contrarias a la recta moral, que solo ella defendía.

Lo cierto fue que con motivo de la expulsión de los jesuitas de las colonias en Hispanoamérica, por orden del gobierno español, trajo consigo el abandono de más de mil bibliotecas que hasta entonces estaban a su cargo.

A este hecho se suma la posterior revolución francesa; durante la cual, las bibliotecas conventuales fueron saqueadas, y se produjo la quema de libros místicos, a semejanza de lo que hizo la Iglesia con los libros filosóficos.

El historiador francés Lucien X. Polastron en su obra “Libros en llamas. Historia de la interminable destrucción de bibliotecas” (México: FCE, 2007), cuenta el testimonio de un viajero alemán que estuvo de paso por Francia en los momentos de convulsión política. En Marsella, Toulouse y París se quemaron libros. El alemán contaba en su diario que estuvo allí, él mismo se calentó las manos con el fuego de las llamas, debido a la inmensa cantidad de libros quemados ante la estatua de Luis XIV.

Esta referencia demuestra que los libros siempre corrieron el riesgo de las ideas extremistas. A pesar de que la revolución francesa representaba un cambio para su época, no garantizó la intangibilidad del libro.

Estas vicisitudes fueron una permanente amenaza al libro, que hizo frente a los sectores progresistas y conservadores. Pero en cualquier caso el libro representa la idea de redención intelectual, para las pasadas, presentes y futuras generaciones. A continuación, mencionaremos algunos libros que fueron considerados en el índice de los libros prohibidos por la Inquisición, desde el siglo XVI hasta el siglo XIX.

Uno de esos libros fue el “Tratado de los delitos y de las penas” (1764) del jurista italiano Cesare Beccaria. Fue censurado por el edicto de 20 de junio de 1777. La obra fue traducida del italiano al castellano, por Juan Antonio de las Casas, en 1774. En otra edición posterior, correspondiente a 1822, que además tiene un comentario de Voltaire, se lee que el autor estableció una diferencia entre el delito y el pecado. Dijo: “La gravedad del pecado depende de la impenetrable malicia del corazón (…) ¿Cómo, pues, se la tomará por norma para castigar los delitos? Podrán los hombres castigar cuando Dios perdona, y perdonar cuando castiga”. En ambos casos se trataba de dos fueros distintos, el religioso y el civil. De esta manera, el jurista italiano secularizó la noción de delito, que era el “daño hecho a la sociedad”, mientras que el pecado era un asunto del fuero interno de cada persona, inescrutable, como decía Beccaria.

Al respecto, el historiador italiano Franco Venturi en su libro “Utopía y reforma en la Ilustración” (Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2014), refiriéndose a Beccaria, menciona que el jurista italiano sostuvo que la tarea del Estado era reparar el daño causado a la sociedad por el delincuente. En cambio, la Iglesia tenía competencia sobre las cosas espirituales, como el pecado. En ese sentido, la ley penal debía perder todo su contenido sacro. Su postura ante la Iglesia hizo que la obra fuera censurada por el inquisidor.

Los “Elementos del derecho natural” de Jaen-Jacques Burlamaqui fue otro libro prohibido. Nacido en Ginebra en 1694. Allí enseñó derecho hasta 1748.

Viajó por Francia, Holanda e Inglaterra. Falleció en abril de 1748. Su obra “Elementos del derecho natural”, de manera póstuma, se publicó por primera vez en 1774. Fue prohibido por el edicto del 20 de junio de 1779. Se tradujo del latín al francés por Barbeyrac, y al castellano por García Suelto. He consultado la edición de Burdeos de 1834, y luego la de París de 1874.

En el capítulo dedicado a la libertad natural, dijo que los hombres por su naturaleza estaban sujetos a la razón. Ahora bien. Se llegaba a la libertad si el hombre hacía buen uso de sus facultades, de donde se sigue que la libertad no era un derecho sino estaba sujeta a la razón.

Este libro se inscribía en el pensamiento del derecho natural racionalista. Sostenía el predominio del derecho natural por encima del derecho positivo, hecho por el hombre. Tuvo bastante aceptación en nuestro medio. El libro fue materia de examen para graduarse en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Nacional de San Agustín, durante la primera mitad del siglo XIX.

La obra “El cortesano” de Baldassare Castiglione, estuvo igualmente prohibida. La primera edición es de 1528, publicada en Venecia. Ha sido objeto de un estudio reciente, por parte del historiador británico Peter Burke. El libro primero de la obra se ocupa de la nobleza. El libro segundo trata del arte de la conversación y especialmente sobre las convenciones con respecto a las bromas. El libro tercero está dedicado a las cualidades de la dama de la corte ideal. El libro cuarto se ocupa de la relación entre el cortesano y el príncipe. El libro de Castiglione se leía como un manual de buena conducta y buenas maneras.

Según Peter Burke, fue un texto clave del espíritu renacentista, caracterizado por “el desarrollo del individuo”, como dijo el historiador suizo Jacob Buckhardt. En aquella época, se prohibieron tres clases de libros: los heréticos, los inmorales y sobre magia.

La “Enciclopedia, o Diccionario razonado de las artes y oficios, por un equipo de literatos”, publicado a partir de 1751, fue prohibida en 1759. Los editores fueron D’Alembert y Diderot. Esta obra fue concebida como la máxima expresión de la ilustración francesa. La colección preconizó el predominio de la razón por encima de la fe.

Una obra expurgada por el inquisidor fue la “Librería de jueces, abogados y escribanos” del jurista José Febrero, conocido como el Febrero Novísimo, publicada en Madrid, en 1772. De acuerdo al índice de 1844, en la parte correspondiente a la fórmula para elaborar un testamento, se corrigió el siguiente texto: “Son tres personas distintas con distintos atributos”, cuando debía decir: “(…) tres personas que, aunque realmente distintas, tienen los mismos atributos, y son un solo Dios verdadero (…)”. Así apareció publicado en la edición de Valencia de 1828.

La obra del jurista alemán Juan Gottlieb Heineccio, “Elementos del derecho natural y de gentes”, fue corregida por el censor, por decreto del 22 de mayo de 1745. Tuvo bastante aceptación en el Perú de la primera mitad del siglo XIX, al punto que se reimprimió en Ayacucho, en 1832, por un catedrático de derecho en el Colegio de San Cristóbal de Huamanga. La publicación vio la luz con castigaciones y notas.

El “Leviathan” del filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679) fue prohibido por decreto de 1703. Esta obra propuso la existencia de un cuerpo social, representado por la sociedad, atribuyendo funciones a las partes del cuerpo, desde la cabeza hasta los pies.

El abate Gabriel Bonnot de Mably con su obra “Derechos y deberes del ciudadano” figuran en el índice como prohibido por el edicto del 13 de diciembre de 1789. El libro traducido al castellano en 1812, por la marquesa de Astorga, circuló en Lima y Arequipa, en 1813, por encargo del diputado por Arequipa a las Cortes de Cádiz, Mariano de Rivero y Besoaín. El libro propuso como legítimo el derecho a la rebelión cuando el gobierno monárquico no hacía el bien común.

En esa misma línea se encontraba el libro “El desengaño del hombre” del genovés Santiago Felipe Puglia. La obra fue impresa en Filadelfia, en 1794, con el fin de ser difundido en la Nueva España (México). Se prohibió su lectura por el edicto del 12 de noviembre de 1796. Según el historiador mexicano Antonio Saborit, su discurso se consideró nocivo e incluso herético, pues se propuso desacreditar la legitimidad de los regímenes monárquicos.

En el estudio introductorio, Saborit llegó a sostener que el autor de “El desengaño del hombre” debe figurar entre los más célebres propagandistas del sistema republicano, junto a Juan Pablo Viscardo y Guzmán, autor de la “Carta a los españoles americanos”. Asimismo, agregó con énfasis que Santiago Felipe Puglia debe ser considerado como uno de los primeros publicistas que escribieron a favor de la causa de la independencia de Hispanoamérica.

La obra contó con el patrocinio de intelectuales de la talla de Thomas Jefferson y Alexander Hamilton, entre otras personalidades de la naciente república estadounidense.

Apenas unos cuantos títulos para formarnos una idea de la naturaleza de los libros prohibidos y el rol que cumplieron en la sociedad.

 

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