Arequipa

Los afiladores de cuchillos aún recorren las calles

1 de marzo de 2020

Por: Carlos Adrián Quicaño Portugal.

De las vueltas que da la vida y vivir al filo de la navaja, pueden ser las mejores entradas para cualquier película, pero en la vida misma a nadie le cae mejor el guante que a un afilador de cuchillos ambulante. Sin embargo nunca lo usa.
Este afilador recorre a pie todos los distritos de la ciudad, obviamente en busca de objetos que necesiten su talento, para dar a conocer de su presencia hasta su propia melodía tiene. Mientras empuja la alta rueda forrada en caucho toca una pequeña zampoña plástica, bien conocida por generaciones de más de veinte, pero que hoy escasean. Y al oírla en las afueras sabes perfectamente quien la toca.
Esta tonada única advierte a todos los que deseen amolar una herramienta de corte. Alex no siempre fue afilador. Él admite que ha hecho muchas cosas para sobrevivir, pero siempre tuvo dentro ese oficio que le heredó su padre. A pesar que nunca le explicó directamente cómo se trabajaba el metal, siempre lo observó, ya que gracias a esta labor sustentó a su familia.
Desde que empezó y con el desgaste de las pistas, narra que ya varias veces ha cambiado de herramienta de trabajo, algo que es complicado. Estos afiladores de pedal no se hacen en provincias, sino en la capital, donde debe comprarlo. “No sé por qué, pero no pueden, la rueda tiene que ser precisa en su dimensiones y en su giro. Allá ya tienen las medidas exactas. Otros compañeros afiladores y yo mismo tratamos de hacerlo aquí, pero no se pudo. En Lima tienen las ruedas, el armazón y las correas. Tienen todo para construirlos y eso que antes eran de madera”.
La piedra de afilar es otra historia.
Este esmeril plomizo llega desde Brasil y al comienzo la piedra no está lista para trabajar, es muy nueva, también necesita trabajo. Necesita desgaste para darle ángulos, para encontrar la zona más porosa, la zona más suave, formarla y aprender a controlarla es otra ciencia. Un pedaleo que puede ser fuerte, veloz o simplemente suave acompaña el movimiento de las manos. Todo tiene que ser exacto.
Nuestro maestro de armas conoce todas las calles de la ciudad, siempre en busca de nuevos clientes, pero también tiene los fijos, esos donde no puede fallar. “En los mercados se trabaja bastante y los cuchillos igual, los vendedoras de carne siempre necesitan que su herramienta este filudita. Ya tengo los días donde debo estar y temprano, todo tiene que ser rápido”. Siempre un cuchillo bromo es más peligroso que uno afilado.
Entre los secretos de su arte desmiente esa conocida frase “Ese cuchillo está bromo y ya no va a agarrar filo”. Todos los cuchillos agarran filo solo que hay que saber cómo, es entonces cuando Alex saca a relucir el físico- químico que lleva dentro.
Cuenta minuciosamente que lo primero que hace es examinar el material de la hoja que trabajará. Entre la vista y el tacto, ya tiene una idea clara, pero si eso no basta un golpe leve y un oído entrenado sabe de qué se trata. Tras contemplar si esta derecha, las entrenadas manos del afilador inician el trabajo. Aquí los guantes sobran y el vuelo de las chispas solo indica el trabajo que realiza. “Hay unas que vuelan bien prendías y se clavan en la piel, al principio las sientes después ya no, yo ya ni siento”.
En la seguridad de su conocimiento nuevamente afirma qué no hay cuchillo que no puede afilar. En el mundo entero es cierto que hay muchos materiales y nuevos tecnologías pero el afilado final siempre lo hará una persona experta. Nos cuenta que hay hojas de material antiguo o muy novedoso que necesitan un trato especial, “El trato que les das a los cuchillos no es igual para todos, pero al final todas se afilan”. También es cierto que se puede quemar los vértices o toda línea de corte, pero eso ocurre por no saber.
La experiencia manda y si antes los conocimientos de su padre le dieron una base, el trabajo en la calle es diferente. La primera vez que salió estaba seguro de lo que iba a hacer, pero no tanto de la melodía que debía entonar. Porque debía aprender a tocar aquella asiática zampoña que representaba un nuevo desafío, con muchas dudas, pero sabedor de su trabajo, se paró a la mitad de la pista, y como la vida misma, comenzó a girar la rueda.
Llevó su instrumento musical a la boca y tras dos exhalaciones el sonido no era el adecuado, sin embargo conforme sus pasos avanzaban la rueda giraba y la tonada mejoraba. “Se la escuché tantas veces a mi padre, pero nunca supe cómo tocarla y así fui a trabajar y la tonada salió sola”.
Saber de ciencias y de música no es para todos, él solo conoce a cinco colegas en la ciudad, sabe que hay más, pero todos son mayores. Es un oficio que no se renueva. Alex cuenta con un gesto un poco acongojado que el mismo no pensó seguir con el oficio familiar, pero el gesto se borra de inmediato y se inunda de orgullo al contar que sus tres hijos son profesionales. También sabe que su tradición tal vez morirá.
El arte del esmeril callejero impulsado a pedal siempre es llamativo y su sonido en las calles único. Tan único como su arte ciencia.

*Periodista y reportero gráfico.

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