Arequipa

Los amores de Silvia y la calle Beaterio

12 de enero de 2020

Cada esquina, cada puerta, cada grada tiene muchos recuerdos. María Santos Corrales y Salazar, la Silvia de Mariano Melgar, nació un primero de noviembre de 1797 y vivió en la casa solariega Nº 125 de la calle Beaterio, a pocos metros del Tambo Ruelas 159, y murió un 8 de marzo de 1881 a los 84 años. Su casa, que aún existe, tenía dos patios grandes con jardines, la niña era muy bonita y vivaz, contemplaba el pasar de los “muleros” que viajaban a la costa y probablemente también de los “llameros” con sus recuas de llamas.

Por: Ayar Peralta V.

Dicen que por esa calle pasaron Simón Bolívar y Antonio José de Sucre cuando luchaban contra el coloniaje español.

Mariano Melgar Valdivieso nació un 10 de agosto de 1790, por ende 8 años mayor que Silvia, y murió en el año de 1815, a los 25 años.

Silvia de 14 y Mariano de 20 se conocieron en un matrimonio, el quedó prendado, ella le correspondía. La mamá de ella veía con simpatía este romance, el papá no. Eran adinerados. Mariano perdió a su padre, Silvia, a su madre. Los jóvenes quedaron separados. Mariano viajó a Lima en 1811 para estudiar abogacía. Mariano Melgar se enroló en las fuerzas del cacique Matheo Pumacahua, perdió la lucha en Umachiri y fue fusilado el 12 de marzo de 1815. Dicen que cuando Silvia se enteró de la muerte de Mariano cayó desmayada y estuvo postrada largo tiempo.

Antes de morir Mariano Melgar envió a Silvia una carta que tenía 522 versos, en 126 de ellos le proclamaba su amor y le pedía matrimonio. Silvia no llegó a conocer esta carta, sino cuatro años después, en 1819, cuando ya estaba casada. Derramó lágrimas de arrepentimiento y dolor.

Silvia y Mariano están enterrados en el Cementerio La Apacheta.

María Santos Corrales y Salazar se casó con el doctor y Coronel Manuel Amat y León, con quien tuvo 9 hijos, uno de ellos se llamó también Mariano.

Transcribimos uno de los versos de la Carta a Silvia:
No nació la mujer para querida,
por esquiva, por falsa y por mudable;
y porque es bella, débil, miserable,
no nació para ser aborrecida.
No nació para verse sometida,
porque tiene carácter indomable;
y pues prudencia en ella nunca es dable
no nació para ser obedecida.
Porque es flaca no puede ser soltera,
porque es infiel no puede ser casada,
por mudable no es fácil que bien quiera.
Si no es, pues, para amar o ser amada,
sola o casada, súbdita o primera,
la mujer no ha nacido para nada.

¿Y qué tiene que ver Silvia, que vivió en los ochocientos en Beaterio 126, con Ayar que nació en la misma calle, beaterio 159 en los novecientos? Pues nada. Los padres de Silvia fueron contemporáneos de mis bisabuelos. Y más aún que desde niños nos influenciamos por lo poético del barrio y de la Calle Beaterio. El tranvía paraba para ambas casas, aun se lee la placa “Aquí vivió la Silvia de Melgar”.

Cuando me matricularon en una escuelita fiscal, a mis cinco años, también lo hizo el hijito de un arriero o llamero que se llamaba Eudomilio. El primer día me compraron un cuaderno y un lápiz, para Eudomilio compraron lo mismo. Pero a la semana nos pidieron lápices de color, cartulinas, borradores, reglas, etc… Esto ya fue mucha plata, “mucho gasto” para sus papas, decidieron retirarlo. En los siguientes días cada vez que yo pasaba por la puerta de su casa lo llamaba para ir al colegio. No me respondía nada, solo me miraba pasar. ¿Qué pena, no? Después de cuatro años lo volví a ver, era un jovencito fornido, sabia acomodar “las cargas sobre el lomo de las bestias (burritos), pero no sabía leer ni escribir. Me miraba como un amigo lejano. ¿Algún día desaparecerá la injusticia y la desigualdad?

Aún estaba en los años iniciales de primaria, vivía en el tercer piso del Tambo Ruelas. Era de noche cuando sentí la voz de uno de mis compañeros de clase que me llamaba desde el inicio de las gradas del primer piso, lo reconocí, era Leopoldo Ludeña, quien venía a despedirse porque al día siguiente con toda su familia se trasladaba a la ciudad de Lima y me traía en devolución algunos papeles que le había prestado. Se trataba de cuentos infantiles, historietas, cuadernitos, etc. Vengo a devolvértelos, me dijo. Y agregó: “Mi papa dice que hay que ser honrado”

Que lección de honestidad para toda mi vida. Nunca más lo he vuelto a ver. Ahora será un abuelo o bisabuelo y seguirá enseñando la honradez a sus descendientes y vecinos.

Mi padre Antero, por sus ideas políticas era perseguido, ¡Qué tal delito! Por tal motivo tenía que esconderse. Yo tenía cinco o seis años, pero me acuerdo muy bien. Mi mamá me llevó y lo encontramos dentro de las chacras de nuestro tío Justo, dentro de una “chuclla”. A la hora de almorzar mi tía Úrsula gritaba a los peones: “Fíjense que no haya policías por aquí cerca, para que pueda venir a almorzar”. Otra vez estuvo en la casa del doctor Butrón que quedaba en el callejón Loreto. También estuvo oculto en la vivienda de su tío Daniel Narrea, situada en San Lázaro. etc. Lo que más me acuerdo es que una noche estaba jugando con varios niños en un patio del tercer piso del Tambo, cuando de repente entró a nuestra casa una señora, toda vestida de negro. Yo la seguí y me di con la sorpresa que era mi papá que venía disfrazado de mujer. Alegre salí al patio y comuniqué a mis amiguitos, que esa señora de negro era mi papá. A esa edad no sabía nada de los soplones y de los investigadores. Alguien dio la voz. Al día siguiente se llevaron a mi papá, unos tipos vestidos de negro entraron hasta el dormitorio donde estaban papá y mama y le decían: “Levántese, levántese “Han pasado los años, de esos tipejuelos nadie se acuerda. Antero está en la gloria.

El Tambo Ruelas queda en la calle Beaterio 159, donde se inicia la calle Recoleta. La fachada del Tambo casi está intacta con sus cuatro ventanas en el segundo piso, su balcón de madera con rejillas de fierro fundido del siglo XIX. En el primer piso esta la entrada del zaguán y dos tiendas laterales. La visité cuando vivía el dueño señor Leyva con quien visitamos todas las habitaciones me emocioné al abrir las ventanas, son del mismo color, la luz que pasaba era igualita como cuando mi niñez, me pareció sentir la voz de mi madre y de mis abuelos.

Compartir

Leer comentarios