Columna

Los árboles

24 de mayo de 2020

Por Porfirio Mamani Macedo

–  Han cortado los árboles- gritaba el hombre.

Pero las máquinas seguían produciendo aquel ruido que traspasaba los montes y los ríos. Los niños se habían ido a jugar a la acequia, donde a veces encontraban algunas ranas o lombrices. Salían a cazar ranas para don Modesto, que le gustaba comerlas en caldo, y como los niños eran pobres, con las propinas que recibían, los alegraba tanto, que regresaban cantando por el camino. Cuando vieron a aquel hombre en medio de las calles que pasaba gritando, pensaron que ere un loco que se había perdido en el pueblo. En ese tiempo de agosto, cuando los vientos eran fuertes y terribles, había en el pueblo como una pesadumbre que caía sobre todos los habitantes, pues andaban huidizos, envueltos por el polvo que levantaba el viento.

-Han cortado los árboles-, gritaba el hombre.

A veces se detenía frente a alguna casa, como si fuera atraído por ella, como si viera algo detrás de las cortinas que se movían. Escrutaba con la mirada en silencio, a veces haciendo visera con la mano, sea por el polvo que le obstruía la mirada, sea por el sol que a veces aparecía ardiente entre las nubes de polvo que empujaba el viento. Y así caminaba por las calles del pueblo pregonando una afirmación que surgía del fondo de de su mente. Tenía la barba crecida y los pelos le caían sobre los hombros. Se notaba la transpiración por el limbo de su frente. El sudor le brotaba como burbujas, y él, seguía su peregrinaje solitario.

-Han cortado los árboles-, se oía el eco por los callejones.

Las máquinas, imperturbables, continuaban su trabajo sordo, tétrico y fatal. Los niños a veces se asomaban a esa fábrica, y lanzaban piedras sobre el techo de calamina, y luego huían en bandada hacia los campos ya pelados, y se escondían en las acequias, hasta que alguien sacaba la cabeza para otear si no había peligro. Los dueños de la fábrica, para ahuyentar la presencia de los niños, pusieron un perro pastor alemán, pero éste pronto fue dominado por la estrategia de los niños, pues como al perro lo alimentaban mal, los niños le daban migajas de pan, y así lo fueron amansando. La gente del pueblo se fue acostumbrando al ruido de las máquinas y al grito que resonaba entre las calles.

-Han cortado los árboles-, la voz se filtraba por las ventanas.

Los camiones, entran y salían, siempre cargados de la fábrica. Los niños a veces los esperaban llegar, y también los esperaban partir, porque les gustaba colgarse de la parte trasera de los carros. Algunos camioneros los dejaban colgarse, otros no. Uno de estos, una vez, detuvo el camión, se bajó y golpeó a los niños con un palo, que siempre tenía con él, para defenderse. Los niños gritaban de dolor, por los golpes que recibían en las piernas, la espalda y la cabeza. El hombre golpeaba, como si se tratasen de animales salvajes. Por un tiempo, los niños dejaron de acercarse a los camiones, pero luego volvieron a sus viejas costumbres, pues no tenían otras nuevas formas de divertirse.

-Han cortado los árboles-, gritaba el hombre.

Y su voz traspasaba los muros de las casas, las nubes de polvo, y se confundía con el ruido osco de las máquinas. Al principio, los habitantes del pueblo se detenían a oírlo un rato, como si se tratara de un predicador, después se iban y lo dejaban solo, gritando su letanía interior. Ahora nadie la hacía caso, lo ignoraban completamente, era como si fuera una piedra abandonada en el camino, o como el polvo que se asentaba en un lugar u otro. No tenían tiempo para preguntarse por él. El trabajo por la sobrevivencia los consumía poco a poco, por eso no daban importancia a lo que se estaban acostumbrando a oír.

-Han cortado los árboles-. La voz caminaba como alma en pena.

Era en tiempos de polvo, después de un invierno que azotó al pueblo, llevándose a su paso a varios habitantes, a causa de una gripe extraña que apareció cuando llegó un grupo de visitantes a la ciudad. Ellos se fueron, pero quedó la enfermedad, la que se difundía contaminando de pueblo en pueblo, hasta el más alejado. Así llegó la enfermedad a ese pueblo, y solo se supo cuando murieron tres habitantes, entre ellos un cura, aquel que siempre ayuda a la gente más pobre del pueblo. Ese invierno fue diferente, fue como la antesala de un castigo. Luego llegó la polvadera , remontando los cerros y cubriendo los sembríos de los campos. Y la polvadera no se iba. Fue en medio de esta polvadera que llegó el hombre pregonando la misma cosa.

-Han cortado los árboles-, decía el hombre.

A veces lo decía como ahogándose con el polvo que soplaba el viento. Permanecía sentado en las esquinas de las calles, mirando a los que iban y venían, como huyentes figuras sin destino. En ese tiempo a él ya casi no le daban importancia. Uno que otro perro se detenía a ladrarlo desganadamente, y otros apenas lo miraban y se iban, pues el hombre no representaba nada, ni un peligro, y tampoco alguien de quien podían recibir algo. Para él todo era inmutable, estático,, algo fatídico que no lograba remontar. No miraba a nadie, y todos ignoraban de cómo y de qué se alimentaba. Como la voz era distante, quizá en esos minutos de silencio, se alimentaba de algunas plantas y frutos que crecían en los huertos de las casas, o en las afueras del pueblo. La mayor parte de los huertos de las casas no estaban cercados, de modo que cualquiera se podía entrar sin problema, a no ser que saliera un perro para ahuyentarlo.

-Han cortado los árboles-, se perdía la voz entre la polvadera.

Las tardes y los días se iban sucediendo infinitamente. Pero todo cambió cuando los camiones dejaron de entrar y salir de aquella fábrica. Nadie del pueblo trabajaba en esa fábrica, todos venían de otros lugares. La gente del pueblo sólo trabajaba en el campo. En poco tiempo el paisaje del campo se había transformado completamente a causa de los árboles y la fábrica. La última vez que vieron a los camiones, fue cuando salieron cargados  de las pesadas máquinas que tanto ruido hacían entre el pueblo y el campo. Ese día también desapareció el hombre. Lo habían visto caminar, luchando contra un gran terral que envolvió a todo el pueblo. El hombre intentaba avanzar, siempre gritando, como única defensa contra todo aquello que él mismo no comprendía. Cuando amainó la polvadera, ya no se oyó la voz del hombre. Alguien dijo que lo vio  por las afueras del pueblo, como si estuviera volando en medio del polvo, que levantaba con furor el viento.

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Editorial: El medio ambiente de Arequipa

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