Agricultura

Los campos de Arequipa

22 de agosto de 2019

Por: José Antonio Chávez Zevallos

Mi niñez son rememoraciones de una Arequipa muy hermosa. Pero la verdad es que esa belleza no estaba únicamente en el espacio encantado de la Plaza de Armas, en el elegante y proletario sillar que se exhibe en casonas e iglesias, en los tranvías que surcaban la ciudad, en el volcán tutelar que se viste de nieve, y en el eterno cielo azul.

La mayor belleza y carácter estaba en sus alrededores, en el conjunto de sembrados de semillas, árboles y cultivos. En las escalonadas parcelas. En el verdor de los alfalfares, el oro de los trigales, la dulzura de los saucedales.

En los silenciosos y arbolados senderos, en el eco del desgrano de las campanadas del ángelus, en los vivos aromas del eucalipto y la retama. En los barrancos floridos del Chili y el correr de sus aguas sonrientes y puras, en el cerco de cerros rocallosos y pajizos. En los manantiales de Characato y Yumina. En los humedales de Chuca, Las Peñas, El Pasto y Pozo Negro En los balnearios de Yura, Tingo y Jesús.

Por desgracia la desprotección del paisaje y el atractivo visual permite que los traficantes de terrenos y los empresarios insensibles que piensan únicamente en el dinero sigan estropeando y acabándolos. Y, lo que es peor, con la venia de autoridades deshonestas e inútiles para conducir a Arequipa hacia su desarrollo integral. Qué pena que no podamos detener la destrucción de los que fueron hermosos paisajes, preciosos y cultivables campos. ¡Pobre tierra mía!

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