Arequipa

Los centenarios de la independencia

8 de marzo de 2020

Es necesario hallar soluciones a los problemas del país en el marco democrático; siempre y cuando sea una democracia de todos y para todos.

Por Mario Rommel Arce Espinoza

El Perú está próximo a cumplir su bicentenario, desde que el Libertador José de San Martín pronunciara en un histórico acto la frase declarando la independencia de la dominación colonial. En ese momento, sin embargo, el ejército realista todavía ocupaba el territorio nacional y faltaba librar las grandes batallas de Junín y Ayacucho, decisivas para consolidar la independencia del país.

Cien años después, el Perú celebró el centenario de su independencia, en 1921, con la inauguración de algunas obras públicas alusivas a la fecha, como la Plaza San Martín en el centro de Lima. Cuentan también las publicaciones conmemorativas, y el deseo de reflexionar sobre la historia en espacios abiertos al público, como sucedió con el conversatorio sobre el centenario organizado por estudiantes de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, que dio origen a la denominada “Generación del Centenario”, donde figuraron los estudiantes universitarios Jorge Basadre, Raúl Porras Barrenechea, Jorge Guillermo Leguía, Luis Alberto Sánchez, y otros más, que luego serán los futuros intelectuales, cuya obra publicada contribuyó al debate de las ideas en un país en permanente proceso de redefinición.

Un texto en particular suscitó mi atención, el libro de Neptalí Benvenutto, dedicado a los “Parlamentarios del Perú contemporáneo, 1904 – 1921”, publicado en dos tomos, en 1921, para conmemorar el centenario de la independencia. Allí, en la biografía dedicada al entonces diputado Alberto Salomón, el autor de la obra hizo votos por que el Perú en su centenario recupere la paz solucionando los conflictos internacionales con Colombia, Ecuador y Chile, derivados de problemas limítrofes.

En ese momento en que el Perú llegaba a su centenario, en palabras de Benvenutto, estaba pendiente de solución el largo conflicto con Chile, por la ejecución del plebiscito establecido en el tratado de Ancón de 1883. Las provincias cautivas de Arica y Tacna hasta entonces habían atravesado por un proceso de chilenización, imponiendo la persecución y el miedo contra sus habitantes.

Curiosamente, el diputado Alberto Salomón llegó a ser ministro de Relaciones Exteriores, durante el gobierno de Leguía. En esa condición firmó el tratado Salomón – Lozano que puso fin al problema limítrofe con Colombia. Sin embargo, fue muy cuestionado porque entregó territorios que eran considerados peruanos en el llamado trapecio amazónico. El río Putumayo fijó el límite entre ambos países, pero se cedió a favor de Colombia lo que históricamente había sido para el Perú una pretensión máxima de territorio.

Sobre el particular, recuerdo lo dicho por el historiador Raúl Porras Barrenechea en su libro “Historia de los límites del Perú” (1926). Allí afirmó que el Perú convertido en república tuvo pretensiones máximas territoriales con los países vecinos, pero que en ningún caso correspondían a la realidad. Más allá de la demagogia política, el sentimiento nacional fue un recurso para unificar a la familia peruana en momentos de crisis.
Una vez que asumió el poder el Comandante Luis Miguel Sánchez Cerro, en 1930, después de once años de gobierno autodenominado de la “Patria Nueva”, dispuso la movilización del ejército para recuperar el trapecio amazónico. Sin embargo, sobrevino la muerte de Sánchez Cerro, en abril de 1933, y el asunto quedó cerrado para el nuevo gobierno del General Oscar R. Benavides. Con Chile, el tratado de Lima de 1929 resolvió la situación, pasando Arica a pertenecer a Chile, y Tacna volvió al seno de la patria; pero fue recién en el gobierno de Ollanta Humala que la Corte Internacional de Justicia de La Haya resolvió la controversia de delimitación marítima con Chile.

El problema limítrofe con el Ecuador se resolvió durante el gobierno de Alberto Fujimori con la firma del tratado de Itamaraty, después de décadas de tensa relación entre ambos países que llevó a algunas acciones armadas, como la guerra con el Ecuador de 1941, que puso fin el tratado de Río de Janeiro de 1942.

La invocación de Neptalí Benvenutto tomó tiempo en resolverse. Eran parte de los pendientes por el centenario de la independencia.

Cuando se cumplió el sesquicentenario, el Perú en otro momento histórico estaba ejecutando a través del gobierno militar de 1968 una serie de reformas con el fin de recuperar lo que llamó la dignidad nacional, con la intención de dejar atrás el periodo de oligarquía que, desde los tiempos de la colonia, dominaba la economía del país. El gobierno militar llevó adelante la reforma de las estructuras de poder. A través de una nueva concepción de la realidad nacional, el militarismo en el poder, a diferencia de los anteriores gobiernos militares, no convalidó el modelo político, económico y social; por el contrario, emprendió reformas que por su propia naturaleza eran transgresoras del orden social hasta entonces vigente. La reforma agraria, por ejemplo, siempre polémica, significó un cambio en el problema de la tierra y del indio.

El discurso político del gobierno militar encabezado en su primera fase por el General Juan Velasco Alvarado sentenció la ley de reforma agraria con la siguiente frase: “¡Campesino, el patrón ya no comerá más tu pobreza!”. Asimismo, consideró que el indio en la historia había sido mayoría en pobreza, mayoría postergada por los gobiernos de la república aristocrática y oligárquica. No es casual que la literatura publicada en aquellos años haga énfasis en el ocaso del poder oligárquico. Es el caso del libro publicado, con ese mismo nombre, por el politólogo peruano Henry Pease García (1944 – 2014). Allí sostuvo que a raíz del golpe del 3 de octubre la oligarquía perdió representación en el gobierno.

El Instituto de Estudios Peruanos (IEP), creado en 1964, abordó los estudios culturales comenzando por la sociedad rural después de la reforma agraria. También emprendió por medio de sus publicaciones una línea revisionista de la historia con sentido crítico de las versiones tradicionales. En la serie de Estudios Históricos apareció una provocativa publicación bajo el título “La independencia en el Perú” (1972), escrito por los historiadores Heraclio Bonilla y Karen Spalding. Los autores pusieron en discusión si la independencia había sido conseguida o concedida. Otro investigador del IEP, Ernesto Yepes del Castillo, publicó un libro igualmente polémico para el debate de la época: “Perú, 1820 – 1920: un siglo de desarrollo capitalista”.
El gobierno militar de 1968 al proclamarse revolucionario asumió una crítica abierta a las estructuras políticas, sociales, económicas y culturales. Su intención fue establecer un gobierno nacionalista, un anhelo esbozado en su momento por el pensador peruano, nacido en Moquegua, José Carlos Mariátegui, cuando afirmó la necesidad de peruanizar el Perú. Es así como en el sesquicentenario de la independencia hubo una perspectiva de cambio.

En su mensaje al país, por 28 de julio de 1971, el General Velasco habló de una auténtica independencia, liberada de los grupos de poder económico que históricamente habían dominado el país. Paradójicamente, habló de una democracia de participación de la mayoría del pueblo peruano, históricamente olvidado. Haciendo mención al 28 de julio de 1821, dijo que la independencia fue “una conquista histórica inconclusa, porque fundamentalmente, las condiciones reales de vida de la inmensa mayoría de peruanos permanecieron, en esencia, inalteradas”. Reconoció que se trató de la primera independencia. Al gobierno militar le tocaba ahora emprender una revolución, según dijo, inspirada en la mejor tradición del “pensamiento libertario socialista y humanista”.

En el orden legal, se había interrumpido la democracia, por obra del golpe militar contra el gobierno de Fernando Belaunde Terry. En los años posteriores, se avasallaron las libertades públicas en nombre de la revolución. Una involución, ciertamente, desde el punto de vista institucional, pero al mismo tiempo significó el comienzo de una nueva etapa en la historia del Perú, que hasta entonces vivía una fractura social, entre el Perú formal y el Perú real. Situación que no cambió con el gobierno militar, pero tampoco se puede dejar de reconocer la toma de consciencia nacional. Asumir que somos una sociedad diversa, con realidades distintas, costó hacerlo. Algo paradójico que sea la revolución la causa para la toma de consciencia nacional. O también que haya sucedido lo mismo en los estados de excepción, como en la guerra del Pacífico, de donde el país salió mutilado territorialmente, y solo entonces afloró la consciencia nacional en boca de Manuel González Prada, para reprocharle a la clase política su abandono de los intereses del país.

La violencia terrorista, en la década de 1980, laceró nuevamente la consciencia nacional. El Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación evidenció los desaciertos del Estado peruano, que a lo largo de su historia contemporánea no había resuelto el problema de la brecha social, habiendo vivido a espaldas del Perú real.

Próximos a conmemorar el bicentenario nacional hace falta reflexionar sobre el destino histórico del Perú en un escenario donde confluyan las voces más representativas del país, para juntos fortalecer el sistema democrático con rostro social.

Compartir

Leer comentarios