Arequipa

Los hermanos

22 de septiembre de 2019

La victoria inesperada contra Brasil invita a reflexionar sobre lo que, a pesar de todo, nos hizo felices.

Por: Orlando Mazeyra Guillén

Mi hermano menor, exaltado a más no poder, me despierta casi a medianoche. Abram le acaba de marcar a Brasil. “¡Gol peruano, carajo!”, exclama él mientras enciende el televisor de mi cuarto para que vea la repetición del tanto rojiblanco. Trata, a toda costa, de contagiarme su desbordante alegría.

En la otra habitación mi padre se lamenta en voz alta porque vaticinó una goleada brasileña en la previa. “No puedo ver el partido porque no sé qué canal lo transmite, ustedes nunca me dicen nada”, se queja, sin embargo no le prestamos atención. Su mentira es muy enclenque y pueril. No vale la pena darle cuerda, pues todo puede terminar en una acalorada discusión.

Vemos los últimos minutos del partido en silencio mientras mi padre (otra vez alzando la voz desde su dormitorio) se convence de que “Gareca va a tirar más prosa”. Le caen muy mal los argentinos, sobre todo los entrenadores o futbolistas. Yo, en cambio, les guardo rendida admiración desde que vi jugar a Maradona en los años ochenta.

—¿Te acuerdas de cuando jugábamos a la pelota en el parque del barrio? —me pregunta.

—Claro.

—Yo no era tan bueno como tú.

—Lo sé. Yo tampoco era tan bueno sino que puro cojo había en…

—Me hacías sentir pésimo —me interrumpe—. “Malo de mierda”, me decías. “Aprende a jugar, tonto”…

—Ya no sigas, claro que lo recuerdo todo.

—¿Ahora le dicen bullying, no? —me pregunta.

-Sí, ahora le llaman así.

—En la casa mi papá nos trataba mal y en el parque tú me tratabas mal a mí, pero a pesar de todo éramos felices. ¿Eso era felicidad? ¿Qué piensas? ¿Alguna vez tú has sido feliz?

—No lo sé. Casi…

—Yo quisiera volver a esas épocas y verlos a todos de nuevo. Abrazarlos fuerte y tomarnos una foto. Nadie hacía trampa, jugábamos sin mala intención. Éramos un grupo de amigos leales en torno a un balón. Sanos, sin vicios… inocentes… por eso creo que éramos felices.

—Yo, cuando me salían bien las cosas, me olvidaba de todo. No sé cómo explicarlo.

—Me mandabas al arco —insiste él con los malos recuerdos—. Todos decían que era el puesto para los malos, para lo maletas. ¡Qué importa! Yo sólo quería jugar con ustedes.

—No creo que Buffon o Keylor Navas sean maletas, ah —trato de poner el parche.

—¿Tú hubieras querido ser arquero? Mírame a la cara y dime si alguna vez soñaste con ser portero.

—Jamás —le respondo sin dudarlo.

—Yo sólo quería ser arquitecto pero mamá… y la medicina, su sueño frustrado. Y toda esa vaina.

—Le quisiste cumplir el sueño. ¿Eso está mal?

—No.

—Además, terminé enamorándome de mi profesión. Hasta te podría decir que cuando ayudo a un paciente me siento feliz.

—¿Tú eres feliz cuando escribes?

—A veces.

Mi hermano me obsequia un enorme póster que le trajeron desde otro continente.

—Yo sé que tú no eres hincha de la selección —me dice sin lamentarse o criticarme, sino comprendiéndome—. Pero sí de él.

Es Messi. Está a punto de pegarle a un balón. Le doy las gracias a mi hermano y le preguntó cuánto le costó el póster.

—No importa el precio —me responde—. Sabía que te iba a gustar.

—Yo no he sido un buen hermano —le digo sin ocultar mi malestar—. Contigo las he cagado varias veces.

—Tú siempre vas a ser mi hermano. El que me decía: ponte las zapatillas y vámonos al parque a jugar a la pelota hasta que nos duelan los pies.

Y cómo hacer para reparar lo irreparable. ¿Caben ahora las disculpas extemporáneas? ¿Puedo volver el tiempo atrás y tratar a mi hermano con mayor cariño y sensibilidad? Siento que me he equivocado mucho. Quisiera reparar el daño. El bullying, como le llaman ahora. No se puede.

—Si pudiéramos volver el tiempo atrás yo intentaría jugar mejor —me dice mi hermano.

—Estoy seguro de eso.

—Cada vez que veas el póster de Messi, acuérdate de los felices que éramos a pesar de todo.

—Sí, a pesar de todo.

Él se entusiasma. Me dice que nadie creía que nos podíamos tumbar a Brasil y se pudo. “Siempre se puede”, me dice: “Sólo Dios y lo imbéciles no cambian”.

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