Arequipa

Los hombres que conoció Ayar Peralta eran sencillos y humildes

8 de diciembre de 2019

Personas que influyeron en mí, son miles, quizás la mitad de arequipeños y de otras partes del mundo que me dejaron huella indeleble y formaron mi modo de ser desde niño. Voy a tratar de mencionarlos según la edad en que aparecieron en mi vida.

Por: Ayar Peralta

Luis Alberto Sánchez: quizás me conoció desde que nací en la calle Beaterio No 159, el Tambo Ruelas, En esta casona acudieron muchos personajes. Mi mamá decía que Luis Alberto Usaba sombrero de paja. Cuando ya adolescente conversé con él me dijo si los conozco a los hijos de Antero, tenían nombres medios raros. Sí, le respondí, solo Ayar, Esquilo y Gayda. El tres veces rector de San Marcos fue mi ejemplo de constancia, lectura, y valentía.

Humberto Núñez Borja: Quizás nunca intercambie con él palabra alguna, pero influyó. Se trataba de un personaje muy, pero muy famoso, decían que era el mejor abogado de Arequipa, muy reconocido a nivel local y nacional, quien sabe, más allá del Perú. Yo tendría unos diez años en plena primaria, mi papa dirigía, o escribía en la revista El Derecho, órgano del Colegio de Abogados de Arequipa. Tenía que enviar por correo a todos los abogados asociados. Mi tarea era enrollar cada revista, ponerle título a máquina y llevarla a las oficinas del correo, que aún queda en la calle Moral. Luego iba con un recibito al estudio del doctor, situado en la calle San Francisco, frente a la Prefectura, para que me abone por mi trabajo: ocho soles. Hablamos de 1942, el doctor me recibía con todo respeto y me invitaba a sentarme. Cualquiera supondría que de la puerta no pasaba y que alguna secretaria o un amanuense me atenderían. No. Repito me hacía pasar frente a él y por más que yo quería estar paradito me obligaba o invitaba asentarme como si yo fuera una persona de respeto. No. Era aún niño de diez años con pantalón corto. En el transcurso de los años lo encontré varias veces: Cuando, como ex alumno del colegio Independencia, presidió los festejos por el Cincuenta Aniversario del Colegio. También lo recuerdo cuando la Revolución del Cincuenta, estuvo al lado de Francisco Mostajo, defendiendo al pueblo, a la ciudad de Arequipa, en contra del gobierno tiránico- militar de entonces. Siempre decidido, sencillo y educado, como la primera vez que lo conocí.

Francisco Mostajo Miranda: En ese entonces era decano del Colegio de Abogados de Arequipa. A mis 15 años ante él llevándole una carta que le enviaba mi padre Antero desde su exilio. Su aspecto era como de una escultura de piedra. Vestía terno oscuro, su cara era llena de arrugas, pero no de vejez, sino de lucha incansable. Fue compañero de M. Lino Urquieta en la eterna lucha de liberales versus conservadores. Su voz era clara, como truenos lejanos, sus términos eran contundentes. Se expresó de manera radical contra la tiranía de entonces, 1951, “Antero ha sido mi alumno”, me dijo. Y agregó algo así como “La conducta de lucha, el las sigue de manera ejemplar”. Antero estuvo exiliado ocho años, todo el tiempo de la tiranía de Odría.

Manuel García Suárez Polar. Fue rector de la Unsa. Yo era alumno de premédicas, cuando me recibió. Dado lo alto de su cargo y antecedentes de su persona no esperaba un trato tan cortes y amable.

Alberto Fuentes Llaguno. También rector de la Unsa. Me impresionó la fineza y suavidad de su trato, quizás por lo que había nacido en Lima. Su facilidad de palabra, sobre todo en los discursos era notoria.

Carlos Núñez Valdivia. Mi superprofesor de Química General en San Agustín. La feroz cátedra, que casi era eliminatoria, en la que la mayoría eran desaprobados y algunos, o muchos tenían que viajar al extranjero. Para mí el secreto era: clase pasada, clase estudiada, pero en el mismo momento, apenas terminada la disertación. No importaba que uno perdiera el almuerzo. El hecho era repasar o volver a leer hasta el último renglón. Así era fácil continuar con la siguiente clase, hasta el final. Se daban cinco exámenes parciales durante el año. Para mí fue una sorpresa cuando leyeron las notas, la mayoría sacaba de diez para abajo, unos pocos tenían 11 y 13. La mía fue 17 ¿?. No creía, se habrán equivocado, decía. Esperaba una rectificación y que mi verdadera nota fuera 07, pero no 17. Todos me miraban con asombro. Así me mantuve en los cinco exámenes, al final mi promedio era altísimo. De repente corrió la voz, o así sería la norma, que las notas del primer alumno eran una referencia, y que solo entrarían al examen final los alumnos que obtuvieran el 50% del mejor alumno. En esta situación algunos compañeros, entre serio y en broma me dijeron: “No des el quinto y último examen, te quedas con el cuarto examen, así tu 50% es alcanzable para la mayoría. De lo contrario te vamos a raptar ese día para que no vengas a la universidad”. El hecho es que de cien alumnos que empezamos el primero de premédicas solo aprobamos 14 el segundo año, aptos para postular al primero de Medicina de San Fernando de Lima. Trece viajaron e ingresaron, el único que no viajó fui yo. Por motivos de fuerza mayor tuve que estudiar en La Paz, Bolivia.
Donde conocí grandes hombres la lista de mis maestros de medicina seria larga e imborrable. Pero si estas líneas las leyera algún hermano boliviano se dará cuenta de lo grato e imborrables enseñanzas que ellos me dejaron:

Remberto Monasterio Claure, que si bien fue mi profesor de Oftalmología me enseñó corrección, valentía. Si bien se dice que el ser humano es carne y hueso, él tenía además hierro y temple.
 

Jorge Ergueta Collao. Lo calificaría como “El Grande”. Me enseñó, además de fisiología humana, la rectitud. En su materia de cien alumnos, aprobaban diez. ¿Quiénes? … Los más estudiosos y dedicados a los experimentos, a las prácticas con zapitos, roedores, aparatos de mecánica, electrónica, etc. Para él no había nacionalidad de alumnos, quien sabía, sabia, y el que no, pues no. Con el recién supe lo que es la disciplina. Fue la única materia en el mundo para la que no había feriados ni licencias. Excepto el 6 de agosto, aniversario de Bolivia. Su cátedra funcionaba las 24 horas del día. Para orgullo de los arequipeños y peruanos saqué el primer puesto en esa materia y como consecuencia me invitaron a integrarme a la plana docente de la cátedra que se proyectó a que cuando me gradué de médico, a los 25 años pudiera ser Profesor Principal de la Facultad de Medicina, el más joven de la Universidad. Pero causas de fuerzas, muy mayores, me obligaron a cortar esa posibilidad. Si el tiempo pudiera retroceder, yo aceptaría… pero no podía.
No solo en la medicina y en la universidad he conocido hombres notables. También en otras carreras y en otras actividades:

Juan Manuel Polar Ugarteche, profesor de Derecho en la Unsa, además de alto nivel social. Pero ¿Cómo pudo influir en mi persona un distinguido señor de la llamada “derecha” del Perú? Lo visité en su casa de Cayma y no me hizo pasar protocolarmente a su sala principal, sino a un petit gabinet, donde recibía a sus íntimos. Pero nosotros los médicos tenemos la habilidad de observación hasta con el “rabillo” del ojo: en su mesa de comedor el pan de cada día no era el común de las panaderías, sino del que se compra en los “moles”, pan bien dorado y cubierto con papel especial. Su hermano fue el doctor Mario Polar, mi maestro de cultura peruana. Qué caballerosidad y fineza de hombres.

Rómulo Barrionuevo Calderón. Médico ginecólogo, casado con una dama norteamericana. Su casa quedaba en la avenida Jorge Chávez. Desde la entrada ya se sentía otro olor. Todos los muebles parecían recién salidos de la tienda, bien encerados o recién “encharolados”, brillaban. Los manteles de las mesas corrían sobre la mesa por lo suave y bien lustrados. Años después, en Lima, un pariente me dijo que conversó con unos distinguidos personajes de la capital que habían conocido la casa de Barrionuevo de Arequipa y dijeron que era como la mejor casa de Lima.
Me pregunté entonces y me pregunto ahora ¿Por qué no tratar de vivir así? Limpio, limpio, lo que no quiere decir superlujo.

Miguel Cervantes Olvera. Es el que más me enseñó las operaciones quirúrgicas en los pacientes. Pero, ese no es el recuerdo más importante. Decían que el maestro Cervantes pertenecía al alto mundo mexicano. En ese momento tenía un cargo importante, algo así como Ministro de Salud de la propia capital de México, es decir, del Distrito Federal con más de veinte millones de habitantes. A escasos días de acabar mi residencia como especialista en Urología nos invitó a todos los médicos del Servicio a su vivienda situada en un edificio situado en un barrio de los más elegantes. Al llegar a su departamento me llamaron la atención varias cosas entre ellas: El mozo que nos recibió en la puerta estaba muy elegantemente uniformado de blanco hasta los guantes. La cena nos sirvieron en platos o bandejas bien calientes, algo así como recién sacadas del horno, la intención era, supongo, que la cena que servían no se enfriara. Las bebidas uno escogía a su gusto, nada de la chelita o el coctel, o el “bajativo”, etc. Lo que más me llamó la atención era que en el servicio higiénico había toallitas personales, una para cada invitado, cada una colgada en su gancho respectivo. Al final pregunté ¿Con qué motivo había sido la cena? El jefe, el maestro Cervantes, levantando las cejas me dijo: “Es en tu honor mi querido residente”. Nunca me imaginé. Han pasado muchos años, sigo diciendo: “Gracias maestros mexicanos Cervantes, Azcárraga, López Jara, Zonana” etc… Gracias al Hospital Central Militar de México D.F. situado en la Colonia Defensa.
Una anécdota. Una vez sucedió algo que nunca esperé, ni imaginé, ni me previnieron. Resulta que como todo ejército en el mundo, harán inspecciones, revisiones, auditorías, etc. qué sé yo. En el hospital militar donde hacia mi residencia estaba en inspección y les llamaría la atención que un extranjero y civil estuviese dentro de una institución militar que se supone privadísima. Me hicieron llamar ante el jefe máximo, supongo era un general de cinco estrellas. Yo me presenté y le dije: “Buenos días, señor, para que me ha llamado usted”. Mi inocencia le llamó tanto la atención al señor general, que me miraba de pies a cabeza. Lo habitual hubiera sido que me presentara con saludo militar y taconeando. Al final sonrió y me dijo que conocía Lima, el Cuzco, etc. Me preguntó ¿Qué te parece el hospital…?. Respondí que era muy bueno. ¿Estás contento, te tratan bien? Sí señor, le respondí. Me miró como un grande que tuviera un jovencito débil en sus manos, sigue trabajando me dijo.
Ambos maestros del hospital general me enseñaron como los poderosos deben comportarse con un débil alumnito indefenso, que viene del extranjero.

Ricardo Bernardi y Simón Wainberg, mis primeros jefes de Urología en Argentina. Me enseñaron como vestirme de cirujano y las primeras prácticas como segundo ayudante. Me hicieron pasear por la gran ciudad y hasta me aconsejaron que tipo de auto debería comprarme. Recuerdo mucho que la última noche de mi estancia en Buenos Aires, los médicos argentinos, blancos, altos, bien preparados, que nos llamaban a los peruanos “cabecitas negras”, me despidieron con una cena. Y me preguntaron ¿Su papá qué es, en qué trabaja? Les respondí que era profesor de filosofía en la Universidad. Quizás mi respuesta satisfizo alguna de sus dudas. Me enseñaron que no importa el color de las personas.

Guillermo Zegarra Meneses. Abogado e historiador con muchas publicaciones. Eran muy amigos con Antero, yo fui testigo de la visita que hiciera al Dr. Zegarra cuando estaba ya muy grave. Habían tenido la promesa que en el entierro de uno de ellos, el sobreviviente daría las últimas palabras. Y así fue, don Guillermo murió, se enterró en el cementerio la Apacheta. Los oradores eran muy distinguidos. Antero pidió la palabra y dijo, más o menos, lo siguiente: “Cumplo con el encargo, me toca hablar porque Zegarra Meneses murió primero. Con él tuve una relación de muchos años, fue el único que no me cortó la amistad cuando el suscrito por mis convicciones socialistas era perseguido. Fue el solitario que me acompañó hasta el muelle de Mollendo cuando me exiliaron a Chile, y también cuando mi larga deportación a Bolivia”. Zegarra Meneses nos enseñó amistad y solidaridad.

Horacio Zevallos Gámez: Lo atendí como médico. Era muy sencillo, casi humilde, nada me hacía pensar que era el gran dirigente gremial de los maestros, es casi inmortal, sufrió muchas prisiones pero no se doblegó. Me enseñó lo que es firmeza.

Augusto Chávez Bedoya: también lo conocí como paciente. Fue uno de los fundadores del Partido Comunista. Era un señor alto, delgado, muy educado. Creo que una doctorita, que fue mi alumna, también alta y delgada, muy fina en su trato llamada Martha es su hijita si es así de tal palo fino una astilla finísima.
Un recuerdo especial a personas que creo si fueron caballeros inolvidables. Mis profesores de primaria: Alberto Belon Grundy, que me enseñó a leer, Eufemia de Barrientos, Víctor Rodríguez. Mis profesores del colegio Independencia: Eduardo Arévalo del Carpio, el “Pacalito”, (Física), Manuel Veramendi (Literatura), Carlos Manchego (Historia del Perú), Gerardo Peralta (Química General), los hermanos Damiani, Linares, Bejarano. El director, Zambote Morales, Narciso el portero que vendía pasteles etc. Decían que en el colegio la disciplina era peor que la del cuartel.
No puedo cerrar estas líneas sin dejar de reconocer a las madres religiosas que me enseñaron humildad: Madres Maximila y Colomba en Sala de Operaciones, de la Paz quienes me regalaron los evangelios que leí con mucho respeto. Madre Gabriela del hospital Goyeneche, encargada del quirófano, muy trabajadora y seria. Madre Rosario Yawar cuya congregación queda en la avenida Ejército de Arequipa, se dedicaba atender pacientes de noche. Madre Clementina, la mexicana que trabajaba en la orden anexa al colegio Santa Clara. Muchas otras, que han entregado su vida a su vocación. Respeto total.
A la pregunta de si ahora hay caballeros como los de antes. Me pongo a pensar en los que conocí: José María Bustamante y Rivero, Luis Campos Portal, Guillermo Ballón Landa, René Molina de la Flor, Mariano Palaoy Villegas, Enrique Rondón Garate, Javier Llosa García, Félix Lazo Taboada, Ernesto Rodríguez Olcay., Pienso en dirigentes como Raúl Acosta Salas (Conozco a una hijita suya, enfermera), Santiago Paredes, Jorge Bolaños (ex diputado) Escritores como Jorge Quintanilla, Oswaldo Reynoso, Enrique Chirinos Soto
Todos los ilustres personajes mencionados ya han fallecido. Loor y Gloria a ellos.
Pero quedan dos vivos de sencillez y humildad. Uno es Carlos Meneses Cornejo. Caballero de auténtica fino estampa y distinguido trato. Periodista que mantiene los valores éticos. Una vez en uno de sus periódico publicaron una entrevista que me hicieron y no sé por qué unas personas le pidieron haga lo mismo con lo que ellos querían. Meneses les respondió, más o menos así: “Lo de Ayar hemos publicado por que es un hombre honesto”. . Nunca me imaginé que tenía el aprecio de don Carlos. El otro personaje vivo es Gustavo Rondón Olazabal, médico neurólogo, condiscípulo de mi promoción. Desde estudiantes tenía facilidad para el dibujo didáctico, grafica bien los tendones, arterias nervios, etc. que hacen entender fácilmente al que lo escucha. Inquieto en la investigación y aventura, con el íbamos a los cementerio para conseguir piezas de estudio. También subíamos los volcanes. Es muy cuidadoso con sus pacientes, demora entre una hora y hora y media para atenderlos. Todo a la antigua.
En otra oportunidad recordare a mis maestros de EE.UU. y Europa.

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