Arequipa

Los hombres que yo conocí: Víctor Raúl Haya de la Torre

6 de octubre de 2019

Un encuentro del líder del Apra con un grupo de jóvenes en un paseo de colegio.

Por: Dr. Ayar Peralta

De Víctor Raúl Haya de la Torre se han hablado o escrito muchas barbaridades, por ejemplo Odría dijo: “Que era un criminal común, y que habría que colgar en los postes eléctricos a todos los apristas”. Se dio la orden de capturarlo vivo o muerto. Su vivienda fue confiscada y saqueada. “Haya no es digno de la ciudadanía peruana” y se ordenó su expulsión del Perú (Bibliog. Prólogo de Luis Alberto Sánchez en el libro El Señor Asilo de Luis Alva Castro, 1948).

En mi Perú, por fortuna, el Apra (Víctor Raúl) está vencido y jamás volverán a actuar como organismo político. Que de un modo u otro estorban la evolución de la política nacional. Constituyen un lastre. El jefe y sus seguidores son repudiables hasta la náusea. Es un traidor. Sostenía su vida de ocio con fondos del Partido Aprista proveniente de las cuotas de humildes y sacrificados trabajadores, cuando no de niños fanatizados. Haya padece de aguda megalomanía “Haya visitaba frecuentemente Paris, impecablemente vestido, nada tenía que envidiar al más elegante gentleman inglés”. (Bibliog. Luis E. Enríquez La estafa política más grande de América, 1951).

Eudocio Ravinez regresó al Perú en 1945 para combatir al Apra y a Víctor Raúl. Fundó el semanario Vanguardia, que duró de 1945 a 1963, en el que escribió ediciones íntegras en contra de Haya. Publicó el libro The Yenan Way.

Mayor Víctor Villanueva escribió el libro Tragedia de un pueblo y un partido, 1954. Relata su experiencia en la sublevación de la Marina el 3 de octubre de 1948. Ningún líder aprista, menos Víctor Raúl, se salva de una crítica calumniosa.

No todo está mal, hay ejemplos que seguir, o por lo menos conocer lo que sucedió entonces. Del año 1931 al 1945 sucedió lo que se llamó “La gran persecución” fue la época de la clandestinidad, de las deportaciones, de los encarcelamientos, de los confinamientos en la Isla Frontón, de los asesinatos, de los fusilamientos, etc. Y todo ¿por qué ? Por simplemente pensar distinto al gobierno del momento.

Víctor Raúl fundó la Alianza Popular Revolucionaria Americana el 7 de mayo de 1924 en México y un discípulo suyo, Antero Peralta, siguiendo su ejemplo, en diciembre del mismo año, fundó la primera célula arequipeña.
Quizás por eso le tuvo mucha simpatía, Víctor Raúl envió varias cartas a Peralta. Reproducimos una de ellas:

Lima, enero 29 de 1942
Querido compañero Antero Peralta:

Al saber que usted está de nuevo en su puesto de acción dirigente, al haber sido designado para el nuevo CED, he experimentado una satisfacción que no puedo ocultarle. Su nombre está vinculado a la lucha del aprismo en Arequipa desde los difíciles comienzos y pertenece usted a la “vieja guardia” de la que soy yo también soldado y en la que hemos de permanecer jóvenes hasta la muerte o hasta la victoria, pero dignos siempre de una causa egregia que forma parte de nuestras vidas.
Vivimos horas tan tensas y fecundas que nunca como hoy debemos sentirnos alegres de pertenecer a un mundo de lucha y de prueba. El aprismo se ha adelantado en todo a este minuto atormentado de tantos pueblos. Antes que los oprimidos de Europa, que los invadidos y que los perseguidos hemos sufrido nosotros el dolor de todas las adversidades, que bien sobre llevadas por el ilustre ideal constituyen la mejor escuela de energía la más segura (No legible)……………. De una auténtica y perdurable victoria.
Estamos ahora en la etapa cimera de la batalla. Se acerca para nosotros el triunfo, acelerarlo, aproximarlo es nuestra tarea. Y aquí debemos cumplirla con la decisión porfiada de los hombres seguros de su destino. El aprismo debe ser impulsado ahora hacia su meta victoriosa por la voluntad de vencer que no conoce temores porque sabe que solo con audacia y con arrojo se gana la libertad.
Yo espero que usted, desde el importantísimo puesto que se le ha señalado dinamice toda la acción de propaganda del partido y haga de ella la tremenda palanca de agresión y de eficacia que debe ser. Hay que llevar la voz del aprismo a todos los rincones del departamento y del Sur. Y hay que hacer de nuestro apostillado un fervor militante y “motorizado” que se extienda más y más.
Creo que el nuevo Comité coordinado, unido, resuelto a hacer más que a proyectar, realizará la obra que todos esperamos. Y tengo fe absoluta en que cada uno de sus componentes agigantará sus esfuerzos para responder con la máxima eficiencia a las demandas apristas de esta hora. En todo el país el resurgimiento de la decisión y la movilización de nuestras masas es el resultado inmediato de la intensa labor dirigente.
Con un abrazo fraternal en el Apra, se despide su afectísimo compañero
Seasap.
Firma: Víctor Raúl Haya de la Torre

En 1948 yo tenía 14 años y Víctor Raúl, exactamente 53, fue la primera vez que lo tuve frente a mí cuando hicimos un paseo por el campo, de él decían que era un búfalo, un delincuente común que había matado u ordenado asesinar muchas personas, que era vendido al oro de Inglaterra, que usaba y vendía drogas, que era un gordo panzón, en las caricaturas lo ridiculizaban como que cargaba su enorme barriga en una carretilla, lo “vestían” con ropa de mujer. etc. Los periódicos “grandes” y los chicos, también, lo combatían.

Pero qué distinto fue cuando lo conocí personalmente. Yo estudiaba en el colegio Nuestra Señora de Guadalupe, alguien nos avisó o invitó a un paseo fuera de Lima, más allá de Chaclacayo, más allá de Chosica, creo que era Huarochirí. A la manera de los “boy scouts” acampamos al lado de un río, dormimos en carpas. Al día siguiente, después de almorzar, vimos en el jardín de la casa vecina un señor que nos miraba y nos invitó a pasar. Lo que vi fue un hombre alto y grueso, de frente amplia, que estaba sin camisa, solo con short y zapatillas, el señor era Víctor Raúl Haya de la Torre, estaba solo, lo acompañaba un “perro pastor alemán”. Nosotros éramos unos veinte o treinta jovencitos estudiantes de secundaria.

Nos saludó dándonos la mano a todos. Me llamó la atención su figura, casi atlética, que contrastaba con las caricaturas de panzón cargando su barriga en una carretilla. Su piel era rosada, teñida por el Sol. Se puso a jugar con nosotros con una pelota de cuero bastante pesada, más grande que las de fútbol. El juego consistía en arrojarla, y así sucesivamente. Era difícil, la mayoría caíamos al suelo. Era un juego que lo había aprendido en Suiza. Después de muchos esfuerzos y risas nos dijo –“Vamos a caminar por los cerros”.

Empezamos a subir, él iba por delante, casi corriendo, y donde había sequías o zanjones saltaba, algunos no podíamos, teníamos que buscar un plano o un puentecito para cruzarlo. Así llegamos a un escarpado del ascenso, nos detuvo y nos mostró en la lejanía dos cerros que se juntaban por la base. Miren esos cerros, nos dijo, continuamos el ascenso y cuesta más arriba nos volvió a detener y señalar la dirección donde vimos a los cerros, ya no estaban a nuestra vista, había un tercero en su lugar, y nos explicó “Miren, aquí se aplica la Teoría de la Relatividad, abajo se miraban dos cerros, aquí se mira uno. Eso depende de la posición en que estemos…”

En toda esa excursión, más claro, en toda la caminata, no obstante las horas transcurridas, nunca nos habló de política. Su conversación fue sencilla, se ocupó de nuestro colegio, de los profesores que conocía, de las películas de moda de entonces (Ali Baba, la alfombra mágica, el ladrón de Bagdad, etc.) nos dijo que personalmente conoció a varios actores. Nos mostró un bastón que tenía incrustadas varias medallas, se lo habían dado en Suiza –“Cuanto más subes, en cada pueblecito, te ponen una medalla”. Se reía y nos reíamos con cada anécdota.

No recuerdo como lo tratábamos, nadie le decía “compañero”, era un amigo más. Ahora me doy cuenta que esa fue la mejor manera de comportarse con adolescentes, creo que así nos impresionó más. Ahora que somos hombres valoramos su actitud de dejarnos en libertad de pensamiento.

Al regresar, ya ocultándose el Sol, alguien le dijo que yo era hijo de Antero Peralta. Me miró y cariñosamente apoyó su potente brazo derecho sobre mis hombros, y así bajamos varios cerros, yo miraba en su antebrazo sus bellos dorados, su piel quemada por el Sol, y así llegamos a su casa. He escuchado muchos de sus discursos, ninguno me ha impresionado tanto como esa conversación que tuvimos de un joven mayor a jovencitos.

Cuando murió el 2 de agosto de 1979 vi llorar a mucha gente. Yo. Hasta ahora, solo sigo pensando. De mi papá dijo: “Él no es Antero, sino Entero”. Ambos me enseñaron a no odiar, ni a ser vengativo ni anticomunista, ni antiderechista, ni antimilitar. Me enseñaron la fraternidad, la modestia, la sencillez, la honradez.

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