Arequipa

Los internados en las alturas

17 de noviembre de 2019

 

Durante 15 días se alejan de sus familias para ir al colegio aprender nuevos conocimientos y oficios.

Por: Roxana Ortiz

En la región Arequipa existen niños que tienen que viajar diez horas para asistir a un colegio, dejar la familia, la protección de la mamá, el papá, la convivencia con los hermanos, para ir a vivir en un lugar alejado, sin ningún tipo de comunicación por un lapso de 15 días, donde con el tiempo, logran formar una nueva familia, con nuevos padres y nuevos hermanos.
La geografía del Perú, especialmente de la sierra peruana, es muy accidentada, en la mayoría de casos, ni siquiera existen carreteras para unir a los anexos, porque no reúnen los requisitos para hacerla: tener una cantidad mínima de habitantes, pero existen familias con niños que tienen derecho a la educación o la salud.

Sería imposible tener una escuela en cada anexo o docentes
que estén a cargo, por eso es que cada cierto número de anexos se cuenta con una escuela para reunir a todos los menores de los alrededores; pero cuando la distancia es tan extrema, de más de 10 horas de distancia, se hizo necesaria la creación de los llamados
CRFA o Centros Rurales de Formación en Alternancia, que en una ciudad serían denominados “internados”.

En el CRFA del distrito de Choco, en la parte alta de Castilla,
se han dividido en dos grupos, el primero, para los estudiantes de primero y segundo de secundaria y el segundo para los de tercero, cuarto y quinto de secundaria. El primer grupo asiste al colegio los primeros 15 días del mes, mientras que el otro grupo asiste
la segunda quincena.

Joel Merma Yanque estudia en el primero de secundaria,
ve a sus padres durante dos semanas, pero a su hermano mayor apenas por unos momentos en el año. Ambos están en grupos distintos y se saludan cuando a uno lo acerca la camioneta del municipio de Choco a su casa, mientras el otro espera para abordarla.

“Ya nos hemos acostumbrado. Al principio era muy difícil,
tenía miedo, me sentía solo, pero luego ya me dieron confianza y creo que ahora es mejor los 15 días del colegio que en mi casa. Tengo más confianza con mis profesores, conversamos más”, comenta Joel.

En el colegio tienen un promedio de 15 compañeros
con los cuales compartir, jugar, conversar. En casa cuando regresan, se dedican a realizar las tareas dejadas por los docentes y ayudar con la crianza de los animales, en el pastoreo, donde permanecen por varias horas en la soledad del campo.

“Los docentes, que tenemos que hacer las veces de monitores,
tenemos a nuestro cargo 3 a 4 estudiantes, a quienes les hacemos seguimiento. Son tutorías en donde conversamos de sus cosas, de sus preocupaciones, de sus problemas. Muchas veces hacemos el papel de padres”, cuenta Nancy Mamani Nina, que es la directora
del CRFA de Choco.

El trabajo que desempeña en el lugar es arduo. Una larga
jornada que se inicia a las 5 de la mañana. Los adolescentes se levantan de madrugada, pero para ir a jugar al fútbol. “Hemos salido campeones de Caylloma y en tercer lugar de Arequipa”, dice orgullosa la directora.
Luego de la hora de práctica deportiva, van a las duchas
y a desayunar para iniciar la jornada educativa, que va hasta pasado el mediodía. Luego almuerzan. Tienen una cocinera que les prepara los alimentos donados por el municipio de Choco. Luego “para bajar el almuerzo”, se dedican a hacer una tertulia, sobre los temas que quieran conversar, todo lo que a ellos se les ocurra y luego retoman la jornada hasta las 9 de la noche, la hora de descanso.

Pero cómo viven en una comunidad rural, la idea de estos
centros de estudio, es no desligar a los estudiantes de su realidad y parte de sus conocimientos están aplicados a sus vivencias.

El profesor de Matemáticas, Víctor Chusi Ramos, explica que además del currículo educativo que deben completar todos los colegios, tienen los llamados Planes de Investigación, que son 10 en el año y que se desarrolla uno por cada mes y relacionado con la realidad de cada uno de los estudiantes.

Allí en Choco, la población vive de la ganadería y de la agricultura, en baja escala. Tienen vacas, ovejas, cuyes, piscigranjas de truchas, o también algunos árboles frutales. Cada tema de investigación está relacionado a una de esas actividades. Si el alumno elige a los cuyes por ejemplo, cuando retorna a casa, se dedica a investigar sobre los pequeños roedores; pero no a través del internet, como sucedería en la ciudad, sino yendo a buscar a los criadores, preguntando cómo se reproducen, su alimentación, cuidado y otros.

Una vez que llegan a clases comienzan a desarrollar las exposiciones, invitan a un criador que les explica a todos la crianza; el profesor también aporta con la parte teórica y hasta hacen una clase práctica con la preparación de un plato en base a cuy. “Todo lo aplicamos de acuerdo a su realidad, la matemática usamos para calcular el terreno, la distancia, el tamaño de la jaula y otros”, señala el docente.

Incluso antes de la preparación del plato, hacen la disección
del animal, y aprenden Ciencia, Tecnología y Ambiente, Biología, Ciencias Naturales y cursos afines.

Los adolescentes en estos centros de alternancia aprenden
a ser más independientes y responsables. Ellos mismos hacen sus quehaceres, limpian su cuarto, arreglan sus camas, lavan su ropa y ayudan en lo que sea necesario. Las mujeres tienen su propia habitación lo mismo que los varones, así como los docentes. “Aquí hacemos nuestras cosas solos, hemos aprendido lo que no nos enseñaron en casa”, cuenta Jefferson Ccasa Alcasihuincha.

“No tenemos mayores problemas de conducta, porque se trata
de personas muy sanas, alejados de los vicios; pero como en todo adolescente se les alborotan las hormonas y tenemos que estar atentos a cualquier cosa. Lo bueno es que han aprendido a respetarse mutuamente y han aprendido a convivir en armonía”, añade la  docente.

“No queda otra alternativa”, dice el docente y lo mismo pasa con los profesores, quienes tienen que aprenden a convivir como familia, porque finalmente pasan casi todo el día juntos.

En este Centro de Alternancia, si bien cuentan con el apoyo del municipio de Choco, tienen muchas carencias. Habitan en aulas prefabricadas que cuando se presentan las lluvias el agua pasa al interior, la madera se hincha. Están solicitando al Gobierno Regional de Arequipa la construcción de una mejor infraestructura para hacerles la vida más llevadera, aunque las carencias muchas veces se disimulan por el empeño que le ponen los estudiantes y docentes por seguir adelante.

Elizabeth Cassa Ccaza, al igual que Ana Tomayo Mendoza, viven a varias horas de distancia, a más de 4 mil 500 metros sobre el nivel del mar, como muchos de sus compañeros, encontrando en el internado un mejor clima para estudiar, porque prácticamente está enclavado en un valle; pero les gustaría contar con una mejor infraestructura para seguir estudiando y viviendo.

“Ya se acercan las vacaciones y tenemos que retornar
a casa. Vamos extrañar el colegio. Allá no tenemos amigos con quien conversar”, lamentan las adolescentes, quienes en conjunto con los docentes, han logrado formar una gran comunidad.

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