Arequipa

Maestro, permítame un minutito nomás

5 de septiembre de 2020
Foto: "Cantora" y una nota entregada por una niña de primaria.

Por: Carlos J. Ylla Quenaya

Cuándo pienso en todas las actividades que se suspendieron debido a la pandemia, viene a mí la nostalgia. Los conciertos, talleres, reuniones, etc. han cambiado sus dinámicas para poder adecuarse al entorno virtual. Como artista, profesor y trabajador cultural me es difícil lidiar con esta nueva modalidad, no porque no domine el uso de la tecnología, sino porque mi público objetivo está compuesto en su mayoría por personas de bajos recursos o poblaciones vulnerables y son estas las que, gracias a la brecha digital, no tienen acceso a clases virtuales o algo parecido. Pero, sin dudarlo, una de las actividades que más me llena de nostalgia es el “carreo”.

El carreo, para quienes no están familiarizados con el término, es una actividad que consiste en la intervención artística, educativa, política o cultural en los buses del transporte público en la espera, o no, de una retribución económica. Esta definición no se encuentra en el diccionario debido a que el cambio semántico que ha sufrido es parte de la apropiación del término por cierta comunidad de hablantes. La primera vez que oí esta palabra fue dicha por un compañero que rapeaba en los buses. Por falta de evidencias, no puedo afirmar que el término sea propio de la cultura Hip Hop, pero sí puedo decir que en este espacio se conoce muy bien del mismo y se usa con naturalidad.

Empecé a carrear luego de que un amigo, con el que ya me presentaba en una plaza del centro de la ciudad, me rete a vender una caja de bombones que le obsequió su pareja. Asumí el reto y luego de despedirme, subí al primer bus que encontré, agarré el pasamanos con fuerza y en la otra mano puse el parlante. Me presenté y empecé a cantar. La mayoría me miraba fijamente, yo intentaba no olvidar la letra. Terminé, pasé a vender los bombones, agradecí y bajé del carro. Cuando me puse a contar lo recibido, me emocioné. Gané 18 soles en un solo bus. Tenía 16 años y esa cantidad no era nada despreciable, así que empecé a hacerlo con mayor frecuencia.

Al principio cantaba canciones mías o de algunos grupos de rap peruano que escuchaba en ese momento. Componía canciones exclusivamente para el bus y hasta compré un cajón para mejorar la puesta en escena. El acto empezaba con una presentación mía como artista, seguía la canción y luego una reflexión crítica sobre el tema que trataba en los versos. Mi contenido siempre fue político y social. Al contrario de lo que muchos piensan, esta actividad es bastante rentable, en un buen día llegaba a ganar hasta 150 soles en 8 horas aproximadamente, pero conozco de compañeros y compañeras que han logrado recolectar mucho más.

En casa y fuera de ella no era visto con buenos ojos, incluso la mamá del amigo con el que empecé a carrear, en una ocasión llamó a la mía para culparme de “llevarlo por el mal camino”. ¿Qué les puedo decir? Prejuicios e ignorancia hay en todo lugar. No saben cuántos familiares, amigos y conocidos me han mirado con desprecio cuando se topaban conmigo en el bus o cuántas charlas he recibido de tíos y tías preocupados por mi situación. Esa fue una de las razones por las que me fui de casa. Lo tenía claro, quería vivir de la música, ya había ingresado a estudiar Literatura y con lo que obtenía carreando me alcanzaba para mudarme. Debo aceptar que ninguna de mis decisiones en ese momento fue bien recibida por mis padres y lo comprendo, el arte en todas sus expresiones no es visto con buenos ojos por la sociedad, hay estereotipos que persisten relacionados con el trabajo artístico, pero eso no iba a impedir que tome ese camino.

Así que me fui y continué carreando. Desde ese momento no he dejado de hacerlo, claro hasta que llegó la pandemia. He vivido muchas experiencias en los buses, podría decir que el carreo es parte de mi formación como persona. Me ha permitido vivir independientemente durante siete años, sacar dos discos los cuáles vendí por el mismo medio, implementar un estudio de grabación en casa, me ha enfrentado contra mis propios miedos, me ha dado una seguridad tremenda en el escenario que la utilizo también cuando me desempeño como tallerista o docente, he conocido a personas increíbles y, sobre todo, me ha conectado directamente con la realidad. Por ello, en la necesidad de fomentar pensamiento crítico en la población, pasé de rapear a dar charlas y vender fanzines. Hasta antes de la cuarentena, empecé con una publicación llamada “Disenso” que reunía artículos de opinión propios sobre diversos temas que, luego de abordarlos en la charla, eran discutidos por los pasajeros. He tratado temas como el referéndum, la educación, la alimentación saludable, la tecnología, la violencia, entre otros. Estoy convencido de que una forma de mejorar como sociedad es llevar el debate hacia los espacios públicos. Compartir conocimiento y recibirlo es parte fundamental de toda persona y ese es mi principal objetivo con el carreo.

Estoy eternamente agradecido con esta actividad, por eso me apena mucho no poder realizarla, hacerlo me pondría en peligro a mí y a mi familia. No solo era mi sustento económico, sino también emocional e intelectual. A veces subía tan solo a compartir mi lectura de algún libro con los pasajeros y algunos me recomendaban otras. Guardo libros, cartas, abrazos, palabras de aliento, críticas, golpes, sonrisas, etc. como recuerdos. Sé que todo pasará y lo volveré hacer, será más necesario que nunca.

Hoy estoy tan desconectado de la realidad que salir a la calle me da miedo, no porque no sepa lo terrible de la situación, al final todos lo sabemos, sino porque el carreo me permitía conocerlo de cerca y especialmente sentirlo, era mi cable a tierra. Aquellos académicos, políticos y artistas que siempre hablan o escriben sobre la realidad en libros, discursos y canciones deberían carrear por un tiempo para no solo hablar de la realidad sino sentirla, así tal vez sean más humanos.

_______________________________

El «Capricho» de Espinar

 

Compartir

Leer comentarios