Arequipa

María: protagonista de una crónica de violencia con final anunciado

3 de noviembre de 2019

El caso llamó la atención de las portadas de periódicos locales, sin embargo a la fecha no hay una solución a este caso. La madre de la muchacha no pierde la fe y sigue adelante en su búsqueda.

Por Roxana Ortiz

Por las noches planea la rutina que seguirá al día siguiente. Despachará a sus dos hijos al colegio; sino fue el día anterior, volverá a la Divincri para averiguar si alguien se ocupó de su caso; buscará a la fiscal, en quien ha puesto sus esperanzas; luego pasará por alguna emisora que nuevamente quiera oír su historia, recorrerá una chacra lejana, algún terreno baldío y volverá por la tarde con el cuerpo y las esperanzas hechas trapo. Es el día a día de María Yagua, que incansablemente busca a su hija Fernanda Quiñonez Yagua, quien desapareció hace más de un mes.

La desaparición de Fernanda, al parecer, no es más que el final de una larga cadena de violencia, que se inició desde el momento que María decidió casarse. “Ya se le pasará, ya cambiará, ya se dará cuenta”, pero nada de eso sucedía. Al principio, mientras sus hijos eran más pequeños, las discusiones eran disimuladas y el maltrato también, luego con el tiempo, ya no importaba quién lo miraba ni quien escuchaba.

Varias veces acudió a la comisaría a denunciarlo, pero era letra muerta. Los insultos eran de todo calibre, incluyendo a los niños.

Es la justificación de siempre: “Aguantaba por mis hijos y ahora me arrepiento”. María se arrepiente de haber soportado años de violencia que cada día fue creciendo, a tal punto que tiene razonables y certeras sospechas que su esposo, el propio padre, sea el presunto autor de la desaparición de su hija.

Habían conseguido construir una casa con su esposo, Manuel Quiñonez, de hasta tres pisos en Alto Selva Alegre, pero para evitar sea embargada por unas deudas que se hicieron, la pareja decidió pasar la propiedad a nombre de la hija mayor, Fernanda.

La vida continuaba y peleas cada día eran más constantes. Esta vez al lío conyugal se sumó Fernanda, a quien el padre exigía la devolución de la casa, sin tener una respuesta positiva, pues era la intención de ella preservar el bien para su madre y hermanos menores.

Un día, mientras los niños almorzaban, ingresó el papá y con un cuchillo los amenazó con matarlos. Si no fuera por un vecino, habría consumado el parricidio. Entonces María decidió: es suficiente, y les dijo a sus hijos para ir a buscar un cuarto donde vivir. Fernanda, quien en el primer piso había puesto un lubricentro, con cuyos ingresos mantenía a sus hermanos y se pagaba la universidad, dijo que no se preocupara por ella, que prefería seguir viviendo en la casa.

Según cuenta, el padre cada vez que podía amenazaba a su hija de muerte, exigiendo la devolución de la casa, pues quería vender la propiedad. Él vivía en una habitación del primer piso, contigua a los cuartos que ocupaba Fernanda.

María mientras tanto trabajaba en una universidad haciendo la limpieza para mantener a sus hijos. Un lunes, de hace un mes, recibió la llamada de su hermana, que vivía a pocas casas de donde quedaba su vivienda y le dijo que le extrañaba que el lubricentro estuviera cerrado y que Fernanda no le contestara en teléfono.

María no cesa de buscar a su hija.

María dice que sintió un dolor en el pecho indescriptible. Le dijo a su jefe para salir del trabajo, pero se negó a darle permiso. Esperó que sean las 10:00 de la noche para irse a casa, porque tampoco le contestaba el teléfono. Llamó al esposo para preguntar si la había visto y le dijo que no. Entonces pidió que fuera a recogerla al trabajo, pues temía que algo hubiera pasado a su “pequeña”. Le extrañó que aceptara la petición, pero no reparó en ese detalle hasta mucho después de los acontecimientos.

Ya en la casa esperaban sus dos hermanos, quienes confirmaron la desaparición, por lo que fueron a presentar la denuncia.

¿No te has dado cuenta que no estaba?, recriminó al padre. “Seguramente se ha ido a Mollendo, la vi sacando sus cosas. Ya regresará”, dijo furioso.
Por respuestas como esa y otras que fue dando posteriormente el esposo, es que María recordó que dos días antes de su desaparición, su hija la llamó y dijo que nuevamente había tenido una dura pelea con el padre y que la había amenazado de muerte, luego que le increpara a quien se refería cuando hablaba por teléfono “que tenía el dinero para que se encargara del tema”. Él no se habría dado cuenta que lo estaban oyendo, más aún cuando había llegado bebido. “Morirás antes de tu cumpleaños”, gritó. Fernanda cumplió 22 años el pasado 5 de octubre.

Al día siguiente la universitaria fue a colocar una denuncia contra su padre y pedir garantías para su vida.

Fernanda sospechaba que alguien iba a hacerle daño, por lo que hizo instalar unas cámaras de vigilancia en su casa, equipos que el padre conocía de su existencia.

Al desaparecer la joven universitaria, la Policía revisó las grabaciones. Se observa cómo la joven ingresa a la vivienda y al parecer tiene un altercado con el padre y entrega unas llaves; luego se dirige a la cocina y es la última imagen que se tiene de ella con vida. Pero también el papá en un momento cubre la cámara con una tela y posteriormente la mueve enfocando hacia otro lugar.

Padre es el principal sospechoso de la desaparición.

Sin embargo en la grabación se aprecia que el padre tiene una intensa actividad toda la noche, entra y sale de la casa cargando varias bolsas negras, y ya casi de día hasta se le aprecia saliendo de la vivienda acompañado de otra persona, una mujer.

“Su accionar no es normal, después de la desaparición de mi hija. Tenía dos arañones en la cara, que dijo se los había hecho en el trabajo. Además de seguir con su vida como si nada hubiera pasado, da respuestas que no tienen sentido, como que movió la cámara porque dice que le molestaba la luz, a un cliente del lubricentro le dijo que ya no iban a atender porque mi hija se fue de viaje, manda a un amigo suyo a averiguar si sabemos algo. Yo estoy segura que él sabe dónde está”, dice María.

A ello hay que sumarle que han desaparecido los documentos de la casa y DNI de su hija; dinero que Fernanda guardaba en paquetitos de monedas de 20 soles y que un día, el padre dio a la hija menor para que vayan almorzar. Se han desaparecido varios bienes del negocio de su hija y tampoco da explicación sobre la ubicación del celular de Alejandra, que en el vídeo se observa estaba en el sofá. Luego el sospechoso manipula el equipo y coloca en una bolsa.

Hasta ahora no se conoce su paradero.

“Acaso no está todo claro como para que la Policía lo obligue a decir dónde se ha llevado a mi hija. Yo sé que él la tiene, pero debe estar amarrada, encerrada en algún lugar. Sé que está viva y sus hermanos de él también lo saben, por eso lo están cubriendo”, dice María.

También recuerda un episodio bastante raro, ocurrido semanas atrás. Cuenta que su hija recibió una llamada desde de Quillabamba, donde su padre, el sospechoso Manuel, había decidido viajar porque dijo estaba estresado y quería descansar.

 

Un hombre la llamó por teléfono y dijo que había fallecido en un accidente y en uno de los bolsillos había encontrado su número telefónico.
Su madre incrédula, a través de un policía, cliente del lubricentro, mandó a averiguar si había ocurrido un accidente o algo que habría provocado la muerte de su esposo. La respuesta fue que no.

Pero lo sospechoso es que una hermana del padre fuera a recriminar, en varias oportunidades, por qué no había viajado Fernanda a ver qué pasaba con su padre. María dijo que esperara unos días, mientras insistían con el teléfono, hasta que en una oportunidad, timbran de un teléfono desconocido y contesta, dando como explicación que un amigo “había hecho una broma pesada”.

No es la primera vez que María pisa una comisaría. Como tuvo una larga vida de violencia, también acudió varias veces a denunciar a su pareja agresora, pero como es casi algo común entre las mujeres que han pasado por actos similares, sólo cumplía con una formalidad, porque hasta los policías se habían hecho amigos del camionero maltratador y volvía a la casa solo para burlarse de su víctima.

Como un fantasma María pasea las calles llevando una fotografía de la hija amada preguntando por ella. Por las noches prende una vela y no cesan los interminables rezos.

Por momentos parece perder la fe. “Lo busco para que me diga dónde está mi hija, le suplico, le ruego, me he arrodillado llorando. A veces como que quiere decirme algo y luego se enoja, grita, insulta. Si no está viva, que me diga dónde está su cuerpo, así estaré tranquila, así dejaría de buscarla”.
Asegura que las investigaciones no están avanzando, no lo han vuelto a citar y continúa con su trabajo, viajando, sin importarle nada.

El día de la entrevista con María se dio a conocer la noticia de un nuevo feminicidio en Arequipa.

Una joven madre de familia, fue asesinada por el padre de sus hijos, luego de algunos años de insufrible y callada violencia. Un caso más que solo cambia los números.

“Voy a la Divincri y ya me tratan mal por cargosa. Estamos investigando, me gritan. ¿Qué hago, me quedo sentada mientras no sé qué pasó con mi hija?. María tiene los ojos fijos en la fría pared de sillar, como esperando una respuesta. A esas horas las lágrimas ya se agotaron. La hija menor Luciana, que esta vez es quien la acompaña en el diario trajín, la observa en silencio. Quién sabe si habrá asimilado la realidad de saber que a su padre, están acusando de asesinar a su hermana, a su propia hija.

María dice que no se va a rendir en la búsqueda de Fernanda, como seguramente ninguna madre lo haría.

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