Arequipa

Meretricio, delincuencia y comercio ambulatorio se apodera de la ciudad

24 de marzo de 2019

Por: Roy Cobarrubia V.

A las once y media de la mañana un policía municipal se encuentra parado entre la esquina de la calle Mercaderes y la calle San Juan de Dios, al lado de él se encuentra un muchacho con barba que levanta con ambas manos una casaca de cuero. “¡Chamo!, compre casacas, con garantía de la policía municipal”, expresa, mientras ríe y el agente municipal solo atina a sonreír.

La principal calle de la ciudad, es literalmente, una fiesta en donde policías municipales, ambulantes, mimos, mendigos, niños mendigos, vendedores de tarjetas de celular, extranjeros, mochileros e incluso cantantes, ejecutan un “rumbón”. Un jolgorio en donde la autoridad aplaude cual expectante.

El gerente de Servicios a la Ciudad, José Luis Narro, inició desde hace unas semanas una especie de reformulación de la imagen y eficiencia de la Policía Municipal con resultados y realidades desalentadoras.

Según ha dicho solo tiene a su servicio 65 policías municipales, divididos en dos turnos, es decir un aproximado de 30 hombres por la mañana y 30 por la tarde, cifra acercada porque según Narro el personal puede llegar a ser en número mucho menor por descansos, vacaciones o permisos.

A las ocho de la noche un muchacho montado en una bicicleta y con un parlante a “full” volumen, estacionado, y con un grupo de amigos frente a la Plaza mayor de Arequipa, casi ya para ingresar a la calle Mercaderes, escucha una pegajosa y nada agradable canción de reggaetón del puertorriqueño “Bad Bunny”. “Pero solo sé que yo recordé cómo te lo hacía yo aquella vez y yo no puedo seguir solo pero sé que te boté”, se escucha la voz del cantante por el parlante, que tiene por estilo impostar una voz incómoda.

“¿Por qué debo de bajar el volumen?, el policía municipal no me dice nada así que yo no bajo nada”, expresa el muchacho del parlante cuando los ciudadanos le increpan sobre la zona patrimonial. Son cerca de las ocho de la noche, y a esa hora los agentes de la policía municipal se encuentran en refrigerio.

“Lo que pasa es que como sindicato tienen ganado una hora para refrigerar salen a las siete y media y regresan a las ocho y media, y regresan para cumplir su turno hasta las nueve de la noche, pero lo que pasa es que muchas veces usan esos 30 minutos para llegar a marcar su tarjeta en el Palomar”, declara Narro en una especie de excusa respecto a la ausencia de autoridad en la Plaza Mayor de Arequipa.

La Gerencia del Centro Histórico, liderada por William Palomino, ha contabilizado 2 mil faltas en la zona patrimonial, entre pintas, publicidad, comercio ambulatorio y construcciones ejecutadas sin autorización.

A las siete de la noche del miércoles 20 de marzo Palomino acompañado de dos policías municipales, un serenazgo y tres policías del Departamento de Migraciones caminan por la calle Mercaderes, la tarea es la de verificar la situación de los extranjeros en la ciudad, identificación y Permiso Temporal de Permanencia (PTP). A ello la exhortación por millonésima vez a los comerciantes informales que la ciudad está declarada como Patrimonio Cultural de la Humanidad y que ser ambulante está prohibido.

Palomino, respetuosamente, con voz pausada, claro y sin enojos o arrebatos invita a que los comerciantes se retiren, a su paso encuentran extranjeros que mendigan, en su mayoría venezolanos, indigentes, hombres que venden juguetes, mujeres que venden chocolates, cigarrillos y chicles. Algunos corren entre el gentío y otros más avezados dicen “si a él no lo botas, porque a mí sí”, al referirse a los extranjeros que al momento de ser intervenidos dicen desconocer las normas municipales y tener sus papeles en el hotel o en cualquier lugar menos allí y en ese momento. Los ambulantes se plantan, escuchan, miran y siguen allí como si no pasara nada.

La jornada es difícil, Palomino no acostumbrado al trabajo de hacer de policía municipal, camina e invita a que “por favor” se retiren, los policías municipales hacen lo mismo, y los policías solo miran como diciendo “déjalos trabajar”, sin intervenir, hacen su trabajo, solo por lo que vinieron esa noche, requerir documentos a los extranjeros.
Al ingresar a la plaza mayor el panorama es claro, algo pasa con la ciudad, son cerca de las ocho y es obvio que no hay nadie porque es una hora muerta. Una dama con un niño en brazos, al parecer mochilera, vende pulseras en plena plaza de armas, y ha colocado una pequeña manta, ha puesto sus pulseras y pequeñas pipas, talladas artesanalmente para fumar, se presume tabaco o cualquier yerba que pueda quemarse.

Palomino invita sin éxito a que la comerciante se retire, ella le dice “ya, en un rato”, y sigue haciendo sus cosas como si no pasara nada. Los policías municipales hacen lo mismo, sin éxito. Entonces Palomino un poco más bronco y sudando le dice “¡señora se retira o le decomisamos las cosas!”, recién la mujer, al ver que el gerente del Centro Histórico habla en serio, coge sus cosas y se retira.

El paseo no termina, Palomino se encuentra con jaladores frente al portal San Agustín, el aviso de que está prohibido es conocido por los “llamadores”, pero eso no los detiene. “Sí, ya sabemos ¿pero porque a los “venecos” no les dicen nada?, allí están y no les decomisan nada”, expresan a regañadientes mientras hacen el ademán de entrar a sus locales, restaurantes y agencias de viaje.

Palomino se acerca a los extranjeros señalados por los anteriores, “no estamos vendiendo nada, estamos cobrando un dinero, solo estamos conversando”, expresan mientras que el funcionario con rostro de no poder hacer nada sigue su camino. Los otros al ver que no sucede algún acto represivo vuelven a salir a la calle.

La jornada terminó con 20 extranjeros que no tenían sus papeles y un argentino detenido porque al parecer la policía consideró que era necesario detenerlo y porque además estaba indocumentado.

“El comercio ambulatorio debe ser visto de una manera global, desde sus motivos hasta sus soluciones, y las soluciones se encuentran a través de trabajos coordinados con otros sectores fuera de la ciudad, otros distritos”, declara Palomino.

Según el técnico se debe trabajar con los distritos para reactivar sectores económicos en donde los ambulantes tengan oportunidades para trabajar bajo la formalidad. A las nueve de la noche en su despacho dice: “Aún no son un problema para la declaratoria de Patrimonio, así que hay que hacer algo”.

Caminar hoy por el Centro Histórico es un riesgo, acuchillamientos en un portal de la ciudad, robos de celulares, asaltos a cambistas en la calle Mercaderes, Meretricio en las dos primeras cuadras de la calle Perú, y mendicidad.
“No, no sabía que allí (en la calle Perú) había meretricio, pero no te preocupes, voy a enviar gente a que patrulle”, dice el gerente de Seguridad Ciudadana, José Pérez Biminchumo.

A las 11.00 de la noche del martes 19 un grupo de serenos en la intersección de la calle Mercaderes con Peral, mira como una serie de vehículos particulares se paran al borde de la vereda bajan las ventanas y entablan conversación con travestis que se inclinan para negociar.

Los agentes de serenazgo, vestidos de negro, solo atinan a expresar una frase despectiva “hay bastante cabro en Arequipa”, pero solo eso, y entre ellos comienzan a reír.

¿Se ha perdido el principio de autoridad en la ciudad?, ¿se han roto ciertos cánones de respeto a la zona patrimonial?, ¿nadie cree que la ciudad es suya y que puede mejorar?, ¿o quizás los propios y los no tan propios creen que se puede hacer lo que sea sin pena o sanción alguna?

Así se encuentra la ciudad, es una fiesta en donde el descontrol desenfrenado no tiene fin, un lugar en donde los ciudadanos permiten la informalidad, porque aparentemente desconocen las normas o han adoptado que lo ilegal es legítimo. La situación se ha desbordado al punto que cualquiera pueda ir a la misma municipalidad, ubicada en la calle El Filtro, a gritar a los funcionarios y al mismo alcalde. Como sucedió el lunes 18 en donde un tipo se atrevió a decirle al mismo burgomaestre “alcalde de a cuarto” en presencia de la seguridad del recinto y un grupo de serenos. Un claro ejemplo que en este jolgorio diario, todo, absolutamente todo, está permitido.

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