Arequipa

Mi propia ley seca

23 de febrero de 2020

Cuando por fin puedes ver al mejor futbolista del siglo XXI en el patio de su casa.

Por: Orlando Mazeyra

Llegamos a la pista atlética y él me cuenta que, luego de trotar durante media hora, se sentaba con Cinthia a conversar.
—¿Ella era socia?
—No. Pero yo la escondía en la maletera y la hacía entrar.
—¿Pero no hay cámaras?
—Sí, pero nunca nos descubrieron. Además veníamos de noche, era más caleta.
—Mientras trotemos trata de olvidarte de ella. Despeja tu mente, hermano. Es lo mejor que puedes hacer.
—Entonces, corre; piensa en nuestros ancestros, los primeros hombres: nos persiguen los mamuts.
—En ese entonces, Santiago, escapábamos de los mamuts pero no del amor. El amor no existía… la vida era más sencilla…
—¿Más sencilla? No creo. El amor siempre ha existido, incluso en las cavernas, solo que ahora se ha transformado en mierda.
—Yo quisiera ser feliz prescindiendo del amor.
—¿Y se puede escribir desde la felicidad?
—Lo intenté, pero todavía no pude.
—¿Cuándo?
—Los dos meses que pasé en Europa hace unos años. Creo que durante aquel viaje fui realmente feliz.
***
«Tal vez sí se pueda escribir desde la felicidad, al menos tengo que hacer el intento», me decía mí mismo mientras aceleraba el paso. El invierno español del año 2015 no fue tan crudo como otros que me pintaron. Más de cinco grados centígrados. Fue una grata noticia porque no me gusta la nieve. No me llevo bien con el frío. Prefiero el calor: sí, siempre el calor.
Quiero llevarme bien con las veredas catalanas…
Fue mi primera vez en aquella ciudad. Trotaba por la avenida Diagonal. De rato en rato, me detenía a escudriñar los alrededores: museos, iglesias, grandes editoriales, tiendas de “El Corte Inglés” y restoranes.
Me perdí. Era domingo por la mañana —apenas llevaba dos días allí—, una flecha indica la ruta hacia el Camp Nou. Y decidí llegar hasta allí, entonces me alejé de la avenida Diagonal. Aumenté la velocidad y algunos semáforos conspiraron a mi favor. Pasaba por las facultades de una universidad… Recuerdo que el día anterior cuando le compraba a un tipo (que se contactó conmigo en el café de la calle Numancia) una entrada para el partido del Fútbol Club Barcelona, se me humedecieron los ojos. Lloré de alegría. Júbilo inmenso. Un sueño acariciado desde hace tanto tiempo: ver al mejor jugador del planeta. Me sequé las lágrimas (aunque quizá en el fondo admiro más a Mascherano: el capitán sin cinta, el “Jefecito”; Diego Armando Maradona decía: “Mascherano y diez más”).
—¿Te pasa algo? —me dijo el revendedor.
Guardé silencio.
—No he dicho nada, no he dicho nada —repitió y me entregó mi vuelto—. Es su partido número trescientos.
Trescientas veces quisiera volver a vivir aquel día. Trescientos días podría vivir en Barcelona: paseando por las ramblas, caminando por el parque Joan Miró u orando en La Sagrada Familia (¿yo orando? Sí). Cuando ingresé a ese templo excepcional, obra maestra de Gaudí, me puse de rodillas. ¿Fue un acto de agradecimiento a Dios o sólo un gesto de gratitud a Almodóvar? Desde que vi “Todo sobre mi madre” con Micaela me juré —le juré— que conoceríamos Madrid y Barcelona. Que viajaríamos en el mismo tren —AVE le llaman— y que tomaríamos sol en la Barceloneta.
Ya estoy aquí. Pero siempre hay algo que falta. En el hotel me ducho antes de ir al estadio. Messi marca tres goles, Neymar uno y Luis Suárez otro. El Levante es un rival demasiado mediocre. Siempre tengo que buscar un pretexto para malograrme la fiesta. La goleada me sabe a poco. Mi madre me envía un mensaje de texto: «Tu hermano puso el partido por un canal de internet, hijo, recién hoy he visto un partido de fútbol completo, ¿estás contento?».
Le respondo que corrí por la ciudad. Que la quiero mucho. Y que esto sabe a felicidad. Una felicidad a medias, pero felicidad al fin y al cabo. Ambos sabemos que la felicidad —para mí— ya no será completa. Quisiera decirle a mamá que Gaudí murió atropellado por un tranvía y fue confundido con un mendigo. Quizá si me atropellan en algún cruce de la Diagonal alguien me tome por un indocumentado, un sudaca más y todo termine.
***
No terminó. Por eso ahora, en Arequipa, troto en el club con mi amigo Santiago. Luego conversaremos durante horas. Hablaremos de mujeres y también de la última novela de Vargas Llosa: “Tiempos recios”. No nos pondremos de acuerdo en por qué la mejor película que vimos en muchos años se llama “Parásitos”.
Él tomará varias botellas de cerveza negra y yo trataré de pasarla bien con un poco de agua con hielo (pues necesito empezar una etapa de seca, mi propia ley seca).
—¿Sabes cuál es lo paja, hermano?
—Te escucho, Santiago.
—Poder chupar contigo sin necesidad de que tú chupes, ¿me entiendes?
—Claro que te entiendo. Y te lo agradezco. Chupar sin chupar no es fácil. Pero lo que me dices me hace feliz, chochera.
Se pone de pie. Está algo mareado. Pagamos y lo embarco en un taxi. Luego camino a pie hasta mi casa. Es medianoche. La avenida Ejército es custodiada por Andrés Avelino Cáceres. Está de pie, inmutable. Quisiera quedarme petrificado para no sentir. Para no tener que chupar sin chupar. Para no imponerme una ley seca privada. Para no correr. Para, de una vez por todas, mirar la vida desde la muerte.

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