Arequipa

Nuevas piezas del Museo La Recoleta y el misterio del padre Gervasio

29 de diciembre de 2019

Recientemente han habilitado un espacio para exhibir pinturas que creían extintas.

Por: Roxana Ortiz A.
Fotos: Adrián Quicaño P.

El 24 de setiembre a las 4 de la tarde, cuando tenía apenas 14 años, bajó del barco en el puerto del Callao que lo trajo de España, el padre Fray Gervasio Gonzales Barbero, para quedarse de por vida en el Perú. Pocos saben que, por ejemplo, fue el autor intelectual de haber encontrado a la momia Juanita, que hizo la carretera desde Yura a Huanca, que es uno de los mayores conocedores de la geografía peruana o que se trajo la semilla de un pino que crece en el huerto de Jerusalén y que ahora está en el patio del convento La Recoleta.

Arribó al puerto peruano junto con otros 12 adolescentes, entre ellos su amigo de toda la vida, el padre fray Carlos Lafuente, ambos nacidos en la provincia de Burgos. En Perú, los franciscanos tenían el Seminario Menor donde debían estudiar algo así como el tercero, cuarto y quinto de secundaria.

Al padre Gervasio es difícil sacarle detalles de su vida. Te recibe con un fuerte apretón de manos y te mira para ver si emites queja alguna. Está entusiasmado por contar todo lo que está haciendo por el museo del convento.

Recientemente han logrado recuperar algunos ambientes que estaban a cargo de la Gerencia Regional de Educación (GREA), por más de 50 años. Se trata de un ambiente que antes era utilizado como comedor por parte del seminario y que luego lo alquilaron. Allí la GREA instaló oficinas administrativas. Le hizo un tabladillo para dividirlo en dos pisos, incluso rompieron la pared de sillar para abrir dos puertas.

En esta larga sala se inauguró la pinacoteca que lleva el nombre de su compañero Carlos Lafuente Larrauri. Al fondo se puede apreciar una gran pintura colorida sobre la Última Cena, que ocupa todo lo ancho de la pared.
“Allí había un gran lienzo que lo retiramos con el objetivo de darle mantenimiento y nos dimos con la sorpresa que debajo estaba esta pintura, claro que algo maltratada, con rajaduras, hecha en la misma pared y que hemos restaurado”, cuenta entusiasmado.

El otro lienzo de similares características, con algunos detalles diferentes, lo colocaron en la sala de Ornamentos Religiosos. Ninguna tiene dato alguno sobre el autor o el año en que fue hecha.

En el museo también se ha instalado una Sala de Numismática, de exposición permanente con billetes originales antiguos bien conservados, así como monedas históricas hasta las últimas sobre animales en extinción que está sacando el Banco Central de Reserva.

En la sala se han colocado varios cuadros, todos de autores desconocidos, de diversas dimensiones sobre los profetas; pero justo al frente hay uno que llama la atención y es que si uno se fija bien en los detalles, se dará cuenta que la imagen de San Francisco tiene tres brazos.

“Antes, muchos adinerados o rectores de conventos que tenían mucha afición por el arte y por la pintura, se mandaban traer cuadros de pintores de Europa, pero estos no se daban abasto para tantos pedidos, así que tenían alumnos que hacían los trabajos por indicación suya. A mí me parece que cuando el artista revisó la posición del brazo no le gustó así que les pidió que lo borraran y que pintaran el brazo levantado y pusieran en la mano un crucifijo; pero con el tiempo y los años, ha ido apareciendo el error”, comenta el padre Gervasio.

Desde hace algunos meses y luego de hurgar en los diferentes ambientes del convento, han encontrado gran cantidad de pinturas que estaban en calidad de cosas inservibles, que las han rescatado y ahora están siendo restauradas a cargo de un especialista de Lima. La mayoría, si no es en su totalidad, no tienen nombre del autor ni tampoco el año de creación. Algunas sí han podido ser identificadas como del arte cusqueño.
A los padres Carlos y Gervasio se les ocurrió un día, hacer visible la vida conventual para la población en general, es decir, permitir que ingresen las personas para conocer cómo vivían los frailes en clausura, lo que causó cierto resquemor en la iglesia.

“Fue en 1978 y fuimos el primer convento religioso en abrir las puertas a la población en general, incluso a las mujeres, que era peor aún. Lo hicimos antes que Santa Catalina, que luego nos imitó. La diferencia es que todo lo que mostramos en este convento religioso son cosas que teníamos aquí, todo lo que usaban los frailes, en cambio allí reunieron objetos de diversos lugares”, comenta el padre Gervasio.

Es así que las puertas se abrieron y se descubrió un mundo que para el resto era un misterio, la vida sencilla de los franciscanos, pero también una gran riqueza en objetos de oro y plata, reliquias que trajeron de diversos países, incluyendo parte de una lengua de un santo desconocido. “Antes cuando viajabas te encargaban que trajeras algún recuerdo, no de un calzoncillo, porque no usaban, tampoco de un pantalón, pero podías traerte un pedazo de una sotana, un hueso o lo que sea, era bien recibido”, dice el padre.

Pero ambos amigos no se conformaron solo con lo que tenían en el museo, sino que comenzaron a implementarlo con otros bienes, es así que crearon, por ejemplo, el Museo Amazónico con piezas que ellos mismos recolectaron en sus constantes viajes a la selva, como los trajes de los pobladores de fibra natural, sus instrumentos musicales, diversos animales e insectos que en ese tiempo no estaba prohibido cazar, entre muchos otros que están en exhibición.

También está a disposición del público, el cementerio del convento, aunque no es el primero que había en el lugar y que estaba debajo de la antigua capilla. Algunos restos que lograron recuperar los llevaron al nuevo cementerio donde descansa Helen y su esposo Christopher Ryan. Ambos historiadores que un día llegaron para visitar el convento, especialmente la valiosa biblioteca y nunca más se fueron. Ellos comenzaron a catalogar los libros y aunque hicieron una tarea titánica durante varios años, no lograron avanzar gran porcentaje, por la cantidad de material existente.

“Él murió en el 2016 y ella un año más tarde de vieja, pero también por una complicación en el estómago. Ahí quedan todavía algunos huecos para enterrar a los que aún estamos vivos”, bromea el fraile.

El padre Gervasio tiene esa obsesión de encontrar en algún lugar algo que puede ser considerado valioso y de inmediato gestiona en donación o simplemente lo coge y se lo lleva. Por ejemplo, una de las tinajas que está en el Claustro Alcantarino o de la Portería, data de 1550, es decir, 10 años después de la fundación de Arequipa y se lo trajo desde el valle de Vítor, uno de los primeros lugares en donde los españoles sembraron la vid para luego elaborar vino.

Como casi la mayoría de sacerdotes ha tenido la oportunidad de viajar a recorrer cada uno de los lugares donde tuvo lugar la vida, pasión y muerte de Jesús, entre ellos el Huerto de los Olivos o Getsemaní, donde acudió a meditar y a esperar ser apresado para luego ser crucificado. Hay unos pinos similares a los que existe en el Perú, con la diferencia que crecen sin abrir mucho sus ramas y es el que se encuentra en el jardín, cerca a la pileta.
De España se trajo unas semillas de lo que llaman “espliego”, un arbusto del que se hacen colonias, y que en Perú se conoce como lavanda. Planta muy dura que soporta una variación de climas extremos. “Las semillas me las traje bien escondidas en la ropa, como está prohibido”, dice.

La provincia de Caylloma y sus distritos no tenían atención religiosa y es así que el Arzobispado de Arequipa les encargó a los recoletos hacerse cargo de ellos espiritualmente. Para llegar hasta allí se tomaban hasta dos días en burro o caballo, así que decidieron hacer la carretera hacia esta zona de la región, por Yura y que finalmente fue de 60 kilómetros.

“Yo me traje un jeep de España y con eso viajábamos hasta allá, como no había mucho combustible y no había dinero, el regreso lo hacíamos con el motor apagado”, cuenta.

En sus constantes viajes llegaron hasta el nevado Ampato y lo que les llamó la atención era la gran cantidad de huesos humanos que había por el lugar, además de restos de telas y vasijas ceremoniales, así que hablaron con los arqueólogos de la Universidad Católica de Santa María (UCSM) para contarles lo que habían descubierto, indicándoles que probablemente allí había algo más que les pudiera interesar. Poco tiempo después se descubrió la momia Juanita o la Doncella del Ampato.

Respecto a su amigo Carlos Lafuente, lo cambiaron a Huancayo, donde lamentablemente falleció apenas a los 62 años de vida un 31 de diciembre de 1999.

Hace algunos semanas se firmó un convenio con la Universidad Católica San Pablo, con la intención de impulsar el relanzamiento del Museo y Convento de La Recoleta, especialmente de toda la biblioteca, que tiene libros que incluso no existe en el propio Vaticano; pero mientras tanto, vale la pena visitar todo lo que por ahora ofrece en sus diversas salas, habilitadas en cada una de las celdas que ocupaban los frailes hace muchos años.

“Vengan a visitar el museo, hay muchas cosas de las que van a aprender. La pinacoteca, la discoteca -perdón- la numismática, la biblioteca, la colección de juguetes, el museo amazónico. Hay muchas cosas que los acercarán a la historia del Perú y de la religión”, recomienda el padre Gervasio, quien vuelve a estirar la mano para una larga y apretada despedida.

Compartir
loading...

Leer comentarios