Columna

¿Otra vez el enfoque de género?

23 de abril de 2020

Por: Sandra Niño de Guzmán Tapia

El número de contagiados asciende. Se toman más pruebas. Hay más teorías acerca del origen del COVID-19. Más vigilancia. Más seguridad y más “positivos” en las pruebas. Así, debido a la gravedad del problema, el COVID-19 monopoliza no solo el contenido de los medios de comunicación tradicionales, sino también las redes sociales, clases universitarias, conversaciones familiares, etc. De esta manera, es inevitable enterarse del terrible coronavirus, sus efectos, y cómo las autoridades y ciudadanos han reaccionado, sin duda, causando diversas sorpresas: el escepticismo de Jair Bolsonaro, la “inmunidad de rebaño” de la cual seguramente ahora Boris Johnson es incrédulo, así como de los intentos del Tío Sam para comprar a toda costa la patente de la vacuna, aplicando el principio de “sálvese quien pueda” o en este caso “sálvese quien pueda pagar”.

Asimismo, la filósofa Judith Butler afirmó que el virus no discrimina, pero los humanos sí que lo hacemos cuando estamos moldeados aún por prejuicios xenófobos, ultranacionalistas, racistas, etc. Entonces, si el coronavirus no distingue cuerpos en los cuales puede asentarse –pero sí causar más perjuicios en aquellos inmunológicamente débiles- ¿podemos afirmar que los más propensos al contagio son los únicos vulnerables? ¿Qué otros sectores vulnerables se ven afectados, pero a la vez no figuran en el panorama?

Las cifras no solo asustan debido al incremento de los contagiados y de muertes causados por la pandemia, sino también por el duro y constante golpe a un sector vulnerable que ha sido, históricamente, ultrajado y hasta omitido. Me refiero nada más y nada menos que a las mujeres.

De hecho, las cifras más recientes del MIMP -31 de marzo- aseguran 5348 llamadas por casos de violencia sexual y familiar, así como un registro de 43 casos de violación. De estos casos, 27 de estas eran de niñas y 538 de mujeres agredidas en sus hogares, de las cuales 25 tuvieron que ser llevadas a hogares de refugio, así como un feminicidio. La antropóloga feminista Rita Segato no se equivocó al asegurar que los crímenes se mantienen en una línea recta, sin descensos ni oscilaciones; sin embargo, en el caso de Perú, los feminicidios aumentan pese a las medidas de prevención y sanción (según el MIMP, de 149 en 2018 a 166 en 2019, solo contando los reportados). Entonces el lema de “yo me quedo en casa porque estoy seguro” utilizado para frenar la propagación de la pandemia, no aplica para las mujeres. La casa se convierte en el lugar más peligroso y pues, de refugio, no tiene ni una pizca.

Por otro lado, otro factor que hace a las mujeres más vulnerables es la feminización del personal de salud y de cuidado ¿A qué género corresponden aquellas personas cuidadoras, que atienden a bebés, esposos, enfermos y ancianos? Sin mencionar la obvia respuesta, volvamos a revisar los datos. De acuerdo con el Colegio de Enfermeros, en 2018 –cifra más reciente- en Perú existían más de 89 000 profesionales en enfermería donde el 90% eran mujeres. Definitivamente, la precaria protección al personal de salud recae, otra vez, en las mujeres.

Asimismo, la doble jornada de trabajo en las mujeres aún es notoria en la cuarentena. No hay cifras de la cantidad de amas de casa y trabajadoras del sector salud, de vendedoras de alimentos a la par o de aquellas mujeres cuyos negocios han sido clausurados y tienen que arreglárselas para ser el sustento de sus familias; lo cual no es para nada una cantidad menor.

Por ende, es necesario ponernos las gafas moradas –metáfora feminista para percibir el sexismo- y analizar esta pandemia con enfoque de género, reflexionar sobre los hechos y actuar. Nadie se salva por su cuenta, ya que la ayuda no sobra.

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