Arequipa

Padres e hijas

20 de octubre de 2019

Llega un momento en que uno, horrorizado, decide creer o dejar de hacerlo; y nunca es fácil.

Por: Orlando Mazeyra Guillén

Empieza contándome de su infancia en el Liceo Naval Almirante Guise, de su profesora de educación artística que era «tan inteligente y sensible», de su primer enamorado, de sus problemas con las matemáticas y del papel que montó en una obra teatral cuando terminó la secundaria. Me informa que todo le fue bien hasta que su madre enfermó de cáncer de mama.

En ese entonces Vanessa tenía diecisiete años. Esto coincidió con el ascenso de su padre y su nombramiento como agregado militar en Moscú.

—Se le dio por hacer regalitos de plata, platería carísima con unos fondos que le habían asignado para mudarse y establecerse en Moscú.

—¿Regalitos?

—Mi madre tenía un cáncer avanzado y la operaron. Le retiraron las mamas. Fue algo muy traumático para todos, ¡No te imaginas!

—Algo… me imagino algo… —musito y quiero ponerle fin a la conversación.

No obstante, mi interlocutora es obstinada.

—No. No comprendes nada. Él discutía con ella en la habitación, le decía que una mujer sin pechos ya no parecía mujer. «Si no te pone implantes apenas te recuperes, entonces no podré a salir a la calle contigo», la amenazaba. «Te ves poco femenina, poco mujer», cosas así… disparates…

—¿Eso le decía?

—Sí, te juro que le decía estupidez y media. Mamá sufrió mucho: «¿Qué he hecho yo para merecer este trato de tu parte?», le decía llorando. «Me hablas de tetas y no te das cuenta que me estoy muriendo»…

—¿Tu padre siempre fue así?

—Es que, mira, cómo te explico…

—De una sola forma, Vanessa: hablando claro.

—Mamá tenía los pechos grandes, creo que lo que más le gustaba a mi padre de ella eran sus pechos…

—¿Y qué pasó?

—Como te dije, lo nombraron agregado militar en Moscú y le vino la locura de regalar platería con dinero que no era suyo a su familia, también a los familiares de mi mamá y a todos sus amigos. Empezó a despilfarrar una suma que le dieron para lo de Moscú.

—¿Y por qué compraba adornos de plata?

—Porque decía que una curandera iqueña le había dicho que mamá se curaría si hacía esos regalos. La llevó a Las Guaringas, se bañaron juntos y una bruja le dijo esas tonterías.

—¡Qué absurdo! ¡Mejor no sigas porque parece una broma de mal gusto!

—Crees que bromeo, ¿no es cierto?

Muy a mi pesar siguió contándome cómo su padre empezó a llegar borracho a casa y a hostigarla: «Me miraba con otros ojos, me iba a encerrar al baño y sentía asco de él y también de mí».

El padre escudriñaba los pechos de su primogénita y, una noche, se los tocó. Vanessa, absorta, le preguntó qué pasaba. Él, imperturbable, no dijo nada y se fue a dormir.

—¿Le contaste a tu madre?

—Mi madre había sido sometida a una nueva quimioterapia que la dejó sin pelo y muy delgada. Me dolía verla. Soy asmática. Cuando entraba a saludarla me ponía pálida, a veces me daban ataques de asma, por eso ella me prohibió entrar a su cuarto. No podía contarle nada. Sentía vergüenza.

—¿Él te tocó varias veces?

—En la segunda ocasión le saqué las manos bruscamente y le quise dar un golpe, pero tuve miedo.

—¿Miedo a qué?

—A que mamá se entere y se decepcione de mí.

A esas alturas el decepcionado era yo. Pero, de todas formas, insistí para cerrar el círculo:

—¿Cuándo abusó de ti?

—A los dos meses de la muerte de mi madre.

Su relato de pronto se interrumpe a causa un llanto sobrecogedor, frases culposas y conmovedoras. Le digo que se calme, que lo mejor será que descanse, que tome un calmante y se vaya a dormir. No me hace caso. Es terca: «Ya te dije que no puedo dormir y menos cuando hablo de esto».

Cuando me narra, descorazonada y con un auténtico asco que la atraviesa, que él la puso contra la pared y la penetró contranatura mientras le frotaba los pechos con violencia siento que es suficiente. No para ella. Literalmente, dejó de ser Vanessa. Su padre la empezó a llamar con el nombre de su madre: Lucy.

—¿Para qué me cuentas todo esto?

—Tú escribes. Esto es real, no se trata de cuentos… ¿Te vas a atrever? Yo sé que sí.

—¿Y qué es de tu padre?

—Ya está muerto.

—¿Lo denunciaste?

—No —responde ofendida por mi pregunta—. Jamás hubiera podido. Aún me sueño con él, por eso no quiero dormir. Él siempre vuelve en las pesadillas.

—Y, ¿qué te dice?

—«Ven acá, Lucy». Me vuelve a violar, siempre me vuelve a violar.

—¿Lo odias?

—No puedo, a pesar de todo nunca dejará de ser mi padre.

—Y ¿conoces Moscú, Vanessa?

—No, a papá le dieron de baja luego de los regalitos de plata… lo sometieron a exámenes psiquiátricos. «Es por lo de tu mamá», me decían los médicos sin saber qué había hecho él conmigo.

—Disculpa por ser tan frío pero no eres la primera mujer que me cuenta que fue abusada por un familiar tan cercano…

—Dime lo que quieras… pero me debes una historia.

La locura de su padre me es tan próxima que me lo puedo imaginar observando los bellos pechos de su hija, planificando el incesto mientras saborea un trago de whisky. Me abandono por completo, sumergiéndome en ese mundo aberrante y recuerdo que le debo una historia a Vanessa.

Luego decido averiguar sobre su padre. El verdadero motivo de su baja: trastorno límite de la personalidad. Vanessa heredó este desorden psiquiátrico y todo lo que me contó podría no ser más que un oasis mental.

Deseo que sí, que sea producto de la enfermedad: una desmesurada mentira y nada más.

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