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Paquito, una vida consagrada a la salud

18 de junio de 2018

“Me comprometo solemnemente a consagrar mi vida al servicio de la humanidad”, reza la primera frase del juramento hipocrático que todo médico debe cumplir durante su vida profesional; detalle que Paquito plasma, hasta hoy, en cada una de sus acciones, fuera y dentro del quirófano.

Francisco Martínez Benavides, médico arequipeño, entregó 55 años de su vida profesional al servicio de sus pequeños pacientes. Operó ad honoren durante ese tiempo a más de 15 mil niños, con diversas enfermedades relacionadas al oído y la motricidad.

Salía de su consultorio remunerado en el Hospital del Empleado de Arequipa y en sus horas libres hacia servicio a la patria, devolviéndoles a los menores la capacidad de oír y comprender lo que pasaba a su alrededor.

La antesala de esta vida humanitaria forma parte de sus memorias plasmadas en un libro titulado “La más grande y hermosa historia de mi vida”, donde narra sus inicios en la medicina en un poblado fronterizo de ceja de selva. Allí donde partió también su espíritu voluntario, a imitar por las nuevas generaciones de profesionales de la salud, que hoy se quejan de lo que no tienen.

La gran aventura de su vida se inició el 2 de enero de 1961, al ser incorporado como médico del Ministerio de Salud, asignado como doctor sanitario jefe de la posta de San Ignacio en Jaén provincia de Cajamarca. Así dejó atrás la moderna ciudad de Buenos Aires Argentina donde terminó la carrera de medicina y la emergente Lima.

Inició su travesía en un ómnibus en Chiclayo, llegó a Jaén y luego al sector de Tamborapa, donde encontró dos mulas asignadas a su servicio. Su nueva movilidad lo llevó por un trecho angosto donde casi vio la muerte antes de llegar a su destino. Afortunadamente solo fue un susto y continuó el recorrido a lomo de bestia.

Después de viajar casi dos días, con algunas interrupciones, llegó a San Ignacio, siendo recibido por su homónimo el alcalde Francisco Martínez Cabrera, quien le entregó una tijera de sastre, entonces el único instrumental médico con el que contaba el establecimiento de salud del pueblo.

Las carencias no lo desalentaron, al contrario lo animaron a conseguir los recursos necesarios para equipar su posta. Se contactó con un diputado influyente y gestionó la realización de una quermés. Con lo recaudado compró una mesa de operaciones, instrumental básico de cirugía, un esterilizador a kerosene, equipo para partos, entre otros.
Unos soldados resfriados fueron sus primeros pacientes.

Los pobladores preferían atenderse con los curanderos del lugar. Días después los enfermos llegaron a cuentagotas con ayuda de Dios. Ya con el instrumental nuevo comenzó con sus primeras cirugías. Extrajo tumores, e incluso salvó a una adolescente de 12 años reconstruyéndole la yugular cortada con un machetazo.

Más al norte en la frontera con ecuador, Francisco hizo su primera necropsia al aire libre. La víctima se trataba de un ecuatoriano, el cual había muerto de un impacto de proyectil de arma de fuego por su propia mano. Diligencia que debió cumplirse en presencia de las autoridades para evitar escaramuzas debido al conflicto militar fronterizo.

Al año siguiente, en poblados cercanos a San Ignacio, se propagó una epidemia de peste bubónica. Él apoyó y dirigió las acciones emprendidas desde el Ministerio de Salud, cumpliendo la cuarentena hasta dar de alta el brote.

No pasó mucho tiempo y una comunicación de su familia anunciaba su plaza segura en un nuevo hospital en Arequipa. Así se alejó de su posta en San Ignacio, de sus amores perdidos y amigos entrañables, el huevo frito con yuca y el exquisito café de la selva.

Francisco o Paquito, como le dicen de cariño, desde el inicio de su vida profesional se empeñó por retribuir el sacrifico de sus padres en su educación, sirviendo en lo que él hacía muy bien, curar.

De vuelta en la Ciudad Blanca, trabajó junto a la doctora Celia Pavez, jefe de pediatría en el Hospital del Empleado. Paralelamente con un acuerdo entre la dirección del nosocomio y el hermano superior de la Clínica San Juan de Dios, comenzó a apoyar voluntariamente en la cirugía de niños.

En 1965 viajó a Chile y se especializó en otorrinolaringología. Continuó laborando en el hospital y en sus horas libres en la clínica. Como pupilo de un médico francés se volvió experto en la reconstrucción del pabellón auricular en niños que nacían con una malformación de los oídos, llamada Disgenesia, mal frecuente en uno de cada 500 recién nacidos.

A sus 25 años de médico ya había operado a más de 7 mil niños gratuitamente, décadas después la cifra de sus pequeños pacientes ya se había duplicado.

El doctor Martínez, recuerda que realizó, en el año 1990, la primera cirugía de día en el Policlínico de Yanahuara. Como no había el servicio de hospitalización visitaba a sus pacientes recién operados en sus domicilios.

No fue hasta el año pasado que colgó el mandil. Después de apoyar más de 55 años a la comunidad. Hoy a sus 84 años de edad, vive una vida apacible junto a sus hijos Francisco, Jorge, Marianela y Gabriela, sus ocho nietos, y el recuerdo de su amada esposa Noelia.

En la antesala de su casa de Cayma, tiene enmarcados los reconocimientos que recibió en su comprometida profesión. Las paredes hablan solas y borbotean de gratitud de instituciones a las que le tocó servir, siempre con humanidad.

En los próximos días cumplirá también 39 años como miembro activo del Rotary Club.
Es un bolerista de corazón. La música es su pasión. Cuando olvida la letra de alguna canción, sus nietos lo ayudan a recordar. En su cálido hogar lo dejamos tocando la guitarra y cantando mismo Manzanero “Adoro”.

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