Arequipa

Roberto, amigo y maestro

3 de septiembre de 2020
Foto: Roberto Alejandro Rivaños Flores.

Por: Adrián Manrique Rojas

“Cuídense muchachos, nos vemos el lunes”. Fueron las últimas palabras que nos dedicó el “maestro”, mientras apresuraba el paso a la salida del trabajo. Jamás imaginé que nunca más lo vería.

 Recuerdo cuando el presidente del directorio de la importante institución benéfica en la que yo trabajaba me lo presentó para ser mi nuevo jefe, en reemplazo del infausto individuo que se había encargado de agobiar mis días en aquel hermoso lugar.

Tenía una mirada que me inspiró confianza inmediata. Fue amable y humilde. Al estrecharle la mano reconocí el calor de su gran humanidad y la serenidad de la experiencia. Y como buen presagio supe que aquel hombre de cabellos blancos me dejaría una enseñanza que difícilmente olvidaría. Su nombre era Roberto Alejandro Rivaños Flores, y esta es mi historia con él.

Don Roberto –como respetuosamente le llamaba- era considerado una institución viva del periodismo en Arequipa. Denominado con justicia como “maestro” por las nuevas generaciones de periodistas, que admiraron y respetaron su trayectoria de casi treinta y dos años al servicio de la información. Era un hombre menudo, de sonrisa risueña y poseedor de la bendita habilidad de aguardar un segundo más para poder verter su opinión; capacidad que muchos quisiéramos poder tener, y que de seguro nos acercaría un pasito más a la sabiduría que irradiaba.

Dedicó su vida a una profesión en la que solo los más fuertes resisten. No puedo imaginar la gran cantidad de penurias que pasó por amor a su vocación, pero sí puedo atestiguar que las pocas que me contó, dejarían fatigados a la gran mayoría de los nuevos colegas. Así, entre comisiones, incontables pasos y su inconfundible libreta, fue escribiendo su historia.

Esta le tendría reservado un capítulo que muchos quisieran protagonizar, pero que está guardado solo para aquellos que, a base de esfuerzo, dedicación y sobre todo mérito deben afrontar, el ser decano de su Colegio Profesional. Un honor que don Roberto supo desempeñar con la docilidad que lo caracterizaba.

Y quizá, don Roberto, con su alma gentil y generosa solo cometió un error en su vida profesional, el cual terminó de teñir color plata los pocos cabellos negros que quedaban: amar tanto a un trabajo.

Don Roberto sirvió con dedicación por más de dieciocho años consecutivos a un importante medio de comunicación radial con sede principal en Lima, que al considerar que “Robertito” había cumplido su ciclo, decidió echarlo, sin importar la vida que les había entregado.

Mucho se dijo respecto a este lamentable suceso. Qué don Roberto había sido sustituido por no “dominar las nuevas tecnologías”, “qué su ciclo se había cumplido” o porque simplemente “la alta dirección había decidido”.

El punto es que como en la mayoría de trabajos – salvo fabulosas excepciones- la mano de obra es desdichadamente reemplazable, como una ficha más en el monopolio de los negocios, dejando de lado al ser humano que se “sacrificó” en las canchas para que la empresa “creciera”.

Evidentemente este no sería el final de una carrera intachable, pero sí resquebrajó los cimientos de su vida. Es bien conocido que después de haber sido despedido, continuó yendo a trabajar a su verdadera y real oficina llamada “calle”, como si nada hubiera sucedido, sin tener vínculo laboral con otra organización, más que con su honorabilidad.

Y es en ese contexto que la vida lo envió para darme un mensaje providencial.

Algunas semanas después de tan difícil momento, ya instalado como el nuevo jefe de la oficina de imagen de la institución donde yo laboraba, logré conocer su lado más humano y paternal. Amante de la familia, cariñoso a rabiar con “Ralph”, su mascota, apasionado por el FBC Melgar y querendón con los amigos.

Y era tal la admiración que ejercía, que sus amigos periodistas fundaron un equipo de fútbol en su honor llamado “Los amigos de Roberto”.

Vivimos juntos la vuelta de Perú tras treinta y seis años a un Mundial, y después del partidazo entre España y Portugal, abstraídos en una de nuestras tantas conversaciones me dejó un hermoso regalo diciéndome lo siguiente:

“No importa que tan mal paguen, mientras hagas lo que te gusta, nada importa. La profesión está sumida en la desunión, así no se deben preocupar por nosotros. Si estamos desunidos, ¿qué vamos a poder hacer para que nos respeten? Nada”.

Así me convenció de poder unirme a la orden profesional y hacer fuerza por reivindicar la profesión que elegí, ser periodista.

Todo estaba preparado para que mi amigo, don Roberto, me recibiera como parte de ese sueño que lideraba, pero un lastimoso aneurisma privó la celebración que habíamos planificado, reduciendo a un amargo llanto y un afligido desconsuelo el recuerdo de su perspicaz sonrisa.

Hoy tres de septiembre al cumplirse dos años desde que nos dejó físicamente, tengo ganas de agradecerle por el poco – pero significativo- tiempo que compartimos juntos. Por los vinos después del Día del Padre, por permitirme ver aquel Mundial tan especial, por demostrarme que después de la tormenta viene la calma y que hay que amar aquello que uno elige, aunque cueste.

Gracias don Roberto, nunca lo olvidaré.

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Domingo: silencio árido y sepulcral

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