Arequipa

Si el tambo Ruelas pudiera hablar

5 de enero de 2020

Los tambos acogían a los viajeros desde los tiempos de los incas. Peralta recuerda cuándo vivió en ese espacio.

Por: Ayar Peralta

En la edición del domingo 29 de diciembre se publica una hermosa página, a colores, con el título: “Ruelas: Un tambo que se resiste al tiempo”. Me atrevo a contar unas anécdotas que merecen ser recordadas, porque soy testigo viviente.

Mis hermanos Esquilo, Gayda y yo nacimos y nos criamos en el Tambo Ruelas. Dicen que nos atendió una práctica o comadrona, pero con muy buena mano o suerte llamada “La Maldonado. Estará en el Cielo, no hay otro lugar.

Este tambo fue comprado por mis abuelos y bisabuelos por el año de 1920. Escuché decir que habían pagado por el 21,000 soles pagados con libras esterlinas (Habrán sido 2,100 monedas de oro).

Nota.- Hace pocos años unos historiadores editaron un fascículo con CD incluido. Me invitaron a pasear por el Tambo y me grabaron la entrevista. Lástima que no lo encuentro.

En el año de 1945 mi papá Antero y hermanos, Aurelio, Eladio, Rogelio y Delia lo vendieron a un señor suizo apellidado Bob por 80,000 soles. Tuvimos que dejar el tambo cuando yo tenía 13 años. Nos fuimos a Lima. En el recuerdo, las anécdotas del tambo quedaron para siempre:

La dirección del Tambo Ruelas (TR) es Beaterio 159, cercado por la frentera es de dos pisos y por el fondo, tres pisos. De la puerta principal hay un zaguán conduce al interior donde hay un patio grande, en la parte norte del patio habían dos corrales

En sus inicios el tambo era para que se alojaran los arrieros, o los llameros. Fue la primera vez que conocí del imperio de los Incas. Los llameros eran ciudadanos peruanos de raza indígena pura. Venían con sus vestidos característicos, de colores, sus chullos , ponchos conducían hatos de llamas, unas treinta o cuarenta, que tenían campanitas en el cuello y cargaban bultos en la espalda. Era algo muy llamativo y alegre, los arrieros descargaban los bultos, ocupaban los cuartos y las llamas eran llevadas a los corrales. Vendían chuño carne seca y no sé qué más. Una vez me llamó la atención que los señoras arequipeñas inquilinas estuvieran mirando el interior de un cuarto donde estaban alojados los llameros y comentaban:

“Qué bonita que es“. Se referían a una jovencita llamera, vestida igual que todos los de su grupo. Estaba sentada en el suelo, como todos ellos. Había en la puerta soldados del ejército, tal vez paisanos de la llamerita y le hacían atenciones. Yo solo llegué a ver una señorita con las chapas de las mejillas rosadas o rojas, la piel casi blanca y dos trenzas largas y onduladas. Repito, siempre estaba mirando al suelo, cuando de repente volteo para mirar a los de la puerta y vi hasta ahora lo tengo presente dos ojazos negros y rasgados.

Me fijé también que esa señorita casi no tenía cintura. Años después leí que en un concurso que hicieron en Lima, las dimensiones de la Miss Perú, fueron los clásicos 90-60-90. Casualidad o simultaneidad en el Cuzco hicieron un concurso buscando la indígena más bella o “Sumac Aclla”, que quiere decir el bien escogida. Sus dimensiones, publicadas en un diario capitalino fueron 90-60-90. La estatura si fue menor, solo era 1.60 m. En la novela Walaycho de Antero Peralta se habla de Selmincha Puma, que enamoró desde niña con un misti, Máximo Petronel romance que no concluyó. Dicen que Selmincha era bellísima. Al final encabezó una rebelión contra los mistis, quemó todo y ella se deshizo en llanto hasta morir. No dicen que en el templo de las Vírgenes del Sol, o Accllawasi del Imperio de los Incas, estaban las mujeres más bellas del imperio, Que solo el Inca las podía ver. No podría ser que la doncella que vi en el Tambo Ruelas era una Aclla Wasi, una bien escogida, una Zelmincha. Solo el Dios Pachacamac lo sabe.

Las habitaciones eran para arrendar, la mayoría de inquilinos eran impuntuales, más claro, no pagaban. Recuerdo mucho a una señora Pilar. «Señora ya debe usted un año». «No señor», respondía. «De ese año ya pagué un mes». «Este es otro año que corre»… Y así podían pasar los semestres y no pagaban. Me imagino que en ese tiempo no había leyes para desocupar. Al norte del patio existían dos corrales también grandes. Una sequía atravesaba el tambo de norte a sur. En el patio había un pilón de agua que nunca se secaba, cuando había corte, los vecinos venían con baldes para recoger el líquido elementos. ¿Cuál sería el origen?

¿Cuál es el recuerdo más antiguo? Quizá el de la sala principal del departamento de papé, que el piso era de madera de tablones largos y anchos, había que darse cuenta que existía una rendija entre los tablones, levantando con una palanca se llegaba a un sótano, secreto, oscuro. ¿Para qué fue construido? Nunca pregunté. Yo abría y saltaba adentro, era puro polvo fino.

Otro recuerdo es el del balcón que está frente al convento o colegio de Santa Rosa de Viterbo, donde jugábamos y contemplábamos las procesiones y escuchábamos las campanas que llamaban a misa.

En una habitación del entre piso vivía el Esteban, era el portero, tenía una gran habilidad para tejer guantes de mano con varias duranas. Para la parte de la palma usaba unas, después para cada dedo usaba otras, era un conjunto de alambritos llamativos.

Lo que sí recuerdo claramente, yo tendría unos 4 o 5 años, cuando una mañana, muy temprano, vinieron los soplones se llevaron a mi papá, lo sacaron de la cama y lo llevaron a una comisaria de la calle Palacio Viejo, después la deportación a Chile. Lo que acentuó la tristeza es que mi abuelita Leandra, la mamá de papa Antero murió, cuando su hijo estaba en el exilio.
Personas humildes del tambo que no olvidará: Se llamaba Antonia, era una pobre empleadita doméstica, sabe Dios donde habría nacido, era gordita, de unos 20 años, embarazada por algún pobre diablo, de los que abundan en este mundo. Nosotros éramos niños de unos ocho años de edad, más o menos. Nos llamó la atención la “guagüita” de unos dos o tres meses de nacida, que casi nunca lloraba más claro, no tenía fuerzas para llorar, su barriguita parecía un tambor, la madre no tenía leche en sus mamas. Cuando las vecinas le “aconsejaban” que le diera leche adicional, ella no respondía nada, pues no tenía plata ni para un pan a veces decía: “Le doy agua azucarada”, ella pretendía autoengañarse, como si el azúcar fuera suficiente. La bebita era pálida, barrigonita casi no se movía, parecía un tambor. Quizás su ingenua e ignorante madre pensaría que la niñita estaba “gordita”. Falso, pues era desnutrición, anemia, e hipotermia, lo que induce a que los bebes se hinchen. La señora que la cobijaba, no diríamos su patrona, que también era pobre y con varios hijos menores, decía: ¿de dónde la voy a regalar leche, si no tengo ni para mis hijos? La bebe murió. Lo que recuerdo era que la pobre Antonia lloraba en silencio, solita, solita lloraba, no tenía a nadie, ni parientes, ni vecinos, lloraba en silencio sin gritar. ¿Qué habrá pasado después? Quizá un basurero recibió al “angelito”. Nunca más volví ver a Antonia. Ella debe estar en el “cielo” con su bebita y todos los indiferentes en el peor de los infiernos.

En un convento de la ciudad los religiosos tenían la costumbre de regalar un plato de almuerzo a la gente pobre (acto llamado caridad). Vecina a nosotros vivía otra humilde señora con tres hijitos. El padre los había abandonado. A la pobre mujer su presupuesto le alcanzaba para comprar un plato de menú económico, el que lo mezclaba con el almuerzo de caridad. Hasta ahora escucho lo que los niños reclamaban: “La carnecita mamá, la carnecita quiero” ¡Qué hambre sentirían!

Muchas cosas más vi en el Tambo Ruelas.

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