Educación

Profesor versus Internet

31 de enero de 2019

Por: Alfredo Herrera Flores

Aunque la discusión ya tiene un poco más de dos décadas y pareciera ser un tema recurrente en cada conversación sobre el papel de la escuela, el profesor, los padres de familia y la tecnología de las comunicaciones, la rivalidad creada entre el profesor, de escuela o de universidad, y el internet, tiene aún para largo; pero vale la pena repasar la situación de este aspecto, más aún cuando estamos entrando al cierre de la segunda década de este siglo convulso, desordenado, agobiante, contaminado y tecnificado.

Hace unas décadas, cuando el profesor preparaba sus clases, era muy consciente de que iba a transmitir a sus alumnos un conjunto de información desconocida para ellos, y que en el diálogo que sostendría con sus alumnos en la jornada académica esa información se convertiría en conocimiento. Ahora, es muy probable que el alumno tenga más información que el propio profesor, incluso sobre asuntos que ni al alumno ni al profesor, les urge
conocer. Tal vez, mientras el profesor repasa sus libros o revisa algunas páginas de internet para su clase del día siguiente, sus alumnos revisan al mismo tiempo, la computadora, el teléfono, la televisión por cable y las películas de moda.

Entonces, al encontrarse en el salón de clases, profesor y alumno se verán enfrentados ya no como maestro y aprendiz, sino como máquinas expendedoras de información, dispuestos a demostrarse mutuamente quién sabe más sobre cualquier cosa.

Mientras el profesor va a explicar cómo se forman los valles interandinos, el alumno ya sabe cuáles son los ríos más caudalosos o qué criaturas prehistóricas habitaron esos valles y que los vikingos llegaron a América antes que Colón. Pero también saben cómo operaba Pablo Escobar, cómo son las bodas en Irak y cómo se desarma
un arma de largo alcance.

El profesor de hoy tendrá que vencer a dos enemigos potenciales: la ignorancia en la que se debate el alumno a pesar de tener tanta información en la cabeza, y la despiadada batería de datos en que se ha convertido internet.

En el famoso trinomio de la educación que se pregonaba hacia fines del siglo pasado (padres – maestro – alumno) los padres ya han sido relegados del proceso, no solo son los más desinformados del trío, sino los más desmoralizados.

Y entre maestros y alumnos, se ha interpuesto una barrera comunicacional llamada internet, en lugar de que sea el puente por el que se transmiten conocimientos, información, valores e identidades.

Cuando se habla sobre la función del profesor y se dice que es la de enseñar, en realidad se está hablando de la mitad de su función, pues lo que tiene que hacer el profesor no es solo enseñar sino lograr que el alumno aprenda.

¿Y qué es lo que debe aprender el alumno?

Pues aquello que internet no puede hacerlo. Internet da información, y en algunos casos, conocimiento, pero de ninguna manera se garantiza que el alumno aprenda aquello que recibe como dato, cifra, imagen o idea. El profesor deberá, entonces, vencer a internet y lograr que su alumno aprenda aquello que tiene almacenado como información.

El aprendizaje se diferencia del conocimiento porque permite al individuo usar ese conocimiento para resolver situaciones o problemas que impiden su desarrollo personal.

Si el profesor se pone al nivel de internet, no hará más que acumular información en el cerebro de su alumno, pero si logra que su alumno ejercite su cerebro, discrimine la información y elabore un proceso de análisis de problema y diseño de soluciones, habrá vencido a la máquina expendedora de información. Así, el alumno sabrá entender que Pablo Escobar no es un superhéroe sino un villano y que en la India las vacas son sagradas y no están en las calles porque la población es vegetariana.

¿Por qué es difícil vencer al internet?

Porque en el proceso de formación educativa en la segunda década del siglo veintiuno se encuentran tres generaciones involucradas: la de los maestros que estudiaron las técnicas educativas de hace cuarenta años, cuando aún no había internet, padres de familia que nacieron cuando el internet se instalaba violentamente en la sociedad y niños que han nacido en un mundo ya computarizado y con una tecnología que desconoce la pizarra acrílica o el proyector multimedia.

Sin embargo, a pesar de estar agobiados por la tecnología, el profesor seguirá siendo necesario, y hasta indispensable, para que el estudiante pueda aprender y valorar su conocimiento, disfrutar el arte para hacerse más sensible e inteligente, fortalecer sus identidades, aplicar y no desvirtuar sus valores y, con el tiempo, convertirse en un ciudadano que sepa que es más importante servir a su sociedad que aprovecharse de ella.

La batalla no está perdida, pero tal vez habrán de pasar dos generaciones más para que profesor y alumno sean realmente contemporáneos.

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