Arequipa

Teletrabajo, esclavitud a domicilio

17 de septiembre de 2020
Foto: “Yoyo” de Sako Asko

Por: Adrián Manrique Rojas

Óscar* es asistente contable. Entró a trabajar en una empresa de carga interprovincial un par de meses antes de desatarse la pandemia.

Al principio todo fue bien, pero la incertidumbre por la detención de actividades para dar paso a la cuarentena, lo sumió en una inestabilidad creciente al no obtener ingreso alguno. “Las deudas me comían, y los bancos no perdonan nada”, dice con agobio. Los primeros días de abril, su jefe lo llamó para poder realizar sus funciones a distancia. Óscar agradeció la oportunidad, y se sumió una semana entera en capacitaciones a través de videoconferencias para de inmediato volver a laborar. Los días fueron pasando y el trabajo se multiplicó. Él siempre fue cumplidor, pero los requerimientos excesivos comenzaron a pasarle factura, no entregaba a tiempo los reportes pedidos y se hizo acreedor a un par de amonestaciones. Me comenta que diariamente desde las siete de la mañana se instala en el pequeño espacio que a duras penas acomodó en el departamento alquilado que comparte con sus dos hijas y su mujer, y no para de trabajar hasta bien entrada la noche. “Casi catorce horas pegado a una computadora, es inhumano” opina.

Algo meditabundo y visiblemente afectado por el trajín laboral, cierto día decidió llamar a su jefe para exponerle la situación, y pedirle un poco de comprensión para que pueda desarrollar su trabajo eficazmente. Increíblemente fue amenazado, y con tono despectivo la “empresa” le dio un ultimátum: “O te acostumbras flaquito o renuncias. Hay muchos que están detrás de tu puesto”.

Gabriela* es docente. Hace tres años trabaja en una institución educativa particular de la ciudad. Se denomina a sí misma como una “silenciosa víctima más de la pandemia”.

Desde el inicio del estado de emergencia, su vida como maestra ha dado un giro inesperado. Y si bien se considera afortunada por tener trabajo, me cuenta casi entre lágrimas que prácticamente ha perdido su vida familiar, a pesar de compartir techo con sus padres y su pequeña hija. “Empiezo con las clases súper temprano, tengo quince minutos de descanso a medio día, después de vuelta a clases. A eso de las cuatro, almuerzo un toque, y a las cinco tengo cada día reuniones con la indeseable coordinadora hasta las siete por lo menos; luego atiendo a los padres de familia. Cerca de las ocho súper exhausta me aparezco en la sala para conversar con mi familia por algunos minutos, luego todos se van a dormir para ser al día siguiente damnificados de mi rutina laboral nuevamente”. Se siente una prisionera, una vasalla del “teletrabajo”.

Este término ha sido introducido para denominar al trabajo realizado en un lugar alejado a las oficinas institucionales, mediante la utilización de nuevas tecnologías de información y comunicación. Si bien ha permitido continuar con la cadena productiva en tiempos de pandemia, ha terminado de resquebrajar la ya vulnerable estabilidad emocional de muchos de sus “beneficiarios”.

Lo cierto es que ni la pandemia ni los cientos de muertos han hecho detener la sangrienta maquinaria de explotación que opera desde tiempos inmemoriales al servicio de pseudos “patrones”, quienes no reparan en humillar y hasta invadir la vida privada de sus “empleados” con tal de no detener las rentas e ingresos de sus “inversiones”, amparados por la sombra de la “necesidad” de los tiempos tan turbulentos que vivimos.

El trabajo dignifica a las personas, pero cuando es justo las complementa, las ayuda a ser mejores. Hay que ser agradecidos por la oportunidad de tenerlo, y sea cual sea hay que hacerlo bien, no para los jefes sino para uno mismo. Uno hace el trabajo, mas no él a uno. Recordemos que la vida real y privada está más allá del empleo. No somos el trabajo que hacemos, sino las personas que somos independientemente de él, pero jamás el trabajo deberá estar por encima del valor de un hogar, y de una emergencia como la que diariamente soportamos. Lamentablemente esto parece que no ha sido entendido por muchos, quienes han traído a nuestros tiempos prácticas canallescas que denigran a personas urgidas de tranquilidad.

Óscar sigue trabajando en la empresa, procurando “acostumbrarse” para no perder los ingresos que le permiten subsistir con su familia. Gabriela cada día más confusa, tiene que procurar tolerar las constantes “supervisiones” que la insensible coordinadora realiza en sus clases virtuales sin motivo aparente.

El “teletrabajo” ha llegado para quedarse, y al parecer trae grilletes de última generación para tener a sus “usuarios” encadenados a una nueva forma de esclavitud, acorde con los tiempos y los temores implantados en la ciudadanía.

Quisiera estar equivocado, pero parece que esta vez… no.

*Estos nombres han sido cambiados para proteger la identidad e integridad de los entrevistados.

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