Arequipa

TENER OTRA VIDA

26 de mayo de 2019


Cuando la realidad nos resulta insoportable buscamos un refugio: la ficción.

Por Orlando Mazeyra Guillén
—¿Todavía estabas despierto? —le pregunta ella, muy nerviosa, por teléfono.

Él consulta su reloj (ya son las dos de la mañana del lunes); y bosteza un poco antes de responder:
—Sí, todavía. ¿Qué ocurre?
—Es papá, no reacciona.
—¿Cómo que no reacciona?
—Se lo llevó una ambulancia. En la mañana mi mamá lo acompañó al

Seguro porque le dolía mucho la cabeza y el médico dijo que sólo era estrés.

Me temo que es algo peor.
—Uno no puede confiar en el Seguro… hay cada médico.
—¿Acaso tu hermano no es doctor?
—Pero él es de los buenos.
—A papá le tocó de los otros entonces. No sé qué hacer.

Él, presa de la paranoia, cree que la mala suerte lo está persiguiendo. Anoche vio un gato negro cerca de su casa y lo insultó. No funcionaron las groserías de alto calibre. Primero, su vecino; y, ahora, el papá de su amiga. ¿Una simple coincidencia? Seguiría leyendo —a manera de conjuro contra la desgracia— el libro de Sergio Pitol mientras esperaba novedades.

****
—Es un accidente cerebro vascular —le informa ella al poco rato desde el hospital—. Creo que sí es muy grave.
—¿Está en la unidad de cuidados intensivos?
—Sí. Y no reacciona. El médico me dijo que mi papá no siente nada. Cuando le tomé la mano, estaba muy caliente. Pensé que me sentía, por eso le hablé al oído, pero no es así.
—¿Por qué?
—El doctor dice que es fiebre, que seguro tiene alguna infección.
—¿Y no sabe qué infección?
—No me dijo nada más. ¿Qué hago? Dime qué cosa puedo hacer ahora para ayudar a mi papá.
—Mantener la calma.
—Mi mamá está llorando acá en el hospital. Imagínate: esto ocurre justo después del Día de la Madre. ¿No es mala suerte?
—Ninguna mala suerte —le dice recordando al gato negro nocturno—. Vas a ver que él se va a recuperar.
—¿En serio lo crees?
—¡Ten fe! ¡Ponte a orar!
—Pero si me dijiste que tú eres agnóstico.
—Olvídate de mí, piensa en tu papá.
—Por favor, no me trates así ahora.
—Tienes que mantener la calma porque esto se puede poner peor, ¿me entiendes?
Después de varios minutos ella vuelve a la carga con otra llamada. Esta vez él decide cerrar el libro antes de contestar.
—Quisiera volver el tiempo atrás. Eso es lo que más quisiera en este momento. Sí, retroceder en el tiempo.
—¿Para qué?
—Para casarme, Orlando. Tener una familia. Hacerlo feliz. Me he portado muy mal con él. Soy consciente de eso.
—¿Por no casarte?
—Papá siempre me decía: quien no tiene familia no tiene nada. ¡Nada!
—No estoy de acuerdo con él.
—A mí eso poco me importa. Es mi papá y es un hombre bueno. Él quería llevarme a una iglesia vestida de blanco y ver nacer a al menos un nieto. Siempre me pedía un nieto: «¿Para cuándo? ¿Para cuándo?», esa pregunta él me la hacía todo el tiempo.
—Yo tampoco tengo familia.
—¿Y acaso no eres infeliz?
—No —mintió—. Soy feliz a mi manera.
—Yo no estoy preparada para ser mamá. Lo sé. Me falta ser más madura.
—En eso tienes razón: no estás lista.
—A veces quisiera vivir en otro lado. No a veces, en realidad: ¡siempre!
—¿Vivir en dónde?
—En cualquier playa lejana. Me sueño con otra vida en otro continente donde nadie me conoce. Donde nadie sabe mi nombre ni mi pasado. Y yo lo único que hago es nadar y nadar hasta cansarme. Luego duermo. En este mundo, aparte de nadar en el mar, me gusta mucho dormir.
—¿Por eso nunca sales de casa los fines de semana?
—Papá siempre me decía que a la gente mala le gusta la noche…
—A mí me gusta la noche…
—Todo el tiempo me dicen que soy aburrida, aguafiestas, sanaza, planta…

Mis amigas me dicen de todo. Hasta antisocial. Me llega la gente, el ruido de las discotecas. Los chicos borrachos. El amontonamiento. Todo eso es horrible. ¡Me da asco! ¡Es insoportable!

—¿Por eso te quedas encerrada en tu casa? Te aviso que no sólo hay discotecas en el centro.
—Mi mundo es mi habitación. Además a esta cuidad le falta mar. Yo no puedo vivir sin el mar.

Él le sigue dando cuerda para que ella le cuente su otra vida. Su vida hipotética. Quizá la auténtica. En un rapto de candor, le dice «sirenita» y ella ríe (o él quiere creer eso). Hasta se olvida de su papá y del accidente cerebrovascular.

Entonces él decide hacerle una promesa: viajarán juntos a Cuba y conocerán la casa de Hemingway. Luego de eso nadarán y dormirán. «Cada uno en su propia habitación», le aclara ella que tan poco lo conoce que ignora que él ni siquiera sabe nadar. Es verdad. ¿Cuándo le dirá que no sabe nadar? Quizá en el mismo momento en que le cuente que no tampoco sabe dormir, por eso lee hasta la madrugada… es un insomne pertinaz.

—Es papá, creo que ya partió.
—Lo sé. De veras que lo siento.

Cuelga el teléfono, mira la foto de don Vito Corleone en la cabecera de su cama —«un hombre que no dedica tiempo a su familia jamás será un hombre auténtico»— y se echa a llorar. Llora por Hemingway, por don Corleone, por el padre de su amiga. Llora por él mismo, pues quiere partir a encontrar su otra vida. Una vida de nadador. Algún mar que lo acoja para siempre. Algún lugar del mundo donde por fin pueda llegar a ser un hombre auténtico. Un hombre de verdad.

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