Arequipa

Un par de tiros

23 de junio de 2019


Ella quiere estar limpia, por fin. Él poco puede hacer para ayudarla. Al final terminan más sucios que nunca.

Por Orlando Mazeyra Guillén

«Ya la dejé», te informa mientras guarda su teléfono celular en su cartera. Busca un cigarrillo y lo enciende antes de proseguir: «No me meto coca hace mucho tiempo».

—¿Cómo lo lograste? —le preguntas mientras buscan una mesa vacía en ese bar que funge de cevichería.

—Con la ayuda del psicoanalista. Se llama Germán y me cae bien, desde un inicio se ha ganado mi confianza.

—¿Cuánto tiempo llevas en tratamiento?

—Recién serán tres meses. Estoy poniendo todo de mi parte pero, la verdad… siento que, aparte de dejar la droga, no he mejorado mucho. ¿Y tú?

—Acá me ves —le dices señalando las botellas con cerveza helada—. Llamándote un lunes por la tarde para embriagarnos juntos.

—¿Me quieres salvar?

—No. Para nada.

—En el fondo, me gusta que seas tan sincero conmigo.

—A ti no tengo por qué mentirte.

—Es cierto.

—Me conoces bien.

—¿Entonces qué planes?

—Tomaremos unas diez chelas, a lo mucho una caja… y luego, y sabes, nos iremos al lugar de siempre.

—No puedo —niega con una mueca de absoluta incomodidad y apaga el cigarro aplastándolo contra la mesa—. Estoy con mi cosa.
Bebes un vaso lleno antes de preguntarle: «¿Y cuándo eso ha sido inconveniente?».

—No tienes límites. No me gusta hacerlo cuando estoy así.
Sin embargo, luego de nueve cervezas, la convencerás. Tomarán un taxi y la llevarás al hotel El Silencio bajo el pretexto de ver el partido Chile-Japón: «Sólo quiero ver cómo pierden los rotos», le dirás.

—No van a perder, Japón es un equipito de poca monta.

—Son rápidos.

—Riquelme es rápido, el Pibe Valderrama también. Lo que cuenta es la rapidez mental. Cualquiera puede correr en una cancha.

—Tú eres muy joven como para hablarme del Pibe Valderrama, ¿cómo sabes de él?

—Mi papá, pues, él era un loco del fútbol. Si quieres hablamos de Elías Figueroa, Alberto Spencer, Ubaldo Matildo Fillol o René Higuita. Mi papá era un auténtico loco del fútbol… estoy segura de que más que tú.

—Yo sólo quiero hacerte un gol.

Ella ríe de buena gana. En realidad se burla de ti. Te pide que repitas lo que acabas de decir. No puedes. Insiste. Te abochornas. Te niegas a hacerlo.

—Eso puedo esperarlo de un tonto, del chico que va al gimnasio y no lee ni Condorito. Pero que tú me digas: quiero hacerte un gol… ¿Qué te pasa?

—Te dije lo primero que se me vino a la mente. Vinculé el fútbol con el sexo. Y ya. ¿No puedo decirte lo que siento?

—Puedes, pero no debes.

El televisor no enciende. Ese hecho no parece ofuscarte. La abrazas y luego se revuelcan en la cama. Le retiras el sostén y juegas con sus pechos. Ella se aferra a ti:

—Gracias por acordarme de ti.

—Tú sí puedes salvarme. Sólo hazlo.

—Ya te pusiste mentiroso.

—No.

—Ya te dije que no lo vamos a hacer. Tú querías ver el partido de Chile contra Japón. Así que enciende la tele y luego nos vamos.

—No pasa nada con ese partido. Ya vi en el celular que está ganando Chile. Quiero hacerlo contigo. Déjame.

—No.

—¿Por qué?

—Me siento sucia. Recién he empezado. Y ya sabes… la sangre y todo lo demás también. Esperemos a la próxima semana.

—La próxima semana es mucho tiempo. Quizá ya no estemos aquí.

—Lo sé. Todo va a terminar mal.

—Piensa que ésta es nuestra última noche juntos.

—Mejor vamos al bar y te invito tres más.

—No. Ha sido suficiente —le dices decepcionado.

Ambos miran hacia el espejo del techo. Se contemplan echados en la cama del hotel. ¿Un silencio incómodo? No. Simplemente un instante de reflexión. Una cuota de ensimismamiento que sacará a la luz viejos trastos.

Por fin ella abre la boca:

—¿Sabes una cosa?

—No. No la sé.

—Quiero tirar.

Esas dos palabras se saben a manjar de los dioses. Era lo único que deseabas escuchar. ¿Eran las cervezas o acaso habías oído bien? Dudas.

—¿Qué dijiste?

—Que quiero tirar.

—Yo también.

—¿En serio?

—Sí —asientes mirándola a los ojos.

—Está bien —dice ella y tú tratas de contener tus ansias y esperas que se esconda entre las sábanas. Sin embargo, ella se pone de pie y va en busca de su cartera. Tú murmuras que tienes preservativos y que no es necesario que ella te preste los suyos. Ella sigue buscando en su cartera. ¿Acaso te ha escuchado?

Saca una pequeña bolsa de plástico fino y no tardas en reconocer el polvillo blanquecino. No puedes ocultar tu decepción. Ella, al fin y al cabo, es más mentirosa que tú.

—Te dije que quiero tirar. Un par de tiros nada más.

Con la ayuda de su tarjeta de crédito arma dos rayas y las aspira con violencia. Se recuesta sobre la cama y te toma de la mano.

—Esto no tiene precio —te dice y da un largo suspiro.

—Claro que lo tiene —le informas piensas en un gol que nunca harás.

«Ahora sí podemos hacerlo», te dice y tú te atreves a decirle algo antes de volver a intentar encender el televisor: «No, estás con tu cosa». Ambos saben que la cosa a la que te refieres era aquella que había sacado del plástico fino. La cosa más triste de esa noche: un gol que los salve, un gol que el VAR anulará.

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